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Vivir es decidir

No podemos todo, siempre tenemos que elegir. Y lo que decidimos para nuestra vida nos impulsa a descubrir nuevos caminos, tan personales como únicos, en un viaje que nadie puede emprender por nosotros.

Fotos: Pexels

Por Sergio Sinay

Aunque se desee, se pretenda o se espere, no se puede todo. Es una ley de la vida. Y, en definitiva, es una ley sabia, que nos permite conocer y desarrollar nuestros recursos, tanto internos como externos, tanto materiales como psíquicos y emocionales, afinarlos, enriquecerlos, desarrollarlos. Si pudiéramos acceder a todo lo deseado, más allá de nuestra edad cronológica estaríamos estacionados para siempre en una condición infantil. Debido a que no se puede todo estamos destinados (algunos dirán “condenados”) a elegir. Y elegir es decidir. ¿Qué opción tomar cuando no se puede todo, cuando no hay certezas sobre los resultados, cuando no existen garantías sobre lo que ocurrirá, pero hay que seguir adelante? ¿La opción A o la B?

La vida es una cadena ininterrumpida de situaciones de este tipo. Ocurre hasta en las más simples situaciones cotidianas. En la mañana está nublado y debo salir. ¿Lloverá? Ni el Servicio Meteorológico lo sabe a ciencia cierta. Si decido llevar paraguas y sale el sol y cargo o pierdo el paraguas, no habrá culpable. Simplemente es la consecuencia de una decisión de la cual soy responsable. Igualmente si decido salir sin paraguas y se descarga una lluvia que me empapa de pies a cabeza. Esta es una situación simple. Hay muchas otras como ella: elección de comida en un restaurante, vestimenta, lectura, camino o transporte a tomar para llegar más pronto. Y hay decisiones complejas cuyo resultado incidirá en nuestro trabajo, nuestro hábitat, nuestras relaciones o en cuestiones existenciales medulares. Vivir es decidir. E incluso cuando nos resistimos a hacerlo, o cuando dejamos la decisión o la elección en manos de otros, esa es nuestra decisión. No hay escapatoria.

Cálculos y corazonadas

Nuestras decisiones pueden obedecer a una reacción emocional, impulsiva, instintiva, o pueden ser el resultado de un puntilloso cálculo racional. Pero emoción y razón, en la medida en que son ingredientes de nuestra condición humana, estarán siempre presentes en nuestras acciones. Quien apueste a las corazonadas, hará, aunque no lo crea o no lo acepte, un razonamiento antes de actuar. Y quien desconfíe de las emociones y se mueva según la brújula de la lógica cartesiana estará atravesado por una emoción, quizás de modo muy sutil, en el momento de decidir.

«Aunque se desee, se pretenda o se espere, no se puede todo. Es una ley de la vida. Y, en definitiva, es una ley sabia, que nos permite conocer y desarrollar nuestros recursos, tanto internos como externos, tanto materiales como psíquicos y emocionales, afinarlos, enriquecerlos, desarrollarlos».

Quizás lo más indicado sea el término medio. No negarse a la emoción que nos embarga ante la toma de una decisión (ira, miedo, duda, esperanza, confianza, vergüenza, etcétera) y dejarle espacio, mientras razonamos, acerca de la alternativa a seguir. O no resistirse a pensar, calcular, comparar y evaluar antes de guiarse ciegamente por una corazonada o una intuición. Es por todo esto que el estar obligados a decidir produce maduración, crecimiento emocional, afinación de la razón, conocimiento de las propias potencialidades y herramientas existenciales.

La ineludible obligación de decidir nos convoca también como seres responsables. Responsabilidad significa capacidad de responder (de allí la palabra) ante las consecuencias de nuestras decisiones, elecciones y acciones. En la medida en que asumamos esto con la mayor conciencia y claridad posibles, más amplia será la gama de nuestras posibles elecciones. No se puede todo, pero quien asume la actitud de responder ante los efectos de sus decisiones verá más alternativas que quien se niega a tomar aquella responsabilidad y restringe su abanico de acciones a una escala reducida, constituida por las opciones que espera que no tengan consecuencias.

Pero no hay acción ni omisión, palabra ni silencio que no produzca efectos. Y las consecuencias siempre se registran en otros (íntimos o no, conocidos o no, cercanos o no), porque somos seres sociales por naturaleza. En esto consiste la verdadera libertad. En reconocer los límites, las imposibilidades, y, ante ellos, tomar decisiones responsables. A mayor capacidad de decidir, más libertad. La creencia de que la libertad radica en hacer lo que uno quiere, en librarse de obstáculos, en desconocerlos o en carecer de ellos, es una falacia del marketing, del voluntarismo (“Tú puedes”, “Hazlo”, “Si lo querés, lo tenés”, “Superá los límites”, etcétera), que la realidad suele desbaratar de maneras a veces dolorosas o trágicas.

Condenados a ser libres

En el proceso de la toma de decisiones la responsabilidad y la libertad aparecen como lo que son: primas hermanas. En su libro Psicoterapia y existencialismo decía Vïktor Frankl: “El hombre no está libre de condicionantes, sean biológicos, psicológicos o de naturaleza sociológica. Pero el hombre es y sigue siendo libre de tomar posiciones con respecto a estos condicionantes; siempre conserva la libertad de decidir su actitud para con ellos”. De hecho, es mucho más lo que no controlamos que lo que sí.

Gran parte de las decisiones que debemos tomar se originan precisamente en aquello que está fuera de nuestro control o previsión. Pero hay algo de enorme y de trascendente valor que depende siempre de nosotros y que ahuyenta todas las excusas: la libertad íntima e inalienable de decidir nuestra actitud ante aquello que no ofrece alternativas o que no depende de nosotros. Jean-Paul Sartre, figura señera del existencialismo, autor de El ser y la nada (ensayo), La náusea (novela) y A puerta cerrada (teatro), lo expresó de esta manera: “El hombre está condenado a ser libre; porque una vez arrojado al mundo, él es responsable de todo lo que hace”.

«Pero hay algo de enorme y de trascendente valor que depende siempre de nosotros y que ahuyenta todas las excusas: la libertad íntima e inalienable de decidir nuestra actitud ante aquello que no ofrece alternativas o que no depende de nosotros».

Y porque es así, resulta esencial diferenciar deseos de necesidades. A la hora de decidir podemos desoír a aquellos, pero no a estas. Los deseos son infinitos y no cesan de reproducirse. Las necesidades son pocas, pero determinantes para nuestra supervivencia física y nuestra salud emocional, psíquica y espiritual. Es a ellas a las que deben apuntar y preservar nuestras decisiones. Y también a nuestros valores. Muchas veces las situaciones en que debemos decidir los ponen a prueba.

Al final del día comprobamos que vivir es decidir. No hay decisiones erróneas a priori. Siempre que tomamos una decisión lo hacemos pensando en lo mejor para nosotros, para los nuestros, para nuestras causas. Si el resultado no es el esperado, importa poner el acento en el aprendizaje antes que en el reproche. La culpa no suele ser una buena maestra ni una buena consejera. Y, por fin, tener en cuenta algo que señalaba en el siglo diecinueve el filósofo moralista suizo Henri-Frédéric Amiel: “Quien pretende ver todo con claridad antes de decidir, nunca decide”. Y esa es la peor decisión.

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