Sophia - Despliega el Alma

POR Cristina Miguens - Columnistas

8 noviembre, 2004

Vaciar las villas

La sociedad reclama más seguridad. Los pedidos apuntan a una mayor represión del delito. Hay otra opción más ética y solidaria: crear las condiciones para recolonizar el interior.


Conozco la violencia de cerca. Estaba comiendo con una amiga la noche del asalto al restaurant de Dolli Irigoyen, en julio de 1998. Varios delincuentes con ametralladoras dejaron el saldo de un policía muerto y varios autos estacionados acribillados a balazos antes de huir a la villa 31. A los pocos minutos me encontré en cuclillas apoyada contra el ventanal rezando por el policía que delante de mí se desangraba tendido en la vereda.

A los tres años, un viernes soleado de marzo del 2001, yendo de voluntaria a la Maternidad de Quilmes, por buscar un atajo me equivoqué de camino y de golpe me encontré en una villa. A las dos cuadras y en un instante me interceptó una “barrera” de unos quince varones armados que me apuntaban a la nariz. Todo al mejor estilo Hollywood, de quien reciben cursos audiovisuales a diario por TV: rodillas plegadas, brazos extendidos, sosteniendo las pistolas con ambas manos. Se abalanzaron sobre el capot del auto como una jauría enfurecida y golpeando con las culatas el parabrisas y los vidrios laterales me gritaban: “Bajate, bajate, hija de p…”. Solo atiné a encomendarme a Dios. Las puertas milagrosamente se trabaron, el parabrisas no cedió y por las ventanas vi desaparecer todas mis seguridades: las llaves del auto, mi cartera con billetera, tarjetas de crédito, de la prepaga, carnet del ACA, celular, agenda electrónica, máquina de fotos, reloj, anillo, pulsera y la cadena de oro que llevaba al cuello con una cruz. En lágrimas pedí que no me hicieran nada, a lo que cortésmente el jefe me contestó: “No se preocupe, señora, ya la dejamos ir”. Y así fue. Me devolvieron las llaves del auto, la cartera con los documentos, y con una lenta marcha atrás retomé mi camino. Sin duda, Dios me protegió.

Intenté ubicar el lugar del asalto para encontrarme con los villeros, todos jóvenes, y ofrecerme para ayudarlos a cambiar de vida. Por ahí solo les espera la cárcel o la muerte. No lo logré porque nunca pude saber adónde estuve. Sospecho que en la zona de Dock Sud, parecido al infierno, como todas las villas. En el caso Dolli, logré reunirme con la viuda del policía, de solo 22 años, sus dos hijitos y sus padres. Quería agradecerles personalmente: sentía que gracias a que él había sacado su arma se había frustrado el asalto y yo estaba viva. Lloramos todos.

Ninguno de los dos episodios han conseguido modificar mi visión sobre la violencia. Desde el año 1983 camino las villas (siempre acompañada por algún “local”, sacerdotes o mujeres líderes comunitarias) tratando de ayudar personas, especialmente madres y niños. Una mejor infancia es comprobadamente el mejor antídoto.
Durante la década del noventa las he visto aumentar en número de personas, comprobé el derrumbe de sus mínimas condiciones y fundamentalmente la pérdida de la esperanza. El proceso es conocido: deserción escolar, vagar por las calles, abrir puertas o mendigar, aspirar pegamento, hasta llegar a la droga en serio y al delito. Los adolescentes, varones principalmente, sienten que “no tienen nada que perder” y por eso se explica el desprecio por la vida. La propia de ellos no tiene valor. ¿Por qué habría de tenerla la de los demás?

“Desarmar” el delito

A partir de la ola de secuestros, el tema de la seguridad está instalado y la televisión lo capitaliza bien. Poner al aire interminablemente a los familiares de las víctimas no es informar; es un show que vende. Blumberg hace la suya. Convoca a las marchas y logra aumentar su cuota de poder. Es recibido en la Casa Rosada por el presidente de la Nación, el ministro del Interior, el ministro de Justicia, y en el Palacio de Justicia, por el presidente de la Corte Suprema. Arslanián polemiza mientras defiende su gestión de reforma de la Bonaerense. Duhalde propone incluir las Fuerzas Armadas para nacionalizar la inseguridad. Se habla de “combatir el delito”.

Frase para pensar. El delito, ¿se combate? En mi opinión, no. El delito se desarticula; literal y metafóricamente, el delito se “desarma”, como un mecano. Combatir es responder con la misma moneda. Poco y pobre como respuesta. El delito requiere de una estrategia más sofisticada y compleja que la simple represión. Y para eso es necesario actuar sobre las causas. En lo inmediato, por cierto, se deben aplicar medidas de “prevención del delito”, con mejores sistemas de información, inteligencia, control y logística. Pero no basta.

Recolección de tomates en Luján de Cuyo

El verdadero desafío: la otra justicia

Latinoamérica es la región más inequitativa de todo el planeta, según un informe de dos investigadores de Harvard, You Jong-Sung y Sanjeev Khagram.¹ Decir más inequitativa es un eufemismo para no decir más “injusta”.
Ya en la década del cincuenta había villas “miseria”. Pobladores del interior del país habían migrado hacia las grandes ciudades, detrás de los espejitos de colores: el prometido progreso urbano. Medio siglo después no solo no les llegó el progreso, sino que quedaron atrapados en las villas periféricas, principalmente a la Capital, esa locura de megápolis que es Buenos Aires. Y ahí están. Viviendo vidas miserables en asentamientos intercalados entre esos “guetos” que son los barrios cerrados y los countries, en condiciones infrahumanas, inadmisibles para cualquier conciencia que pronuncie la palabra “justicia”. Porque aquí se trata de la otra justicia. No la de los tribunales. Se trata de la justicia social, la evangélica, la que nos anuncia Cristo cuando nos dice que todos somos hermanos, hijos de un único Dios, que es Padre y Madre.
Tengo amigos en varias comunidades mapuches en la provincia del Neuquén. Tengo amigos mapuches que viven en villas… en Florencio Varela. En una villa de José C. Paz, un amigo sacerdote me muestra orgulloso una huerta comunitaria, hecha en el lotecito lindero abandonado. ¿Dimensión? 8 x 15… El error parece más que evidente.

Desde los años ochenta, cuando publicó El otro sendero, el prestigioso pensador e investigador peruano Hernando de Soto ya indicaba el camino. La economía informal de los pobres podía transformarse en riqueza con la sola titularización de sus bienes, fundamentalmente de las tierras que ocupan. Tierras fiscales asignadas a los más pobres.
“Hay en las áreas rurales un gran capital social de asociatividad y valores éticos, que se refleja en la red cooperativa, en el apego a los valores morales y a la familia, en el cultivo natural de la solidaridad y la hospitalidad propia del hombre de campo argentino. Urge crear condiciones que abran paso a la movilización de este inmenso capital social, a través de amplias alianzas de las políticas públicas, los municipios, los grupos empresariales y la sociedad civil”.²

La Federación Agraria Argentina junto con la Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca y con el apoyo del Banco Mundial lanzaron un plan de arraigo rural (La Nación, 15/03/03). El 6 de julio de este año el presidente Néstor Kirchner y la ministra de Desarrollo Social, Alicia Kirchner, crearon el Banco Social de Tierras, para centralizar los datos sobre las tierras de las que dispone el Estado para posibilitar su distribución con fines sociales. El primero: repatriarlos a sus provincias de origen para una vida más digna. Hacen falta unas pocas empresas pioneras a la conquista del interior. Los productos del agro deben dejar de ser procesados por fábricas artesanales y pasar a elaborarse en “industrias alimenticias”: la Argentina, supermercado del mundo. La industria vitivinícola es un buen ejemplo de desarrollo rural exitoso. El turismo regional es otra fuente de trabajo importante: la industria sin chimeneas. Los primeros pasos están dados. Si seguimos así, las villas se vacían solas. Y con ellas se “desarma” una buena parte del delito. Y también se cumple la palabra de Dios, que anuncia Su Justicia, no la nuestra:

“Entonces haré volver a los deportados de mi pueblo Israel; reconstruirán las ciudades devastadas y habitarán en ellas, plantarán viñas y beberán su vino, cultivarán huertas y comerán sus frutos. Yo los plantaré en su tierra y no serán arrancados nunca más de la tierra que les di, dice Yahvé, tu Dios”. (Amós 9, 11-15).

¹Bernardo Kliksberg, Más ética, más desarrollo, Temas Grupo Ed., 2004.
²Op. cit.

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