Sophia - Despliega el Alma

POR Adriana Amado - Columnistas

24 febrero, 2021

Un viaje animado al alma

De la mano de Soul, la última película de Disney Pixar, nuestra columnista nos invita a pensar sobre el enorme valor que tiene las decisiones que vamos tomando a lo largo del camino y la necesidad de recuperar la dimensión espiritual de la vida.

Mencionamos bastante la palabra alma, aunque no siempre conscientes de lo que significa. Nos quejamos de que nos rompemos el alma. Nos lamentamos cuando una situación o una persona nos la rompe. Romperse el alma suele hablar de un sacrificio que se expone como proeza. Que nos rompan el alma, una tristeza. Algunas almas andan rotas por partida doble. Como la de Joe Gardner, un profesor de música que se rompe el alma en una secundaria suburbana, aunque ya se le había partido cuando tuvo que abandonar su sueño de tocar jazz.

Esa alma desdoblada se encuentra un día frente a la elección entre el nombramiento definitivo en la escuela o la oportunidad de tocar en un cuarteto en un bar de Nueva York. Que no se trata de un dilema profesional sino espiritual, es lo que intenta plantear Alma (Soul), una de las diez mejores películas de 2020, según la crítica. Se suma a Coco (2017) y Unidos (2020, Onward) en una trilogía en la que Walt Disney Pixar empezó a hablar de la muerte y su vínculo con la vida mucho antes de que la pandemia la pusiera como tema diario de las noticias.

Pero a diferencia de la prensa, que cuenta los muertos como último saludo, los dibujos animados se permiten hablar del alma, la trascendencia, más allá de la arbitrariedad de la muerte y la enfermedad, y pueden mezclar miradas espirituales diversas de la tradición cristiana, celta, budista con libertad creativa. Todo con la ventaja de que ese lenguaje accesible a la audiencia menuda también tiene llegada a la adulta y puede preguntar, en su aparente liviandad, por lo remediable en vida al llegar al punto irremediable de la muerte.

Llevamos un año hablando de enfermedad, en el que las muertes pasaron a ser un índice tan cotidiano como el del clima. Hoy es 24 de febrero, soleado, amaneció con 25 grados de temperatura y 51.510 muertes por coronavirus acumuladas desde el inicio de la pandemia. Las conversaciones en casa, en los medios, en el gobierno, en la ciencia, tratan números generales, medidas oficiales, pronósticos globales. Pero pocas veces llevamos la conversación de la urgencia hacia la trascendencia de esta circunstancia que nos atraviesa.

“No hay espacio en las urgencias del día para preguntarle a los que comparten domicilio, estudio o trabajo (y, de paso, preguntarnos) cómo se sienten, cómo sobrellevan las contrariedades, cómo se compensan del agotamiento, dónde canalizan la frustración. O para enfrentar las preguntas con las que juega Pixar en su trilogía: si hubiéramos elegido el mismo trabajo, la misma casa, la misma compañía de saber que el mundo iba a darse esta vuelta. Si, por rompernos el alma, no estuvimos olvidando preguntarle qué quería hacer a esa almita nuestra. Si eso que teníamos era vida o era algo que hacíamos mientras esperábamos vivir”.

Hablamos de medidas de prevención, de la anormalidad que nos desafía las prácticas de siempre. Hablamos de datos sanitarios y vacunas, de calendarios y protocolos escolares. Pero cuesta mucho hacer pública la frustración de despedir personas, lugares, costumbres, con pocas perspectivas de recuperarlas en lo inmediato. No hay espacio en las urgencias del día para preguntarle a los que comparten domicilio, estudio o trabajo (y, de paso, preguntarnos) cómo se sienten, cómo sobrellevan las contrariedades, cómo se compensan del agotamiento, dónde canalizan la frustración. O para enfrentar las preguntas con las que juega Pixar en su trilogía: si hubiéramos elegido el mismo trabajo, la misma casa, la misma compañía de saber que el mundo iba a darse esta vuelta. Si, por rompernos el alma, no estuvimos olvidando preguntarle qué quería hacer a esa almita nuestra. Si eso que teníamos era vida o era algo que hacíamos mientras esperábamos vivir.

Hacia una comprensión profunda de la vida

Este ejercicio no es diferente al que viene haciendo la humanidad desde que la mitología y la literatura fantástica nos ayudaron a procesar lo que es difícil de explicar con el auxilio de parábolas. Los arquetipos de buenos y malos, hadas y brujas hablan de roles, funciones, actitudes que atraviesan la naturaleza humana y que se encarnan en los cuentos no solo para interiorizarlas sino también para revisarlas, analizarlas, exorcizarlas.

Las generaciones que escuchan cuentos pueden liberar los demonios que viven en ellos. En tiempos de streaming, las películas en que se enfrentan el bien y el mal, magos malos y princesas, villanas y superhéroes ponen a esos personajes en esos dilemas que son más fáciles de ver en un relato que reconocer en nuestras vidas. Que sean películas para todo público abre a conversación a todas las edades, lo que no es poca cosa en tiempos de convivencia intensiva.

En la película Soul, las almas perdidas o rebeldes como la de Veintidós encarnan caricaturas para valientes. Primero, porque hay que tener coraje para decir que nos conmovió una película de dibujos animados. Segundo, porque no es sencillo preguntarnos qué hacer cuando no tenemos ganas de hacer. O cómo hacer lo que deseamos para no quedar condenados a este limbo del “más acá”, ni arrepentirnos recién cuando estamos a punto de pasar al “más allá”.
En tercer lugar, también se requiere valentía para hablar de espiritualidad en un mundo atascado en las soluciones materiales al problema sanitario.

“La tristeza, la pobreza, la desesperanza también son factores que desencadenan la tragedia y son tan importantes para la salud como el cumplimiento de las medidas sanitarias. Las películas, la literatura, la filosofía y las diversas expresiones de la espiritualidad ayudan a hablar de lo que no se ve y que también afecta nuestro ánimo y nuestra salud como ese aerosol invisible en el que viaja el coronavirus”.

Las transformaciones sociales que exigen estos tiempos necesitan algo más que información técnica y decretos gubernamentales. El dato científico, la promesa del laboratorio, hablan de la excelencia de la ciencia y de sus enormes avances. Pero no evita que gente cercana enferme, mucha se cure y otra no, que alguna quizás muera, y no solo de Covid19. La tristeza, la pobreza, la desesperanza también son factores que desencadenan la tragedia y son tan importantes para la salud como el cumplimiento de las medidas sanitarias. Las películas, la literatura, la filosofía y las diversas expresiones de la espiritualidad ayudan a hablar de lo que no se ve y que también afecta nuestro ánimo y nuestra salud como ese aerosol invisible en el que viaja el coronavirus.

El pensamiento racional impuso la idea de que lo único real es lo material. La antropóloga Ana María Llamazares remite al siglo XVI la idea de que la única forma de conocimiento válida es la científica, que aplica la razón a lo observable. Galileo Galilei y René Descartes son los nombres más conocidos de una generación que cuestionó al dogma religioso que impuso la explicación del mundo precedente. De esa época quedó instalada la premisa que lo que no se observa no existe. Pero en el siglo XXI la ciencia aporta evidencia de que lo inmaterial también tiene efectos en nuestras vidas y desconocerlo es tan terraplanista como negar el valor de las vacunas.

Las neurociencias traen las emociones como parte central del mecanismo fisiológico. El neurocientífico Antonio Damasio investiga cómo los comportamientos dependen de las percepciones y las reacciones celulares que cargamos como el ADN. En la vida humana, tanto los objetos como los acontecimientos, animados como inanimados, influyen positiva o negativamente en los sentimientos y emociones. En su libro El extraño orden de las cosas explica que el ser humano encontró en el cultivo del alma (cultura anime para Cicerón) una forma de consuelo y de superación de las dificultades. La pandemia nos recordó que la salud de la población no es equivalente a los respiradores no utilizados en las unidades de cuidados intensivos. La película de Disney nos da la ocasión de recordar que el cuidado del alma es parte de ella.

Fotos: Disney Pixar. 

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