Sophia - Despliega el Alma

POR Virginia Gawel - Columnistas

22 febrero, 2017

¡Un niño es una persona!

Tías que les pellizcan los cachetes hasta el dolor. Padres que terminan consolando a sus hijos con pantallas y snacks para que no se aburran... ¿Y si mejor aprendemos a mirar –y a tratar– a los chicos desde otro lugar? A través de la historia de Gabriel, un nene de 9 años, una invitación al mágico mundo de la infancia.

Está en casa de la tía, visitándola por su cumpleaños. Todos los que lo ven lo besuquean, le revuelven el cabello y le retuercen los cachetes: “¡¡¡Ay, pero que-lin-do-el-gor-di-to!!!”, con un tirón por sílaba. “Saludalo al tío Agustín, dale un beso, no seas odioso”, le dicen unos. “¡Pero qué nene más arisco!”, se quejan otros.

Lo que al nene le pasa es que todavía tiene intuitivamente la noción de que le asiste un derecho: que no le avasallen el cuerpo. Los adultos elegimos, cuando estamos sanos, a qué distancia queremos que cada persona de nuestro entorno esté: a algunos les damos la mano, con otros sólo intercambiamos un movimiento de cabeza y una tenue sonrisa; a ciertas personas les permitimos un beso y con otra gente, cuidadosamente elegida, nos brindamos en uno de esos abrazos que estampan pecho con pecho. Pero por una razón simplemente mal aprendida, creemos que un niño es alguien (¿o algo?) que tiene que querer de inmediato besar, abrasar, ser estrujado… y si no lo admite, debe aguantarse el calificativo de “raro”, “rebelde”, “mal educado”…

Enseñarle a un niño que puede ser él o ella quien decida a qué distancia física estar de otros, sin por eso dejar de ser corteses y gentiles, es regalarle congruencia.

Así como le obsequiamos a un niño cercanía (con el abrazo mutuamente elegido, la caricia, los juegos corporales), del mismo modo podemos regalarle distancia. Porque el niño precisará también que, así como le regalamos compañía, le regalemos soledad. Un niño sin soledad es un niño al que se le amputa la posibilidad de crear. Un niño sobre-estimulado con todo tipo de chucherías “para que no se aburra”, es un niño al que se lo está privando de algo vital, indispensable: de sí mismo.

¡Muchos adultos temen al aburrimiento del niño como si de una peste se tratara! Sin embargo, de ese “¡¡¡No tengo nada para hacer, me abuuuuurrrrrooooo!!!” es que el niño saca recursos impensados. La tierra más fértil para que su creatividad genere alas, es ese vacío de estímulos donde él mismo tendrá que armar sus mundos. Dejémoslo ser, para que pueda jugar a ser un dios: en esos espacios de no-estímulo creará civilizaciones, imperios, animales de cien brazos y un solo pie… Desde allí, podrá aprender algo invaluable, que le acompañará hasta el último día: que dentro suyo está la materia prima de todos los universos que quiera dar a luz. También con eso descubrirá que cuando parezca que nada hay, siempre podrá contar con alguien pleno de recursos: consigo mismo (fuente de inagotables inspiraciones y de salidas a los más impensados laberintos).

Un niño no es un niño: un niño es una persona, y por eso es dueño de todos sus derechos. Pero hay algo más: un niño, en cierto sentido, no tiene necesariamente la edad de su cuerpo, pues en él está “envasado” lo Sagrado recién venidito a este mundo, y no sabemos cuánta experiencia tiene, cuál es su certera edad.

Si dejamos de hacer tanta bulla con la televisión, las aplicaciones de todo tipo y las conexiones a internet. Si dejamos de atiborrarlos de juguetes y de esos snacks de cumpleaños (que les eleva la presión y los inunda en colesterol). Si dejamos de sobreestimularlos para que sean grandes lo más pronto posible (y así luego extrañemos lo poco que les duró la infancia). En síntesis, si los dejamos en paz, podremos darnos cuenta de que tienen para aprender de nosotros lo que nosotros somos, y nosotros tenemos para aprender de ellos lo que ellos son. ¡Nada más único que eso!

Hace pocos días, vino a visitarme desde lo más agreste de las sierras cordobesas mi amigo Gabriel. Conocí a Gabriel hace casi un año, y nos hicimos entrañables muy pronto. Intercambiamos WhatsApps muchas veces a la semana. Un día le pregunté qué pensaba acerca del sentido de la vida. Y él me respondió: “Yo creo que la vida de un hombre, sobre toda la vida de un hombre bueno, es como la pieza de un rompecabezas, y se debe ir buscando el rompecabezas donde encaje. Cuando encaja, el hombre se da cuenta de que ese rompecabezas es a su vez la pieza de otro rompecabezas inmeeeeensoooo”. Maravillosa visión. Sobre todo porque mi amigo Gabriel tiene 8 años (bueno, acaba de cumplir 9).

Gabriel se cría entre libros y árboles y animales. No tiene computadora, ni televisión, y el celular que usa para que nos comuniquemos es el de su mamá (alumna de mis cursos online, una mujer tan culta como sencilla, amorosa y de extraordinaria lucidez). Gabriel no abraza ni besa hasta que no conoce y elige con quién hacerlo. Sin embargo, pocos niños he visto tan gentiles y educados. Cuando él y su mamá estuvieron en casa, pareció que hubiera sido desde siempre: me sentí plenamente afín a esa persona pequeña que es Gabriel, ese niño que no es un niño. Un niño que es él mismo.

Jugamos a muchas cosas, y entre ellas a hacer radio, haciendo radio de verdad. Fue en un programa que tienen los domingos mi hermano, Mario Luis Gawel, con su mujer, mi querida Rosita Hernández. Si gustan escuchar a Gabriel (y también a su mamá) podrán hacerlo clickeando a continuación:

Así me despido, desempolvando un viejo poema que parece escrito para este amigo mío de tan poca edad. Lo recordé mientras veía a Gabriel jugando en el parque de casa, debajo de la lluvia, construyendo puentes con cañas, embarrándose e impregnándose con el olor de mis perros y de la hierba. Aquí va el poema también. Para que sigamos siendo de esos niños que no olvidan el perfume de donde venimos todos…

 

PERFUME A NIÑO

Siendo él mismo, se asombra. Shhhh… Qué bello:
está en silencio, sorbiendo realidades…
(Su Esencia fresca aprende lo terrestre,
mas su ombligo aún está anudado al Cielo).

Que, explorando, se explore. No dibujes
en su frente tus mapas sobre el mundo.
Que él tenga SU experiencia: que retoce
su pequeña estatura por el barro…
Que muerda hierbas, que libe los rocíos,
que lo empape la lluvia gentilmente…
que se coma la Vida, empalagándose
con néctares y savias milagrosas…
que trepe árboles, que camine descalzo,
que cachorree con los animales…

Así, dentro, podrá vivirse niño
cuando el tiempo le crezca por afuera…

Si te pregunta, no ansíes responderle
tatuándolo con tus filosofías.
Escudríñale: ” ¿Y a ti que te parece?”
Recordará lo sagrado no-aprendido,
esos secretos que hace mucho olvidaste…

No lo des por conocido: bastaría
con que veas el fondo de sus ojos
para sobresaltarte: ¿quién te mira?
¿Qué enseñanzas vendrá a buscar al mundo?
¿Qué mensaje traerá para ofrecernos?
Aprenderá de ti, y es tu maestro…

Acompaña con ritmo sensitivo
la intuición que lo lleve hasta su Ruta.
Y respétalo: él tiene aún el Perfume
de Aquel Lugar de donde vinimos todos.
Aspíralo, y vuelve tú a ser niño:
junto con él, vete a palpar la Vida…

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