Sophia - Despliega el Alma

POR Virginia Gawel - Columnistas

3 octubre, 2016

Tu familia no es tu familia

En pleno rodaje del film "El encanto de las Ballenas" en su casa y junto a su madre y su hermano, nuestra querida columnista Virginia Gawel nos propone preguntarnos acerca de los vínculos familiares para ver que, además del amor profundo, hay también en ellos un enorme e insondable misterio...

ESCENA 1: “¡Acción!”, pronuncia con voz cantarina el Director. Entonces mi paciente –un hombre enorme de dos metros de alto y cabello rubio entrecano– empieza a contarme su sueño: un sueño epifánico, bello, lleno de imágenes increíbles. Y llora. Sus ojos verdes como uvas derraman su jugo emocionado. Yo le hablo de su enorme corazón compasivo. Ambos estamos en consonancia. Pero sucede que mi paciente es mi hermano. Literalmente: Mario Luis Gawel.

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Mario Luis Gawel, hermano de Virginia, en su rol de paciente de terapia.

ESCENA 2: La claqueta hace su “¡clap!”, y su responsable dice “¡Escena dos, toma uno, Virginia con Eugenia!”. Estamos en el parquecito de casa. El sol es noble y nos acompaña. Eugenia es mi alumna, y me trae un regalo. Se trata de una alumna mayor, artesana, que con sus manos ha hecho algo muy bello y simbólico para mí: una pequeña ballena. Sus ojos (también verdes como uvas) están chispeantes, y el viento hace flotar a contraluz las leves flores del sauce, como nieve dulce. “Te traje algo que hice con mis propias manos”, me dice. Sonrío. Ambas estamos en consonancia. Pero sucede que mi alumna es mi mamá. Literalmente: Eugenia Tonski de Gawel.

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Eugenia Tonski de Gawel, madre en la vida real y, en “la ficción”, sabia alumna artesana.

No estoy desvariando, no: el domingo pasado filmaron en mi casa algunas escenas de un largometraje dirigido por el talentoso Rodolfo Carnevale. Vino a mi casa todo el equipo, con la actriz Maite Zumelzú, protagonista del film. Fue todo un día de gozo, compañerismo, mate y belleza. Yo hice de mí misma, y tuve la inmensa fortuna de que mi hermano y mi madre fueran actores de esas escenas. ¡También mis perros, Dana y Tao! “El encanto de las Ballenas” reunirá el reconocimiento del valor de los animales como seres sintientes, la sincronicidad que hace parecer lo no-casual un guiño travieso de la Vida, y el Complejo de Jonás (miedo a los propios talentos) un hilo conductor que invita a que despleguemos todo lo que somos. ¡Un privilegio ser parte de este precioso emprendimiento artístico!

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El equipo del director Rodolfo Carnevale, ajustando detalles para el rodaje.

Cuando todo terminó, luego de rodar durante siete horas y de que mi casa fuera tantos lugares a la vez, me sentí en profundo estado de gratitud. Pero el inicio de esto que quiero compartirles fue escrito por otra razón: sentí que esto que sucedió, entrelazándose la realidad con la ficción, no es más que la trama misma de la que está constituida la vida de cada uno de nosotros. Mi hermano es mi hermano, pero no es mi hermano. Tu madre es tu madre y a la vez no lo es. Podría decirse que en apariencia, para este plano de la realidad, cada uno de nosotros despliega roles. Y los roles esenciales de una familia son inamovibles para toda una vida, sí. Pero esa realidad es relativa: hay otra realidad más honda que se parece a lo que sucedió con la película. Procuraré explicarme mejor…

Hace muchos años tuve un sueño muy vívido e impactante. También muy breve. Estaba “en el lugar donde uno está entre el momento en que ha muerto y el que vuelve a nacer” (el sentimiento era, claramente, ése). Había como unas incubadoras para bebés (ése era el concepto). pero dentro de ellas reposaban personas adultas “elaborando las experiencias vividas” (también era una noción clara, aunque sin palabras, como suele suceder en los sueños). En ese lugar, de pie, estábamos mi mamá, mi papá y yo, todos ya adultos, frente a una especie de ropero donde había muchas, muchas vestimentas y comenzábamos a repartírnoslas. También sin palabras, mientras tomábamos las ropas, estaba claro que, para esta vez, Eugenia iba a hacer de mi mamá, Bronislao de mi papá, y yo nacería más tarde como hija. Era tan real como lo son para mí en este instante las teclas que mis dedos recorren al escribir. (¡Tal vez más real aun!).

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Virginia junto a mamá Eugenia y a sus amados perros, Dana y Tao.

¿Quién es tu madre? ¿Quiénes están detrás de los ojos de tus hermanos, tus abuelos, tu padre? Alguien ha bajado la claqueta y gritado “¡Acción!”. Y allí fuimos. Pero hay un momento de la vida (¡es indispensable que lo haya!) en que podemos rasgar el velo de esa realidad aparente, y ver. Ver que detrás de cada mirada hay alguien que no es su rol: una porción de Vida que viene a atravesar la experiencia humana (¡o gatuna, o canina!). Cuando empezamos a considerar a todos los que nos rodean desde esa convicción, ya nada es lo mismo. En un plano ordinario –por supuesto– somos los que somos, cumplimos los roles que cumplimos; amamos, nos enojamos, nos ayudamos, nos perjudicamos, nos impedimos, nos facilitamos… Pero quizás sea como dicen distintas tradiciones de Sabiduría: todos venimos para hacernos evolucionar recíprocamente. Recordarlo acomoda nuestra historia en otro lugar. 

Hace mucho que esta visión se ha instalado en mi corazón. No sólo respecto de mi familia: en mi tarea como terapeuta (mientras lo era) o como docente (que aún lo soy), los ojos que miro no son nunca los ojos evidentes. Hay en cada ser sintiente una porción del Todo evolucionando, igual que la porción de Vida que yo misma encarno. Y quizás la familia de origen, muy especialmente, esté compuesta por personas que en el otro Origen pactaron un proceso de despliegue conjunto, de aprendizajes recíprocos, en los que la principal tarea sería apoyarnos los unos a los otros. Luego nacemos humanos  y, por ser humanos, somos torpes, no amamos tan bien como haría falta. Pero tal vez hemos venido a aprender, fundamentalmente, eso: a amar.

Deja todo lo que estés haciendo. Toma el espejo. Mira tus ojos. ¿Quién ve a través de ellos? Quizás detrás de cada uno de los roles todos tengamos el mismo nombre: Misterio. Y tal vez la vida sea, simplemente, un magnífico género de ficción.

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“El encanto de la Ballena”, un encuentro de almas que no tiene final.

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