Sophia - Despliega el Alma

POR Miguel Espeche - Hablemos de...

16 diciembre, 2014

Saborear la abundancia

El muchacho estaba muy flaco. Demasiado. Tenía veintipocos años y provenía de un perfil social alto, por lo que, si estaba flaco, no era porque la heladera estaba vacía, sobre todo porque vivía aún con sus padres en un barrio próspero del gran Buenos Aires.

Semana a semana lo veía en mi consultorio, al cual acudía por ayuda para pensar sus cosas, dado que el arte de la pintura lo convocaba con pasión, era medio bohemio y además tenía ganas de irse a vivir solo, para partir raudo hacia su adultez de una buena vez.

“¿Estás muy flaco, o me parece a mí?” le dije. Se rió y respondió: “Sí, es que estoy comiendo poco, porque cuando me vaya de casa me voy a morir de hambre, por lo que ya voy practicando para acostumbrarme”.

Hoy el chico ya no es tan chico y es un conocido pintor, de esos que se destacan y, seguramente, vive de manera independiente y con la heladera llena. Pero por aquellos días creía que tenía que hambrearse, para acostumbrarse a la vida que imaginaba para sí en el futuro, siendo que, por el contrario, lo aconsejable era que comiera bastante para estar bien preparado en caso de que, quizás, alguna vez le faltara realmente el pan de cada día.

La anécdota sirve para entender esos momentos en los que no disfrutamos los bienes que tenemos, porque alguna vez podrían llegar a faltarnos y eso nos haría sufrir o no estar preparados para las carencias. Es así que, cuando vienen los problemas, venimos ya debilitados de antemano, empeorando la situación.

Y no hablo solamente de cuestiones materiales, sino, sobre todo, afectivas. ¿Cuántas personas no se atreven a disfrutar (un alimento del espíritu), porque sienten que a cada situación de gozo la debería “contrarrestar” una culpa o reproche, o vislumbran que lo que se goza hoy algún día se terminará, por lo que no vale entonces la pena siquiera vivir eso lindo que se presenta?

Aprender a gozar los bienes de la vida, sin falsas culpas, sin imaginar futuros oscuros y sin creerse en la obligación de compensar ese gozo con alguna pálida, es un desafío de los lindos. Estar bien, comer rico, saborear lo que la vida ofrece, sin ostentaciones o agitación consumista, sino con deleite y alegría, es algo que conviene hacer, como le convenía a aquel muchacho comer de la heladera de sus padres, para estar bien y prepararse para el resto de su camino, desde una perspectiva de abundancia generosa.

“Cuando estoy feliz, empiezo a pensar en todo lo que anda mal, lo que me falta, o las personas queridas con las que no estoy, es como que me arruino los momentos”, me decía una señora días atrás, haciéndome acordar mis años de juventud, cuando también me sentía en la obligación de no pasarla tan bien para no creérmela, lo cual hacía que me arruinara algunos sanos y lindos momentos.

El nutrirnos de lo que tenemos es bueno, no malo. Comida o amores, días de tibio sol o milanesas con puré. Los bienes de la vida están para honrar la abundancia, y hay que recibirlos, gozarlos. Luego, con eso recibido, haremos mejor o peor las cosas. Aquel muchacho, con lo que comió para subir algunos quilos, hizo un camino hacia su libertad y su arte luminoso. Es un ejemplo de lo que el bienestar nos permite, si sabemos luego ofrecerlo a una noble causa que le de un sentido que trascienda al egoísmo.

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