Sophia - Despliega el Alma

POR Adriana Amado - Columnistas

29 septiembre, 2020

Razones para creer que la crisis nos hará mejores

A pesar de que en cada momento la humanidad creyó estar en la cima del conocimiento, toda nueva enfermedad nos recordó que siempre hay algo para aprender. ¿Podemos tener esperanza de que, una vez más, atravesaremos el difícil contexto de la pandemia con capacidad de adaptación y grandeza?

(Foto: Tomáš Malík, Pexels).

 

En marzo el mundo se alertó con una amenaza que nos dijeron que iba a durar una estación. En el sur comprobamos que terminamos el verano, pasamos otoño, invierno y empezamos la primavera en una situación que alguien dijo que era transitoria pero que se hizo cotidiana. En el norte, se reactiva el ciclo que empezamos en el anterior equinoccio. En ambos hemisferios cada vez son menos los que esperan que el virus desaparezca por obra y magia de una vacuna o que se lo lleve otro animal misterioso como el que se lo pegó a los humanos. Como en tantos procesos, los discursos oficiales relatan en cámara lenta lo que la mayoría de la humanidad empezó a experimentar aceleradamente. Mientras los primeros se estrellan contra el muro de la realidad cada día, nuestro espíritu de superación nos impulsa a tomar esa velocidad para saltar el muro de la pandemia.

En el sur comprobamos que terminamos el verano, pasamos otoño, invierno y empezamos la primavera en una situación que alguien dijo que era transitoria pero que se hizo cotidiana.

Nuestra capacidad de adaptación viene un poco desacostumbrada porque hace décadas la humanidad vive una estabilidad que no pasó en otros tiempos más convulsionados. Es solo volver la última gran pandemia de gripe de 1938 para entender que la humanidad pasó de cocinar con leña a dar vuelta una perilla para obtener llama; de higienizarse en una palangana a hacerlo con agua corriente.

Hasta 2020 estuvimos demorando cambios que el virus nos hizo incorporar de golpe. Aprendimos tecnología que resistíamos cuando fue la única vía de sostener los mundos afectivo y laboral. Recién cuando invertimos la ecuación y dejamos de pasar más tiempo en el trabajo que en casa, fuimos a revisar conexiones y espacios para traer adentro lo que hacíamos afuera. Basta mirar el pasado para comprobar que nada de esto es excepcional, sino que de cada gran peste la humanidad salió con grandes aprendizajes.

Los tiempos se aceleran y precipitan procesos

Durante la peste negra, la gran pandemia que se manifestó a mediados del siglo XIV y no desapareció del todo hasta el siglo XVIII, los principales focos también fueron las ciudades por la transmisión de viajes y mercaderías. Entre 1347-1353 muchos países perdieron más de la mitad de su población, pero la escasez de trabajadores mejoró los salarios y generó cambios demográficos. La emigración masiva a las ciudades dejó tierras abandonadas que se convirtieron en pequeñas parcelas de campesinos pobres.

Recién cuando invertimos la ecuación y dejamos de pasar más tiempo en el trabajo que en casa, fuimos a revisar conexiones y espacios para traer adentro lo que hacíamos afuera.

La forzada modernización dio inicio al Renacimiento. Esta pandemia está impulsando la economía digital y consolida la economía circular, con menos consumismo y más conciencia del tiempo y del planeta. En aquella, se abandonaron costumbres medievales de comer con la mano y compartir los vasos y nacieron las costumbres que aun hoy tenemos en la mesa. Como persistirán luego de esta, nuevos hábitos de higiene y rituales de contacto.

Los espacios transmutan

Hace un siglo la tuberculosis obligó a rediseñar escuelas con grandes ventanales y techos altos para evitar la acumulación de polvo y oscuridad que propiciaba los contagios. Son las escuelas y hospitales que conocemos que tendrán que reinventarse después de una pandemia que revalorizó el espacio público a la vez que reconfigura el hábitat más íntimo. Ciudades sin parques están en desventaja frente a las que ofrecen espacios públicos saludables para la actividad física, artística y educativa, accesibles en igual calidad para cualquier persona. Quienes usaban sus casas como estaciones de servicio se vieron obligadas a recuperar espacios subutilizados y encontrar lugares para el estudio y el trabajo. Especialmente, reinventar la convivencia diaria con los demás y con nosotras mismas.

Los aprendizajes nos mejoran

En el sur vimos de lejos la pandemia de 2009 de gripe A. El virus H1N1 contagió a más de 600.000 personas y acabó con la vida de más de 18.000, cifras similares a las que Argentina acumuló en el primer semestre de Covid-19. En esta vuelta les fue mucho mejor a los países de Asia que habían aprendido esa gripe y del MERS. Cuando veíamos que en Vietnam y Corea del Sur ya usaban barbijos en el transporte nos parecían raro pero ahora sabemos que venían del futuro. Por eso supieron preparar sistemas masivos de pruebas y tres veces más camas de hospital que las que tiene Argentina.

Las certezas nos atrasan

De las pestes medievales vienen medidas profilácticas que aún persisten como el confinamiento por 39 días (de ahí, cuarentena), que era el plazo máximo de desarrollo de la enfermedad de entonces; la desinfección, la limpieza de calles, la ventilación de las casas. Durante la peste del siglo XVII los médicos llevaban una túnica negra y una máscara con anteojos y un pico largo que llenaban con una preparación aromática. Creían que cuando el aire pasaba por los 15 centímetros del pico y las hierbas llegaba purificado a la nariz. También desaconsejaron los baños de agua caliente porque suponían que la bacteria penetraba al cuerpo por los poros. No hay que temer que mucho de lo que hacemos hoy se descubra tan inútil como esto. Soltar remedios viejos es parte de los avances.

En cada momento la humanidad cree estar en la cima del conocimiento, pero cada nueva enfermedad nos recuerda que siempre hay algo para aprender. Ciertos líderes repiten “cuando esto pase”, “cuando encontremos la cura”, “cuando salga la vacuna”, como si fuera un fenómeno meteorológico pasajero.

Carl Jung dijo que “Lo que niegas te somete y lo que aceptas te transforma”. La humanidad ha demostrado capacidad de adaptación y grandeza para enfrentar infortunios, que es una actitud que escapa al tecnicismo resiliencia. Esta palabra que viene de la física de los materiales no alcanza para esa constancia de ánimo en las adversidades que muestran los seres humanos que el idioma nombra bellamente como longanimidad. Alex Rovira recuerda que le damos poco uso, a pesar de que incluye las virtudes de benignidad, clemencia y generosidad. O quizás por eso, porque son valores escasos. Pero en cualquier tiempo el mejor anticuerpo para las adversidades es la grandeza del alma.

¿Te gustaría recibir notas como esta en tu e-mail?

Suscribite aquí y te las enviaremos a tu casilla todos los meses

No está conectado a MailChimp. Deberá introducir una clave válida de la API de MailChimp.

Comentarios ()