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¿Quién es el otro?

En un planeta globalizado e hiperconectado, nos encontramos más solos que nunca. La comunicación virtual muchas veces nos aleja de los encuentros verdaderos y nos conduce a un nuevo tipo de vanidad y autocentrismo. ¿Cómo sostener vínculos reales?

Por Sergio Sinay

En el epílogo de sus Obras Completas, así reflexiona Jorge Luis Borges: “Somos todo el pasado, somos nuestra sangre, somos la gente que hemos visto morir, somos los libros que nos han mejorado, somos gratamente los otros”. Los otros. El otro. Mucho se los menciona. Cuando se habla de generosidad, de solidaridad, de empatía, de salir de la propia zona de confort. Pensar en el otro. Ponerse en su lugar. Sentir como siente. Respetarlo. El otro. ¿Pero quién es el otro en definitiva? ¿Es solo una abstracción? ¿Una silueta sin rostro que se recorta en el paisaje humano? ¿Una idea? ¿Cómo se presenta? ¿Existe?

Cuando hablamos del otro, cuando pensamos en él, nos introducimos en la alteridad. El término viene del latín alter, que significa precisamente “otro”. Y podría traducirse como “otredad”. El descubrimiento que hace el “yo” de que no es el único “yo”. Hay otros. Son distintos. Y necesarios. El filósofo israelí Martín Buber (1878-1965), nacido en Viena, y profundo cultor del existencialismo humanista, publicó en 1923 un libro esencial sobre esta cuestión. Bajo el título Tú y Yo afirma allí que ambas palabras son una sola, porque si se suprime una de ellas la otra nada significa. No hay yo sin tú, dice Buber. Ambos se referencian. Soy el Tú de aquel a quien le digo Tú mientras me digo Yo. Y él me dice Tú mientras se dice Yo. Uno frente al otro nos damos mutuamente existencia. 

Otro gran filósofo del siglo veinte, el lituano Emmanuel Lévinas (1906-1995), autor de Totalidad e infinito: ensayo sobre la exterioridad, entre otras obras, elaboró la “ética de la alteridad”, que gira en torno de la necesidad que cada uno tiene del otro para existir. Por lo tanto, afirmaba Lévinas, el otro no es una abstracción, sino un rostro que se presenta ante mí. Y esa presencia me interpela, me interroga sobre mi existencia, sobre el para qué de mi vida. Cuando el otro me mira me impone una responsabilidad. No estoy solo en el mundo, y mis acciones, mis actitudes, mis palabras tendrán consecuencias en otros. Deberé hacerme cargo de esas consecuencias y responder a ellas. De ahí nacerá mi ética. Y sobre ese hecho se construye la identidad, apunta Lévinas, y también las instituciones, como el Estado. Hay estados que respetan y honran la alteridad y otros que la anulan, al anular al individuo.

El otro y Narciso

La pregunta por el otro adquiere especial relevancia en estos tiempos virtuales, en los cuales, a la luz de las redes sociales, la tecnología digital y los buscadores, las personas tienden a aislarse y encapsularse confundiendo conexión con comunicación y contacto con amistad. El otro, por mucho que así se pretenda, nunca puede ser quien aparece en la pantalla de un celular o una computadora. Mucho menos cuando se le presta más atención que a la persona de carne y hueso que está ahí, presente, pidiendo esa atención. Sin embargo, cada vez se atiende más a la presencia-ausencia virtual que a la figura encarnada (la de un hijo, pareja, amigo, compañero, etcétera) que está allí, a centímetros, reclamando preferencia y preminencia.

«La pregunta por el otro adquiere especial relevancia en estos tiempos virtuales, en los cuales, a la luz de las redes sociales, la tecnología digital y los buscadores, las personas tienden a aislarse y encapsularse confundiendo conexión con comunicación y contacto con amistad. El otro, por mucho que así se pretenda, nunca puede ser quien aparece en la pantalla de un celular o una computadora».

Vivimos en un “mundo selfie” auto observándonos y admirándonos, bastándonos con nosotros mismos reflejados en una pantalla. Un mundo que reproduce una y otra vez el mito de Narciso, hijo de Cefiso, dios del río, y de la ninfa Liriope, un muchacho bellísimo del que hombres y mujeres se enamoraban, aunque él, prendado de su propia hermosura, los despreciaba. Hasta que un día, admirando su propia imagen reflejada en la superficie de un lago, se inclinó tanto que cayó, se hundió y se ahogó. Las pantallas actúan hoy como la superficie de aquel lago. Atrapan y absorben. Sustraen del otro, de su llamado, de su pedido, de su ofrecimiento, de su pregunta, de su inquietud. Y si su presencia llega a contrariar el propio deseo, la propia expectativa, simplemente se lo suprime, bloqueándolo o eliminándolo de la lista de contactos (nunca amigos).

La soledad global

La tecnología que prometía globalizar el mundo, hacer del planeta un único lugar, terminó, hasta ahora, por fragmentarlo convirtiendo a cada persona, encerrada en su pantalla, en parte de un vasto archipiélago en el que las islas son eso, islas. No se tocan. Y el otro real requiere contacto de pieles, miradas, escucha, presencia, tiempo. Requiere aceptación, respeto de las diferencias. Pide que salgamos del encierro de esas islas en las que nos refugiamos entre clones. Todos pensamos igual, nos gusta lo mismo, rechazamos y expulsamos lo distinto. Lo que parece un triunfo de esa tecnología, como el home office, por ejemplo, deviene en un paso más hacia la agonía de la alteridad, hacia la desaparición del otro real, tangible, encarnado. Es el triunfo del aislamiento, de la soledad protegida, a prueba de otros. Pero no se trata de demonizar a la tecnología, porque ella es una herramienta, y las herramientas no actúan solas. Son usadas en función de un propósito.

Umberto Eco (1932-2016), el semiólogo italiano autor de Apocalípticos e integrados, El nombre de la Rosa e Historia de la belleza, entre tantas obras fundamentales para entender la cultura de nuestro tiempo, señalaba que “Intentar comprender al otro significa destruir los clichés que lo rodean, sin negar ni borrar su alteridad”. Un formidable ejercicio de aceptación, de conocimiento y de respeto del que nacen los verdaderos encuentros humanos.

Hay muchas frases bonitas acerca del otro y de su importancia, pero a menudo quedan en declaraciones. En general ellas no hacen más que convertirlo en lo que no es ni debe ser: una abstracción. En un otro sin cuerpo, sin voz, sin piel, sin mirada. Un otro que no nos confirma como Yo (según Buber), porque no es un verdadero Tú. Y que tampoco nos interpela con su presencia (como pedía Lévinas) porque está ausente, aunque se hable de él. Y en un tiempo de muchedumbres solitarias, de miles y miles de personas conectadas, pero no entre sí como creen estarlo, sino al vacío, es necesario oír la voz de Ernesto Sábato, que, en La resistencia, uno de sus libros finales, un manifiesto, un testamento, escribía: “Cuando somos sensibles, cuando nuestros poros no están cubiertos de implacables capas, la cercanía con la presencia humana nos sacude, nos alienta, comprendemos que es el otro el que siempre nos salva. Y si hemos llegado a la edad que tenemos es porque otros nos han ido salvando la vida, incesantemente”.

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"El amor es una cadena de amor, como la naturaleza es una cadena de vida".

Truman Capote