Sophia - Despliega el Alma

POR Maritchu Seitún - Columnistas

22 diciembre, 2020

Que los chicos no lo sientan como un año perdido

No pudieron ir al colegio. Y, durante meses, tampoco salir a caminar ni ir a la plaza. Perdieron encuentros con abuelos, tíos, primos y amigos. Celebraron cumpleaños por Zoom. ¿Cómo ayudarlos para que este 2020 no les deje un sabor amargo?

Nuestros hijos nos miran para ver y entender el mundo. Y son permeables a nuestra manera de vivir las situaciones que se van presentando en la vida. A menudo las miran a través nuestro: se asustan si tenemos miedo, se entusiasman cuando nos ven entusiasmados. O se enojan, se alegran, se preocupan…

Durante los primeros años somos sus únicos referentes y, aunque van incorporando otros a medida que crecen, siguen mirándonos y se ven influidos por nuestra visión de las cosas. Eso nos impone una gran responsabilidad. Especialmente en estos últimos días de un año tan especial, que nos movilizan a todos.

Con el fin del 2020 se cierra un ciclo raro, difícil, largo y corto a la vez: la cuarentena se hizo interminable y, al mismo tiempo, parece mentira que ya sea diciembre. Empezamos a hacer un balance, como ocurre cada fin de año y también al transitar situaciones difíciles en la vida: hoy percibimos que son muchos los duelos y las despedidas que tendremos que seguir procesando. Por otro lado, si estuvimos atentos y pudimos dejar de lado de a ratos la frustración y el miedo, fuimos cosechando también muchos aprendizajes y ganancias en el medio de tantas pérdidas.

Tanto podríamos quedarnos llorando melancólicamente por aquello que no pudimos ni podemos hacer, enojados, criticones y quejosos, como irnos al otro extremo y negar todo el dolor y las pérdidas del ciclo que se termina. O −lo que les deseo a padres, madres, hijos, abuelos, tíos, ¡a todos!− podemos hacer un balance integrando pérdidas, aprendizajes, ganancias, sufrimientos, frustraciones, logros, sin esquivar dolores ni miedos, pero viendo también todo lo bueno que tuvo este año:

◊ Aprendimos a vivir con cierta paz sin controlar todo, dejando que la circunstancias nos conduzcan.

◊ Nos descubrimos como una comunidad global en la que todos tenemos que colaborar para salir adelante sin distinción de razas, religiones, sexos ni edades.

◊ Tuvimos el placer de pasar tiempo en familia pequeña y disfrutar pequeños y grandes logros de nuestros hijos en su día a día.

◊ Tuvimos tiempo y oportunidad de conocer los intereses y preocupaciones de nuestros hijos y los vimos crecer y aprender tanto…

◊ Bajamos nuestro nivel de consumo y redefinimos nuestras prioridades.

◊ Encontramos el placer de hacer ciertas tareas de la casa, como cocinar u ordenar, que en otros momentos no nos gustaban.

◊ Armamos equipo en casa con los chicos y establecimos nuevos rituales y rutinas placenteros para todos.

◊ Bajamos el ritmo febril en el que vivíamos ¡y lo disfrutamos!

Al hacer ese balance de estos meses transcurridos seguramente descubramos que el mejor final para un año vivido puertas adentro son unas fiestas en familia pequeña y unas vacaciones tranquilas, interactuando con cuidado y con poca gente a la que queremos mucho.

Todos necesitamos vacaciones, no importa dónde. No hacen falta destinos exóticos ni programas multitudinarios. Lo importante para los chicos es que estemos disponibles para ellos y con ganas de disfrutar, que dejemos de lado las quejas, los relojes, los celulares y las computadoras y pasemos unos días distintos, con tiempo para jugar y charlar, para pasarla bien juntos sin apuros ni presiones.

Para poder hacerlo, primero tenemos que procesar y despedirnos de aquello que nos hubiera gustado hacer, abrazar con amor y alegría lo que sí pudimos y podemos y, fundamentalmente, acompañar a nuestros hijos a hacer lo mismo.

Y entonces estaremos listos para abandonar por unos días esa agotadora multitarea que venimos cumpliendo desde hace largos meses y entregarnos a disfrutar la Navidad, las celebraciones de fin de año y nuestros −pocos o muchos− días de descanso. No olvidemos que las vacaciones de los chicos son mucho más largas que las nuestras y necesitan reservas de lindos recuerdos para cuando los adultos volvamos a trabajar. Serán los pequeños tesoros para esos días un poco aburridos que les quedan todavía por delante hasta que −con suerte y vacuna de por medio− por fin vuelvan a clases.

 

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