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Positividad para los casos positivos

Luego de ser diagnosticada con Covid19 y de atravesar el cuadro con síntomas leves, nuestra columnista reflexiona sobre la necesidad de acompañar a quienes padecen esta enfermedad con mayor respeto y contención.

Medios de todo el mundo muestran constantemente los desastres causados por la Covid19. 

El miedo es un mal consejero que enfoca el cuerpo entero en la amenaza. Pero la salud no es solo eludir el peligro, sino buscar lo que nos rescata. Llevamos 423 días esperando que nos toque la lotería que confirma el contagio, escuchando historias, conociendo casos. Y aunque las estadísticas confirman que el coronavirus es leve para la gran mayoría, la expectativa general se pone en la fatalidad. Como si el terror fuera la terapéutica aconsejada ante los primeros síntomas.

El diagnóstico de Covid19 positivo dispara situaciones que no parecen ser las más propicias para la recuperación. En mi caso, mis cuentas se llenaron de mensajes supuestamente bienintencionados que no hacían más que transmitirme la angustia ambiente. Invirtiendo la carga del consuelo, siendo la convaleciente, era la que tenía que llevar tranquilidad a mucha gente que no frecuento ni preguntaría por mi salud en circunstancias menos excepcionales.

Fue difícil encontrar fórmulas educadas para explicar que me encontraba muy bien sin que me volvieran respuestas del tipo “Pero, ¿cómo? ¿No perdiste el gusto?”, “¿No tenés cansancio?”, cual paramédicos haciendo telediagnóstico terrorista. Las más inquietantes insistían con “¿Seguro que estás bien? Porque cuando dicen que están bien suele ser porque…”. Algunas se disfrazaban de consideración, pero expresaban lo contrario, como “Bueno, pero cuidate porque puede empeorar con los días, conozco un caso…«. Todo lo que no necesita leer alguien en sus primeros contactos con un virus mutante.

Más allá del morbo de quien gusta de llevar amenazas a quien necesita esperanzas, lo cierto es que la pandemia generó un contexto hostil a la tranquilidad, al punto que sostener que la gran mayoría solo pasará por síntomas leves es considerado negacionista. Aunque su evidencia científica sea más numerosa que los datos de las complicaciones, esa mayoría que pasa por el proceso con pocos síntomas, o incluso ninguno, es marginal en noticias donde la muerte es predominante. El cuadro clínico benigno pesa menos que los casos excepcionales, que se llevan la alarma social y el esfuerzo sanitario. Es entendible que se prioricen los pacientes graves y que el sistema elija medirlos en unidades de terapia intensiva, pero no parece  saludable dejar de ofrecer contención para la gran mayoría que puede evitar pasar por ellas.

Hay una falsa premisa en la campaña sanitaria que supone que el miedo a la muerte es más ordenador que la promesa de bienestar y vida. Pero ese enfoque justifica que haya más interés en medicamentos experimentales para casos graves, que en las vitaminas necesarias para acompañar el proceso de los leves. El sistema de salud no tiene solo intensivistas para cuando se encienden las alarmas, sin embargo, parece que no hay profesionales para acompañar y orientar a la mayoría que se mantendrá lejos de los respiradores. Un enfoque paliativo derribaría mitos que asustan sin fundamentos.

La vida después del positivo 

La Covid19 es una enfermedad solitaria. El aislamiento es la principal prescripción de todos los pacientes, pero los ocho de cada diez con síntomas leves que quedan aislados en su propia casa son estigmatizados por el entorno y son ignorados por su obra social, que en el mejor de los casos manda mensajes automatizados para registrar síntomas que no recibirán un paliativo ni siquiera de placebo. Pero también puede ser solidaria, si logramos comprender que es posible dar contención sin riesgo de contagio, aunque solo se trate de aliviar la angustia recomendando vitamina C, ofreciendo una charla o mandando comida reparadora.

Aunque el conocimiento de esta enfermedad es aún provisional, ya se confirmó que es más letal para personas con riesgos y que lo mejor es estar con mucha salud para recibirla. Que hay que empezar antes del positivo a bajar de peso, dejar de fumar, comer saludable, tratar afecciones crónicas. Por eso, mejor que pedirle a la gente que no se contagie, como si hubiera alguien que lo buscara, es convertir el miedo en conciencia para mejorar los hábitos.

En este mundo dado vuelta por la pandemia, la gente que intenta llevar calma y propone que aprendamos a convivir más saludablemente con estas circunstancias es tildada de negacionista, a pesar de las múltiples evidencias científicas del impacto del bienestar general en la forma en que se transita la enfermedad. Llevar tranquilidad no es una falta de respeto a los casos graves. Al contrario, lo irrespetuoso es recordarles todo el tiempo que el coronavirus puede matarlos. No ocurre con las otras enfermedades terminales.

Recibir el diagnóstico positivo se ha convertido en un estigma que trata al portador como una bomba epidemiológica. El sistema de salud te avisa que está saturado y que te prepares para no contar con él. Un desconocido en nombre del gobierno te llama para que le compartas tus contactos estrechos. Los vecinos vigilan que no salgas al pasillo, ni siquiera para recibir el envío del oxímetro. Gente desconocida pregunta impúdica por detalles privados y cualquiera manda deseos de recuperación con una solemnidad que no usaría para un resfrío, aunque los síntomas que sientas sean los mismos. Es demasiada gente esperando las peores noticias a la que deberé defraudar: no tengo más que compartirles novedades buenas.

Una de las «conversaciones» que nuestra columnista entabló con el doctor-bot de la prepaga.

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Truman Capote