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Exfoliadas: Perder palabras para ganar comunicación

Exforliarnos de palabras. Ese el ejercicio que nos propone nuestra columnista en esta reflexión que nos lleva a preguntarnos cómo hacer del silencio un espacio de profundo encuentro con nosotros mismos y con los demás.

De todas las privaciones a las que deliberadamente nos sometemos, la más difícil es la de las palabras. Es más fácil suspender harinas, cortar los dulces, restringir salidas, dejar de comprar cosas, que dejar de hablar. A los niños, para castigarlos, los amenazamos con confinarlos en la dirección, en su cuarto, o en un rincón, porque sabemos que es imposible callarlos. Tanto que, como castigo, les imponemos palabras que repitan cien veces su falta.

En las campañas políticas se llamaba veda electoral al momento para acallar las voces altisonantes que desbordan las campañas y pensar el voto sin interferencias. Recién ahora que los mensajes no paran por las redes sociales apreciamos el alivio que representaba ese corte de noticias y propaganda.

Los hospitales piden silencio porque la salud de los enfermos requiere el descanso del oído, el sentido más insubordinado. Podemos cubrir los ojos, tapar la nariz, resguardar el cuerpo de frescores o roces, cerrar la boca. Pero no escuchar requiere una ingeniería sofisticada, que casi nunca funciona.

O una infraestructura, como la de las bibliotecas modernas que comparten con los viejos monasterios la quietud de las salas donde se cuece el pensamiento. La concentración, como el sueño, enseguida se diluye cuando el zumbido de un insecto la amenaza. La meditación recomienda cerrar los ojos, ya que no puede obturar los oídos. Las catedrales son altísimas burbujas de silencio que absorben los murmullos de la feligresía y elevan sus oraciones al cielo. El yoga exige un espacio acallado, porque escuchar la respiración propia es más provechoso para el cuerpo que distraerse en las palabras ajenas.

Tan excepcional es el silencio que no tiene sinónimos exactos: el mutismo es el voluntario, la afonía es involuntaria, la quietud puede tener algo de ruido, la calma es otra cosa. El silencio no es enmudecer sino saber cuándo expresarse. Exfoliarse de palabras, decir lo justo y necesario. No es callar del todo, sino exfoliar el exceso.

Creemos que pronunciar algo tiene la propiedad mágica de conceder lo que pronuncia. Nos deseamos suerte, salud, dinero y amor, como si eso los provocara. Suponemos que hablar y hablar alargará el amor que se termina. Pero decir las cosas no es lo mismo que derrochar palabras.

Hay que empezar por perder el miedo a andar desnudas de palabras. Cuando no escuchamos el ruido de los chicos corremos a ver si les pasó algo. Cuando la familia come en silencio, alguien se apura a quebrarlo con alguna chanza. Y, sin embargo, cuando el ruido define los vínculos, suele haber demasiadas cosas que no quieren escucharse.

La intimidad más amorosa es la de dos personas que pueden, calladas, acompañarse. La mayor sensualidad de los amantes es la del instante donde no hace falta expresar palabras. Como la mejor amistad, que sabe escuchar cuando no podemos decir nada.

A pesar de los indiscutibles beneficios del silencio lo evitamos al punto que, para invocarlo, lo llamamos. Llamarse a silencio debería pronunciarse animarse al silencio, perder el miedo a ese vacío que succiona lo que ni sabíamos que estaba guardado. Invitar a conectar en lo profundo, lejos de la superficie tantas veces agitada de vanas palabras.

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"El amor es una cadena de amor, como la naturaleza es una cadena de vida".

Truman Capote