Sophia - Despliega el Alma

POR Miguel Espeche - Hablemos de...

14 febrero, 2014

Parejas discutidoras

parejas discutidorasLas parejas discutidoras suelen valorar más tener razón que pasarlo bien.  En sus pujas interminables pueden entreverse malentendidos, egoísmos, miedo, rencor y, sobre todo, un enorme deseo de que el otro cambie algo de lo que es o de lo que hace.

No pretendo abarcar todo el espectro infinito de los conflictos de pareja traducidos en discusión, pero sí quiero generar reflexión para que no sea la discusión la que lleve a la pareja de las narices, sino que sea la pareja la que tome las riendas y guíe a la discusión hacia el mejor destino posible.

Los discutidores son dignos hijos de una civilización que entroniza la Razón por sobre cualquier cosa. Para ellos la Verdad no es una vivencia, una percepción profunda acrecentada con la perspectiva del otro. En cambio, es un argumento esgrimido como arma, en un contexto cultural que dice –a mi gusto erróneamente– que la verdad es aquella que gana en la puja dialéctica y no la que se construye con la mirada compartida, que suma perspectivas y enriquece escenarios.

Cuando una pareja discute, salvo casos muy radicales en los que hay manipulación y alevosía, ambos integrantes expresan diferentes aspectos de una verdad compleja, teñida de una fuerte afectividad que no siempre es concientizada como tal.

Reconocer esas emociones que subyacen en la discusión ahorra mucha mala sangre. Sabiendo lo que se siente, al menos no se disfraza de argumento lo que es un temor, un rencor, un desengaño…

Lo notable de la cuestión es que, en un clima amoroso, con buena onda, confianza y algo de encanto, las argumentaciones parecen cáscaras vacías. Toda bronca parece desaparecer cuando media algún gesto de afecto o mínimo reconocimiento, o cuando la pareja armoniza en un plano que va más allá del tener o no razón. Ejemplo de eso es lo que pasa cuando, en buena ley, se apuesta a sintonizar la intimidad en vez de apabullar con palabras y más palabras el circuito de comunicación. No digo que con eso solo se solucione todo el problema, pero ayuda –y mucho–, sobre todo, cuando hay buena fe y genuino afecto.

Como decía antes: en la pareja lo prioritario es pasarlo lo mejor posible. En ese sentido, es más importante la genuina concordia que la defensa de la razón. Optimizando esos momentos de bienestar compartido, la beligerancia de las discusiones merma, ya que en esa cercanía se reconstruye la confianza y, si se confía en el otro, no habrá miedo.

Un elemento para tener en cuenta también es que las discusiones no siempre deben resolverse rápido. Se puede tener discusiones en cuotas mientras se vive la vida nutriendo otros aspectos de la relación más gratos o menos ríspidos. De hecho, muchas parejas “administran” los temas de desacuerdo, dejando de lado la obsesión por estos, descubriendo que es posible estar juntos aun sin unanimidades. El mito que dice que siempre “hay que hablar”, sin tener en cuenta que los silencios a veces son parte sabia de la comunicación, daña a muchos que no pueden ofrecerle pausa y oxígeno al torbellino discutidor.

Si la pareja sabe disfrutarse, entendiendo que las cosas son lo que son, más allá de lo que se discuta al respecto, habrá toda una vida para ir disolviendo los desacuerdos. Y en todo caso, se irá agregando valor a lo que existe, en vez de gastar pólvora en crispaciones que ganan poder en las mentes y hacen que las parejas pierdan el rumbo.

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