Sophia - Despliega el Alma

POR Miguel Espeche - Hablemos de...

14 mayo, 2014

Paciencia, divino tesoro

Una palabra que ha surgido en las últimas décadas de manera sorprendente es “clic”. De hecho, es posible imaginar que antes de la invención de ciertos artefactos eléctricos no existiera ese término, ya que se origina en una onomatopeya ligada al sonido de los interruptores de luz, al famoso Magiclick y, en la actualidad, al ruidito que hace el botón del mouse de la computadora cuando lo apretamos.

La inmediatez que ese clic representa se ha tornado un valor, y existen razones para que así sea. Poder consultar en segundos a través de Internet todo tipo de datos, poder hablar con seres queridos que están a miles de kilómetros o conocer lo que pasa del otro lado del mundo nos ubica en un lugar de cercanía con personas, espacios y conocimientos a los que ningún ser humano había tenido antes acceso a lo largo de la historia.

Sin embargo, y sin clics a la vista, la paciencia, aquel valor añejo e imprescindible, aguarda que la redescubramos. No le importa que no la veamos como apetecible, o que olvidemos cuán necesaria es para que nuestra vida pueda ser bien vivida. La paciencia no se impacienta: nos espera para que nos acordemos de su valía, de su esencial presencia, más allá de que estemos embelesados con la novedad del “clic”.

No por inmediatas las cosas son mejores, y, de hecho, hay experiencias que no ocurren si no hay un tiempo adecuado anterior a su consumación.

Muchas veces, justamente, percibimos al tiempo como obstáculo para alcanzar nuestros deseos. Si, por ejemplo, queremos viajar de Buenos Aires a Mar del Plata, consideramos que esas cuatro horas que demoramos en llegar son una molestia, tanto como lo es la ruta 2, a la que intentamos sortear lo antes posible para que el arribo al lugar deseado se asemeje a un “clic” inmediato, como el que trasladaba hacia recónditos lugares del espacio al capitán Kirk y al señor Spock en Viaje a las estrellas.

El tiempo y el espacio son recursos –no molestias– para el logro de nuestros fines. Por eso, la paciencia –o el arte de esperar activamente por algo que deseamos– es tan importante y útil para conseguir aquello que sentimos como valioso.

Existen vínculos en los que no conviene adelantar los tiempos para no arruinarlos. En las relaciones de pareja, por ejemplo, se van “incubando” etapas que deben respetarse, para poder nacer así a nuevos estadios más maduros, profundos y… divertidos. El apuro ansioso, en esos casos, habla de poca confianza y del miedo a que se termine el encanto que, inconscientemente o no, se considera frágil y volátil. En esos momentos, la paciencia de ir paso a paso ayuda, posibilita, habilita a comprobar fortalezas y diluye el miedo.

La vida se ríe de los clics y nos presenta escenarios complejos, que deberemos sortear manejando los tiempos, no peleándonos con ellos como si fueran enemigos.

“La paciencia empieza cuando se termina la paciencia”, decía alguien. Es la mayor de las aliadas de aquellos que saben qué quieren, y esperan a que se den los tiempos adecuados, sin perder la fe.

Si no sabemos qué queremos, tengamos paciencia, que ya vendrá un tiempo de mayor claridad. Todo llega; habrá que saber esperar, confiando en que lo que es verdadero no se diluye así de fácil. Por lo tanto, la espera paciente, más que un alejamiento del objetivo, es, justamente, la mejor manera de arribar a él, sin que el afán por el clic permanente acelere aquello que no debe ser acelerado. 

ETIQUETAS paciencia

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