Sophia - Despliega el Alma

POR Virginia Gawel - Columnistas

10 julio, 2015

No te toco, pero te siento

En tiempos de hambre de contacto, una columna que es un tesoro: el valioso encuentro (palabras que van, que vuelven y que quedan para siempre), para saber al otro y sabernos sabidos por él.

Mensaje de la mañana: “¿Cómo está siendo tu semana? Ese chico no te está tratando bien. ¡Cuidate! Estoy leyendo un libro de un tal Walt Whitman que te hace dar cuenta de cuánto valés. Son poemas hermosos. Después te copio alguno. Te dejo mi abrazo.”

Respuesta de la noche:No estoy muy bien: a mi hermana le pegó el novio, y el mío me miente y me grita. Soy una tarada. Quisiera poder leer algo que me abra la cabeza, pero se me va el día en el trabajo y cuidando a mi sobrina más chiquita. Necesito fuerza. Estoy muy cansada. No dejes de escribirme, por favor.”

Mensaje de la mañana: “¡Nunca más te digas tarada! Mirá lo que dice Whitman:

Me celebro y me canto a mí mismo.
Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti,
porque lo que yo tengo lo tienes tú
y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también.

Yo también a veces me siento tarada, pero no nos lo tenemos que decir. Debe haber alguna manera de aprender a sentirse como este poeta. Yo quiero aprender cómo”.

Nunca habíamos visto el rostro la una de la otra. Pero poco a poco, mensaje tras mensaje, fuimos sabiendo algo: que nos sabíamos. Allí estaban, ensortijados entre las letras, anhelos, amores, miedos, asombros…

No, no: perdón que no lo haya explicado. No era WhatsApp. No era Facebook. Ni siquiera chat o mail. Era un pupitre: un asiento de escuela secundaria, de aquellos de madera, con tapa maciza y flancos de hierro. Su superficie portaba el usual y primitivo ornamento que todos tenían: iniciales y corazones tallados a punta de compás por sucesivos chicos y chicas (muchos de ellos ya para ese entonces seguramente casados y con hijos; o bien desaparecidos: era 1977, plena dictadura militar argentina). Conservaba una hendidura para apoyar el lápiz y un agujero redondo -casi prehistórico-, en el que se colocaba el frasco con tinta para escribir, con pluma de metal, una esforzada caligrafía.

Sí: era un único pupitre. Yo lo usaba en el turno mañana, y la otra chica en el turno noche. Un único pupitre en el que cabíamos sólo si nos sentábamos derechitos, y que tenía debajo de su tabla principal un estante donde apoyar útiles escolares, libros y alguna vianda para el recreo. Ése era nuestro nido secreto. En un tiempo donde nada secreto tenía que haber -aunque todo era secreto-, habíamos creado un lugar inexpugnable, debajo de un pupitre. Y todo porque un día se me ocurrió dejar allí una nota diciendo: “Me llamo Virginia, de tercer año turno mañana. ¿Quién sos? ¿Me contás?”. Y la chica de turno noche respondió: “Soy Marta. No estudié. Estuve enferma. Tengo miedo”. Y allí sucedió lo que Don Borges alguna vez dijo: “He ejecutado un acto irreparable, he establecido un vínculo”. Irreparable porque lo que se había roto eran nuestras recíprocas soledades. (Bendito sea que así haya sucedido).

Yo, con genes de ostra, encerrada en mí misma, ajena a todos; yo, triste, compleja, más cercana a Herman Hesse que a las fiestas de quince; yo, sin habilidades sociales, huraña y poética; yo, espécimen apto para lo que aún no se llamaba bullying, pero que igual dolía lacerantemente, había encontrado lo inhallable: una interlocutora. Y ella me había encontrado a mí.

A partir de ese contacto inicial, cada día el primer gesto al llegar al aula era estirar la mano en el estante secreto, donde, plegadito como un origami, estaba ese sentir no dicho a nadie, sino sólo a “la de la noche”; el sentir no dicho a nadie, sólo a “la de la mañana”. Yo vivía a 20 kilómetros, donde ni había teléfonos. Ella transitaba una adultez prematura, a fuerza de orfandad, y por eso iba a la nocturna. Esas manos que se estiraban todos los días a dejar y retirar notitas subrepticiamente, mientras el de Física o la de Química explicaban lo inaprensible, nunca se estrecharon. Jamás supe su apellido. Jamás supo el mío. Sin embargo, estábamos compartiendo algo ancestral: el hambre de contacto y la posibilidad de ser pensado por otro, sentido por otro, sabido por otro… La clara certeza de que nuestra vida sensible le importaba a alguien.

Ese año tuvo muchos días y muchas noches: muchos saberes recíprocos inevitablemente drenados en cada letra escrita. Después vino el verano. Y después un año de pupitres mudos. Nunca más supimos de la otra, ni cómo buscarnos, ni cómo encontrarnos. Y, en tiempos donde nadie debía saber el nombre de nadie, era normal no saberlo: era normal ignorar lo que siniestramente debía ser ignorado. Pero cada una estaba ya iniciada en esto: el arte supremo de ponerle palabra a lo que no la tiene. Irreparablemente abiertas a saber que era importante saber al otro, y ser sabidos.

Creo en esto: que no hay vida afectiva posible sin que nos crucemos mensajitos como los que ese antiguo pupitre supo resguardar. Que no hay pareja, amistad, hijos ni hermanos que sean más que formalidades, si no estiramos la mano todos los días, aunque sea un instante, para saber al otro y para dejar que el otro nos sepa. Que los vínculos no son un hecho: son un proceso de seguir sabiéndonos, sin darnos por sabidos nunca. Que todos tenemos hambre de contacto, pero que con frecuencia nos retraemos, y no dejamos el mensaje en ningún estante; o no retiramos los que nos dejan; o lo dejamos con absurda insistencia donde ninguna mano se deslizará para buscarlos.

Hemos creado, seguramente, relaciones cercanas que son muy distantes; pero podemos crear vínculos que, aun desde lejos, con su “¡Abracadabra!” derriben gentilmente las puertas de nuestra más honda cercanía. Pues, no nos confundamos: tocar al otro no es sentirlo; y con frecuencia sentimos profundamente a quien nunca podremos tocar ni mirar a los ojos.

Y esto sé: que los vínculos que nos tocan lo intangible, vienen en distintos formatos. Uno de ellos es así: intangible, sin que quizás nunca lleguemos a vernos frente a frente. Y que quienes hoy reniegan de los vínculos “virtuales” equivaliéndolos a “irreales”, tal vez no se den cuenta de que siempre existieron vínculos virtuales, aun antes de que se inventara la primera computadora. Entrañables ligazones donde lo invisible se entreteje para traspasarnos lo que realmente importa.

También esto sé: que muchos vínculos “de carne y hueso” están tan llenos de proyecciones que son más virtuales que muchos otros en los que ambas personas nunca han podido darse un abrazo.

Y también esto aprendí: que todos necesitamos que alguien nos sepa, y saber al otro: importarnos recíprocamente. Más allá de las superficies, los roles, los apellidos. De hecho, nunca supe el de Marta, y ella nunca supo el mío. Pero quizás sea por eso que León Felipe, el que tradujera los poemas de aquel “Canto a mí mismo”, lo prologara con una frase que nunca olvidaré: “Se apellida Whitman. Pero Dios le llama Walt” .     

pupitre

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