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No solo vivimos de objetivos cumplidos: las maravillas que aguardan en la banquina

Un relato sobre cómo salirnos del plan y hacer un alto en la ruta puede llevarnos a descubrir esas pequeñas cosas que habitan en las banquinas y nos permiten reencantar el mundo.

No recuerdo de dónde veníamos o hacia dónde íbamos, pero me acuerdo de la vaca.

Fue hace muchos años, cuando mis hijos eran chicos y los veranos tenían siempre algún lugar al que ir a pasar las vacaciones, juntos y en familia.

La ansiedad clásica por llegar a destino hacía que el acelerador obrara lo suyo al ser pisado por el conductor, yo, que quería que esa ruta “molesta” que se interponía entre nosotros y el lugar anhelado (sea para iniciar las vacaciones, o para volver a casa tras ellas) terminara pronto. Llegar era la meta, y para eso teníamos que ir rápido.

Algo pasó, tampoco recuerdo bien qué, pero nos tuvimos que detener. Creo que fue algún imperativo fisiológico de alguno de los niños que, malhumor mío mediante, hizo que me recostara sobre una amplia banquina, a la altura de un árbol solitario que estaba un poco más metido campo adentro y daba contra el alambrado. Hubiera bastado, literalmente, medio segundo para pasar al lado de ese punto del terreno si seguíamos nuestro camino, pero no… Nos detuvimos allí, cerca del árbol, cerca del alambrado.

Nos tentó comer unos sándwiches en ese “no lugar”, mientras los autos pasaban cerca, a gran velocidad, pero sin impedir que escucháramos el sonido del campo hecho de pasto que baila con el viento, mugidos lejanos y teros que cantan en clave de protesta. Los chicos caminaron por ahí, acercándose al árbol y al pastizal que lo rodeaba. Y es ahí que ella apareció: la vaca, recostada lo más tranquila bajo la sombra que daba del lado de adentro del alambrado y escondida tras el pastizal alto hecho de yuyo y cardo.

“¡Papá, una vaca!”, gritaron, mientras ella miraba con esa cara que solo una vaca puede tener. Urbanos y entusiastas, los chicos se la quedaron mirando, mientras yo también me acerqué para corroborar que, efectivamente, se trataba de un bovino hecho y derecho, que ejercía su derecho al descanso de una manera envidiable. La observamos juntos, primero en silencio. Luego aparecieron varias preguntas y comentarios hasta que, pasando a otra cosa, fuimos todos a comer.

El asunto es que ahí aparecieron las hormigas. Pero no en clave de molestia, sino en modo curiosidad. Eran negras y laboriosas, y recorrían en fila el costado del mantel que habíamos improvisado en ese picnic inesperado que apareció como un paréntesis del apurado viaje que veníamos teniendo. Observación de las hormigas, charla sobre las hormigas, y después, sándwich en mano, vuelta a la vaca y más preguntas sobre su vida y su destino, que decidí fuera la lechería para no hacer patente el cruel destino del Mercado de Liniers que esperaba a muchas.

En algún momento nos fuimos, tras despedirnos de la vaca, de las hormigas y del árbol que fue testigo de un momento que, a más de veintisiete años, hoy evoco.

Antes y después de ese momento pasé por millones de “no lugares” al ir por las rutas y, seguramente, hubo vacas descansando y hormigas trabajando en cada uno de ellos. No me detuve a verlos y no creo que haya estado mal: tenía que llegar y no es cosa de perderse en cada punto del viaje.

Sin embargo, la escena siempre me ha acompañado junto a una sensación feliz y pacífica. Un poco contagiado por aquella vaca (a la que agradezco los servicios prestados a mi paz mental), y otro poco por la sonrisa de mis hijos que, de hecho, disfrutaron profundamente ese momento a una edad en la que el disfrute es hondo y sencillo, sin marcas comerciales, destinos específicos ni demasiada pretensión.

Ofrece paz saber que la ruta tiene sus márgenes, y que estos no siempre son la “nada”, así como tampoco el camino transitado a las apuradas nos lleva siempre a algo genuinamente significativo.

“¡Papá, una vaca!”, dijeron los chicos, con sorpresa y alegría también, ofreciéndole una bienvenida a aquello que sale del plan, reencantando el mundo con su mirada.

Ya adivinarán la moraleja, no es difícil de intuir: no solo de proyectos vive el ser humano, tampoco de objetivos a ser cumplidos ni de apuros y ansiedades que hacen que apretemos el acelerador porque suponemos que antes es, siempre, mejor. A veces aparecen vacas, hormigas, sandwichitos y arbolitos a la vera del camino, y se logra intimidad y cercanía con los momentos de la manera más inesperada.

No recuerdo la ruta, el destino del viaje ni el año exacto. Pero acá estoy, contándoles esta pequeña historia en clave pampeana, con teros de fondo, mugidos, motores que pasan raudos al costado y una tremenda paz, matizada de alegría, que marcó una pequeña experiencia evocada tras décadas de ocurrida.

No me fui a la India, no tuve una iluminación superlativa, no traté de tener un momento especial. Ocurrió nomás, un día en el que llegar no fue tan importante por un rato, y marcamos la memoria con las sencillas maravillas que habitan en las banquinas.

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José Saramago