Sophia - Despliega el Alma

POR Miguel Espeche - Columnistas

26 octubre, 2020

Mayoría de edad

El paso de la infancia a la adultez no siempre es un tránsito sencillo y supone grandes desafíos para padres e hijos. ¿Qué significa realmente madurar? ¿Y cómo podemos crecer sin perder la frescura y el entusiasmo de la niñez?

Crecer es la ley de vida y es por eso que, pasado cierto tiempo, se llega a “ser grande”. Con los años se arriba a aquello que desde chicos soñábamos ser para, a partir de la adultez que veíamos en nuestros mayores, hacer todo lo que suponíamos que era posible por el hecho de alcanzar la famosa “mayoría de edad”.

Tiempo atrás los 21 años marcaban el cambio de estatus. Hoy, modificación de legislación mediante, son los 18, si bien tanto antes como ahora hay matices intermedios a nivel legal.

De hecho, antaño, siendo uno menor podía ir a la guerra como “colimba” a los 18 años, y, por otro lado, hoy, pasados esos 18 según la ley vigente, se puede aspirar a la manutención parental en muchos casos, aun cuando se haya llegado a la mayoría de edad en términos legales. La conclusión es que hay algunos pasos intermedios, al menos desde lo legal. Pero eso de ser grandes, al fin de cuentas, llega y hay que estar preparados, tanto cuando nos pasa a nosotros, como cuando le pasa a nuestros hijos.

Se extrañan los llamados “rituales de pasaje” que permitían con claridad separar los territorios de los adultos del de los chicos.

Hoy, no es claro el influjo que dicha ausencia tiene en los jóvenes y en la sociedad en su conjunto. Antes los pantalones largos, la ya mencionada colimba, las presentaciones en sociedad de las mujeres o, yendo más lejos en el tiempo, algún ritual relacionado con la llegada de la menarca, eran escenarios que marcaban sin ningún matiz intermedio un antes llamado “infancia” y un después llamado “adultez”. Esa forma clara de dividir los tiempos se diluyó, no solamente desde lo legal, como hemos señalado, sino también en lo que hace a las prácticas sociales.

El desafío de crecer

Se habla hoy en día de adolescencias prolongadas y seguramente algo tengan que ver aquellos rituales que se volvieron casi inexistentes . A la vez, y como cara de la misma moneda, se comenta acerca  de la precocidad de ciertas conductas de los jóvenes, en particular algunas ligadas con las salidas y la sexualidad. Ocurre a menudo que no coinciden los tiempos legales con los madurativos. A su vez, las dificultades económicas o la idea de tener carreras universitarias que se prolongan en el tiempo generan vínculos de dependencia con la generación anterior que nos permiten percibir que lo legal existe y es importante, pero el crecimiento es gradual en una gran cantidad de casos.

Por supuesto, la contracara es la de los chicos y chicas de origen humilde que deben salir a ganarse el pan, aun abandonando estudios, a causa de los imperativos de una vida difícil. A veces, las situaciones no preguntan si se está o no listo para crecer, se imponen nomás, y hay que hacer lo debido para sobrevivir. Eso también es crecer.

Pero, más allá de las diferentes circunstancias y de la existencia de una zona intermedia entre las dos etapas de la vida, digamos que la frontera entre niñez y adultez existe. De golpe o en cuotas, se llega a ser grande. Y se sigue creciendo a lo largo de toda la vida, ya que cada etapa y cada circunstancia traen sus desafíos y dilemas.

El “ser grande” genera una suerte de movimiento ambivalente. Es lindo que nos lleven “a upa” como lo hacían cuando éramos  chicos, pero llega un momento en el que queremos caminar por nosotros mismos. A la vez, los que ya llevan años caminando solos extrañan aquel cobijo que solo los menores de edad pueden tener, y no son pocos los que darían mucho por tener un día en el cual alguien les cuide el sueño, se encargue de las compras o diga que todo va a estar bien en una noche de miedo.

El “ser grande” genera una suerte de movimiento ambivalente. Es lindo que nos lleven “a upa” como lo hacían cuando éramos  chicos, pero llega un momento en el que queremos caminar por nosotros mismos. A la vez, los que ya llevan años caminando solos extrañan aquel cobijo que solo los menores de edad pueden tener, y no son pocos los que darían mucho por tener un día en el cual alguien les cuide el sueño, se encargue de las compras o diga que todo va a estar bien en una noche de miedo.

La idealización de la infancia suele atentar contra la posibilidad de tomar a la adultez como buena noticia. Se dice, por ejemplo,  que al ser adultos perdemos pureza. También hay quejas respecto que, al crecer, dejamos atrás la posibilidad de ver al mundo con ojos encantados y frescos. En los hechos, si bien eso ocurre y muchos adultos asumen que crecer es ser “realistas” (creyendo que eso significa transformarse en cínico o descreído), esa forma mala onda de ver la adultez no es un hecho inexorable ni mucho menos. Lo interesante del caso es poder reconocer la complejidad a veces oscura y hasta retorcida de las cosas, aprendiendo igual  a reconocer que, al fin de cuentas, la fuerza de lo vital que le da sustento a todo está siempre allí, a la espera de ser reconocida.

Mayoría de sueños

Ser mayor de edad está bueno. Lo que es “malo” es ser un mayor amargo y cínico, o un descreído que claudica de forma permanente ante las dificultades. Pero no es en vano que los chicos anhelan crecer y llegar a la adultez. Ellos saben que al crecer tenemos más responsabilidad y eso, profundizando en la palabra, significa “respons-habilidad”, es decir, “habilidad de respuesta”. Si lo sabemos ver, la adultez no se trata de un peso, sino que implica el acceso a una capacidad que se consolida cuando llegamos a ser grandes.

Cuando crecemos no nos quedamos solos, solo cambiamos de acompañamiento. Antes nos bancaban nuestros padres, los “grandes” y el apoyo, guía y contención bajaba hasta nosotros desde las alturas del mundo adulto; ahora nos acompaña una red de otros que están a nuestra altura. Es verdad que se extraña, como decíamos antes, que nos cobijen y descansar en el saber y en el poder de otro más grande, pero eso no es posible ya cuando somos mayores. No es tanto mirando hacia arriba a un mayor sino teniéndolo al lado que los adultos encontramos respaldo.

Claro, está el plano espiritual que nos permite sentir “lo paterno” o “lo materno” desde un lugar sutil, pero en ese tema es muy variada la manera que tienen los humanos de recibir cobijo en los momentos de dificultad. De hecho, a veces la añoranza de aquella infancia perdida se transforma en idolatría de personas que juegan un rol supuestamente paternal o maternal, en detrimento de la capacidad de discernimiento y autonomía a la que todos los grandes podemos aspirar.

Ser grande es “jugar en primera”, sea alternando en esa división o entrando de lleno a los partidos que la vida impone. Cada tanto viene bien reflexionar al respecto –sobre todo cuando los hijos van sumándose al gremio adulto– y tener presente que el amor va mutando, de acuerdo a las circunstancias. En ese sentido, cuando los hijos crecen y son adultos, ya no nos necesitan pero, por fortuna, el amor que perdura no requiere necesitados para existir ya que se sustenta en la abundancia y no en la carencia.

Recrear nuestro vínculo con nuestra “mayoría de edad” es, paradojalmente, una manera de sostener una de las actitudes infantiles más nobles y frescas, de esas que no debieran erradicarse jamás: la de mantenernos habitados por el entusiasmo.

Los chicos ven la fuente de las cosas en estado puro y los grandes, a veces, también. Solo cambia el estilo y la complejidad, pero no la esencia de esa mirada que nos permite ser grandes, sin dejar de ser frescos a la hora de vivir nuestros días.

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