Sophia - Despliega el Alma

POR Adriana Amado - Columnistas

11 diciembre, 2020

Matriarcas: reconocernos en la ascendencia

¿Por qué cierto tipo de liderazgo ejercido por mujeres suele omitirse en los homenajes del feminismo? Una mirada lúcida sobre la necesidad de recuperar la ética del cuidado para llevar adelante una verdadera revolución femenina.

Las protagonistas de Patria son dos mujeres vascas que cuidan, deciden y no temen ( Foto: HBO).

Vengo de mujeres que pasaron guerras, racionamientos, enfermedades sin vacunas y crisis feroces que las echaron a cruzar el océano con siete hijos apretados en una manta compartida. Mi abuela Estrella y su hermana Esperanza no sabían escribir, pero narraban como Jane Austen sus cuentos gallegos de mujeres bravas que desafiaban ese estigma que cargaba la inmigración española. Y que entonces apenas si defendía Nini Marshall, desde el humor que mostraba que la tosquedad de Cándida o la vulgaridad de Catita no menoscababa en nada su dignidad de mujer.

Al contrario, las películas de entonces la mostraban como las heroínas que se imponían a los pusilánimes del guion y del poder que las persiguió, justamente, por mofarse de la norma gramatical que imponía la política. Esas historias vienen en nuestro auxilio para recordar que, estas mujeres que somos, les deben más de lo que pensamos a esas omitidas en los relatos que, livianamente, le ponen a todo la etiqueta del patriarcado. Como algunas valerosas que aparecen en las series que vimos este año (prometo no anticipar la trama #spoilerfree).

Las dos mujeres vascas de la miniserie Patria (HBO) se parecen bastante al recuerdo que tengo de las mujeres españolas, italianas, polacas de mi barrio suburbano. En un pueblo atravesado por la violencia terrorista de la ETA, Bittori y Miren son las que no temen. No importa que una sea la esposa de un empresario y la otra de un obrero: esos hombres son satélites de estas matriarcas que dirigen la familia y sus destinos. Ejercen ese poder femenino que a veces se subestima por haberse ejercido en pantuflas desde la cocina y que Bittori explica a su hija, en el momento en que justifica traspasarle el mando familiar “Porque tú eres mujer y no hace falta que te explique ciertas cosas”.

No importa que una sea la esposa de un empresario y la otra de un obrero: esos hombres son satélites de estas matriarcas que dirigen la familia y sus destinos. Ejercen ese poder femenino que a veces se subestima por haberse ejercido en pantuflas desde la cocina.

Para la misma época, otra trama del otro lado del canal que separa el país vasco del Reino Unido, trae a la memoria un liderazgo femenino que suele omitirse en los homenajes del feminismo. La cuarta temporada de The Crown (Netflix) recuerda que Margaret Roberts fue la única mujer en su promoción de Oxford y que para 1959 ya había sido parlamentaria, adoptado el apellido Thatcher y parido mellizos apenas antes de terminar una segunda carrera, con el apoyo incondicional de su compañero y la inspiración de un padre al que, en la serie, le agradece más que a su madre. Fue ministra de Educación y Ciencia en 1970, y en 1975 asumió la presidencia de uno de los partidos mayoritarios del Reino Unido. Fue elegida tres veces como primera ministra, cargo que ejerció de 1979 a 1990. De haber vivido en Argentina, ¿habría tenido su calle en Puerto Madero? 

La actriz Gillian Anderson interpreta magistralmente a la Thatcher en la serie The Crown (Foto: Netflix). 

Se la conoció como la Dama de Hierro por un liderazgo que explica el rey a la reina: “Por fin hace lo que este país estaba necesitando, ser dirigido con firmeza y decisión”. Que lo hiciera sin dejar de planchar las camisas de su marido, o que prefiriera preparar la cena para discutir con el estado mayor las acciones de la Guerra de Malvinas no es una licencia de los guionistas. Es exactamente lo que hicimos la mayoría de las mujeres que elegimos una carrera profesional, haciendo algo que muy pocos hombres pudieron: equilibrar el mundo privado con la vida pública. Y es la ventaja de la primera ministra por sobre la monarca, más allá de las similitudes que quiso enfatizar el guionista Peter Morgan, según compartió @NetflixLAT.

Cada cual a su manera, la Reina Isabel y Margaret Thatcher fueron mujeres líderes con un extraordinario sentido del deber, una fe cristiana muy fuerte y el temple que tuvo esa generación de la segunda guerra mundial. “Cuando subí al trono era una niña, tenía 25 años y estaba rodeada de hombres canosos, arrogantes y condescendientes que me decían qué hacer”. Si en lugar de “trono”, esa línea dijera “gobierno”, también podría ser dicha por “la” Thatcher, así, con el artículo que confirma la singularidad de una mujer pública. Esa misma frase puede ser repetida todavía hoy, lo que confirma la importancia de haber empezado temprano con los cambios.

(Y atención: los prejuicios no dejan de ser prejuicios porque se dirijan hacia las personas que no nos identifican)

Gambito de dama narra la historia de una ajedrecista que se animó a desafiar los cánones de su época (Foto: Netflix).

Revolución femenina

Otras dos series, aunque no biográficas, sirven para mirar con otra perspectiva la vida de nuestras abuelas y lo mucho que han aportado a un mundo más equitativo. Lata es una joven en la India de los años posteriores al asesinato de Gandhi (El partido perfecto, BBC, disponible en Netflix). Su serie muestra cómo en 1951 las mujeres indias ya votaban, estudiaban en la universidad, engañaban liberadamente a sus maridos y desafiaban la costumbre ancestral de los matrimonios arreglados. Liberación sexual y profesional que narra la ajedrecista ficticia de Gambito de dama (Netflix) por la misma época. Si ahora los cambios parecen rápidos es porque llevan muchas décadas en movimiento.

Más allá de que todas esas series son una recreación contemporánea de sucesos pasados con clara intención de destacar el rol femenino, en todas hay hechos verificables. Por lo pronto, la dramatización recuerda que ni los hombres eran un bloque de privilegiados ni las mujeres un puñado de sometidas. En la naturaleza humana la bondad y la maldad, la empatía y el desprecio, la gallardía o la humillación no están distribuidas por género.

“La dramatización recuerda que ni los hombres eran un bloque de privilegiados ni las mujeres un puñado de sometidas. En la naturaleza humana la bondad y la maldad, la empatía y el desprecio, la gallardía o la humillación no están distribuidas por género”.

Que subsistan inequidades no debería ser razón para subestimar el aporte que han hecho hombres y mujeres para superarlas. Ignorar que las mujeres que nos antecedieron, siendo o no feministas tal como lo entendemos en 2020, abrieron los espacios que hoy habitamos es caer en esa discriminación que intentamos remediar. Estas ficciones recuerdan mujeres y hombres que fueron construyendo un mundo más armónico, hombres y mujeres que vienen ejerciendo igualdad hace décadas.

Al revisar la vida de los años cincuenta, sesenta, setenta, aparecen femeninos muy verosímiles que, lejos de mostrar mujeres débiles, confirman que eran mucho más extraordinarias en esos contextos donde la equidad resultaba más extraña. Nos recuerdan también que su apego a roles asociados al cuidado del hogar y la familia las desafió a incluirlos al desarrollo profesional, creando un nuevo modelo de poder. Esa ética del cuidado es la verdadera revolución femenina que entiende que no se trata de más o menos hombres o mujeres, sino de más personas con una perspectiva humana integrada.

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