Sophia - Despliega el Alma

POR Miguel Espeche - Hablemos de...

14 marzo, 2013

La verdad de las máscaras


Salvo en carnaval, y en las caracterizaciones en el cine o en el teatro, las máscaras tienen mala prensa. Se las ve como signo de encubrimiento, de hipocresía y como aquello que usamos para esconder un rostro, el verdadero, que no deseamos que vean, sustituyéndolo por otro, que sería falso, mentiroso.

Es verdad que aquel que no desea ser reconocido por lo que es se disfraza de otra cosa. Se pone un rostro diferente al que siente como real, cambiando, camuflando, ocultando el propio rostro, con diversos fines.

Esa máscara, así vista, sería una mentira, un ardid, para perjudicar a otros. También puede ser una defensa, un sostén, un refugio o una manera de mostrar otra parte de uno mismo que, lejos de ocultarse tras esa máscara, se muestra a través de ella. Es que, convengamos, no se usa cualquier máscara, sino que se suele elegir una que, de alguna manera, dice algo de nosotros.

El deseo aquí es ofrecer una mirada al aspecto noble de la máscara, aquel que es útil a la vida y por el cual, sin duda, debemos estar agradecidos.

Mi máscara favorita de chico era la de “canchero”. Me salía más mal que bien, a diferencia de otros compañeros de curso que la practicaban con excelencia y a quienes yo envidiaba bastante. Aquella máscara era, diría, una manera de sobrevivir en un medio en el que el “cancherismo” era religión, propio de un grupo de púberes haciéndose un lugar en el mundo, en clave de competencia.

¿Era malo aquello? No, ya que ayudó a que me pudiera hacer un lugar y desplegar un aspecto de mis capacidades, más allá de que, en el mundo de los “alfa”, lo mío en aquellos días era más “beta” que otra cosa.

La esencia, a veces, está en la superficie. Es un simplismo decir que lo esencial está siempre en algún lugar bajo la superficie. De hecho, cuando veo a los jovencitos “canchereando” hoy en día, me doy cuenta de lo que les pasa gracias a mi pasada experiencia, y su máscara es, paradojalmente, una ventana a través de la cual veo lo que desean ocultar para protegerse y soportar ciertas durezas de la vida. Actúan el ser “cancheros”, pero no es eso lo único que son y, además, si uno actúa algo y lo sostiene, es que algo de eso es o tiene, y no creo que esté mal que así sea.

Hay problemas, sí, cuando confundimos la parte por el todo y creemos que la máscara que usamos es la verdad absoluta de lo que somos, en desmedro de otros aspectos de la personalidad. Ni hablar de lo que significa usar la máscara para el engaño adrede, manipulatorio… pero no es culpa de la máscara, sino de quien la porta, por el uso que le da.

A la vez, ¿quién nos dice que eso que llamamos “el verdadero rostro” no es también una máscara, a la que confundimos rígidamente con la realidad absoluta de lo que somos? En ese sentido, a veces, las máscaras liberan de otras máscaras, abriendo el camino para que el alma se exprese.

La identidad real, absoluta, es un misterio, y nuestro verdadero rostro no es rígido y perpetuo. La máscara nos permite explorar aspectos nuevos, defendernos, adaptarnos… pero hay que jugar ese juego en clave de honestidad y cuidarse de no creérsela demasiado, porque lo lindo del enmascararse es la fluidez de poder hacerlo en buena ley y entendiendo el juego. Es que, si nos la creemos demasiado, allí sí vienen los problemas.

ETIQUETAS identidad

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