Sophia - Despliega el Alma

POR Miguel Espeche - Hablemos de...

14 noviembre, 2012

La sonrisa de mamá


Los clásicos tocan esa fibra esencial que atraviesa nuestra humanidad y que  trasciende tiempo y espacio, expresando los conflictos que tenemos como seres humanos.

Y un clásico de verdad es el cada vez más valorado Palito Ortega, autor de “La sonrisa de mamá”, la canción que más claramente describe (mejor aún que Freud, Lacan o Winnicott, destacados psicólogos) lo que les pasa a los hijos cuando su madre sonríe y, sonrisa mediante, ilumina sus vidas.

“Esa flor que está naciendo /ese sol que brilla más / todo eso se parece /a la sonrisa de mamá”.

¿Cursi? Seguramente. Pero así  viven los chicos la percepción del rostro de la madre cuando sonríe.

En la primera infancia, etapa en la que las palabras van llegando poco a poco y en la que el lenguaje no verbal va diseñando el mapa del mundo, el lenguaje del rostro es primordial. Sin una sonrisa que haga las veces de ventana al mundo al que se están incorporando, los chicos vivenciarán el existir como un desierto amargo y tendrán actitudes y conductas que, en el porvenir,  serán  consecuencia directa de esa percepción. A eso se suma el que los chicos suelen adjudicarse la responsabilidad de que sus padres estén tristes o preocupados, lo cual no los ayuda a sentir que esta vida es grata, más allá de los problemas que existan en ella.

Tal como le escuché decir hace poco a la excelente  psicóloga cordobesa Liliana González, las madres “responsables” cumplen con el manual, pero las que gozan de su función les dan  luz a sus hijos, ayudándolos a sentir su valía.

Muchas madres temen tanto no cumplir con su rol que se olvidan de sonreír. Y se olvidan de lo que hay  que hacer en la vida para poder tener en el rostro un signo (la sonrisa, en este caso) de que la existencia es algo más que eficientismo materialista, cumplimiento de mandatos de libro de crianza, o gestión adecuada de esa pyme llamada “familia”.

En el fondo, esas madres sienten  que los chicos son como un examen o una carga, y no un elemento (entre otros) de su gozo existencial. En general, disfrutan la maternidad y muchos aspectos de su vida, pero no se dan cuenta de ello, agobiadas como están por tanta presión (¡inclusive esta columna puede generarles la presión de verse obligadas a sonreír para ser buenas madres!).

Que no se entienda mal: hay días de agobio, de zozobra y hartazgo (incluso de los hijos). Y la cara de cada uno corresponderá a ese tipo de día. Nada malo pasa con eso en las madres o en los chicos. Pero ocurre que a veces la “cara de circunstancia” se hace religión. Ahí aparece el problema.

Si Dios hizo al hombre del barro, no olvidemos que luego de darle la forma humana sopló. En ese soplo estaba la vida, lo intangible que va más allá de la materia. En ese soplo está la sonrisa materna, con todo lo que ella significa.

Relajar, confiar, amar, acompañarse desde los afectos, encontrar sentidos nuevos para la vida (inclusive a los conflictos que hay que atravesar), promover la vitalidad genuina por sobre la contractura del mandato sin sentido fecundo… por ahí va la cosa.

“A tu lado tengo todo / eres mi felicidad / tu tristeza es la mía / y tu canto mi cantar…,” así lo sienten los chicos, sana simbiosis mediante.

Sabemos que no todo es sonrisa en el mundo, pero la sonrisa de las madres es “el sol que brilla más” para los hijos, con el cual ellos podrán hacer su vida sintiendo la fuerza de la alegría como esencia a la que acudir cuando haga falta.

ETIQUETAS hijos

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