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La sombra de este tiempo

Destrucción sistemática del medio ambiente, intolerancia racial y religiosa. De cómo la suma de nuestras sombras individuales impactan a nivel colectivo, pero también nos invitan a ir juntos en busca de la luz.

Por Sergio Sinay

“¿Cuál es la cantidad de maldad necesaria para cometer el crimen máximo, un crimen desproporcionado?”. Apenas había terminado la Segunda Guerra y los horrores que la caracterizaron (¿a qué guerra no?) aún ennegrecían el aire y los corazones, cuando el pensador Günther Anders hacía esta pregunta. Anders (1902-1992), judío nacido en Alemania, es considerado uno de los más sólidos y profundos filósofos abocados a explorar los complejos fenómenos de la modernidad. Sus visionarias advertencias sobre los peligrosos desvíos de la tecnología en un tiempo de envilecimiento moral hicieron que se lo llamara “el filósofo de la era atómica”.

Según Audrey Borowski, doctora en filosofía por la universidad de Oxford, “la obra de Anders ha permanecido desconocida durante mucho tiempo, tal vez debido a lo que Herbert Marcuse describió como su pesimismo crítico implacable”. ¿Pero era pesimismo o era realismo lo que este pensador describía, en sus propias palabras, como “un mundo apocalíptico”? Con lenguaje claro y apasionado compromiso Anders, quien estuvo casado durante ocho años con Hanna Arendt, su gran amor, expone su visión de ese mundo y el oscurecimiento del alma humana en lo que se considera su obra maestra, La obsolescencia del hombre, que consta de dos tomos (el primero, Sobre el alma en la época de la Segunda Revolución Industrial, apareció en 1956, y el segundo, Sobre la destrucción de la vida en la época de la Tercera Revolución Industrial, en 1980).

Ciencia y moral por caminos separados

En un tiempo de pandemias disparadas por el accionar humano, de guerras atroces, de un hambre que aqueja a casi dos mil millones de personas y ante el cual gran parte de la humanidad es indiferente, de destrucción sistemática del medio ambiente y de intolerancia racial y religiosa extremas, la pregunta que Günther Anders hacía hace 70 años suena inocultablemente actual. Tan actual como lo que escribía hacia 1945 otro alemán, el psicoanalista Erich Neumann (1905-1960), distinguido discípulo de Carl Jung, en Psicología profunda y nueva ética: “Moderna es esta época de la humanidad en la que la ciencia y la técnica demuestran la aptitud de la conciencia para dominar la naturaleza física y para extender ese dominio en mayor medida que en épocas anteriores de la humanidad. Pero es también la época en que, más que nunca, se manifiesta la incapacidad para dominar la naturaleza psíquica o sea el alma humana”.

Tanto en el orden individual como en el colectivo, en las interacciones personales como en las sociales, en el ámbito local y cercano, como en el internacional y más lejano, pareciera que se extiende un manto de sombra. Y no son nubes. Es la suma de sombras individuales que componen la sombra colectiva. Según Jung, padre de la psicología analítica o profunda, quien verificó la presencia en la psique de los arquetipos (recuerdos, experiencias, materiales inconscientes y patrones de conducta que la humanidad en su conjunto hereda de generación en generación), la sombra es nuestro aspecto inconsciente, constituido por rasgos y actitudes que el Yo consciente no reconoce o rechaza como propios. Lo que negamos de nosotros, pero a pesar de ello es nuestro.

«Tanto en el orden individual como en el colectivo, en las interacciones personales como en las sociales, en el ámbito local y cercano, como en el internacional y más lejano, pareciera que se extiende un manto de sombra. Y no son nubes. Es la suma de sombras individuales que componen la sombra colectiva».

Tapamos con el ego lo rechazado. El ego es la personalidad o carácter conque nos vestimos psíquicamente para salir al mundo, relacionarnos y actuar en él. Sin embargo, lo negado existe y se resiste a desaparecer. Nos inquieta, nos desvela, se filtra en nuestros sueños, en nuestro lenguaje. Y, en el intento final por desterrarlo, se lo endilgamos a otro, a otros. No somos los violentos. Es el otro o los otros. No somos los mezquinos. Es el otro o los otros. No somos los intolerantes. Es el otro o los otros. No somos los que mienten. Es el otro o los otros. No somos los soberbios. Es el otro o los otros. Nosotros somos pacifistas, tolerantes, sinceros, humildes. Apropiándonos de toda la luz, creamos a nuestros enemigos con la sombra que contiene aquello que nos es propio y rechazamos.

De esta manera andamos por el mundo como Medardo de Terralba, el protagonista de El vizconde demediado, novela de Ítalo Calvino (1923-1985), personaje que fue partido al medio por un lanzazo durante una batalla. Cada una de sus mitades vaga desde entonces por el mundo, una es toda bondad y la otra toda maldad y ambas son profundamente infelices. Solo pueden alcanzar la paz de su alma (también demediada y herida) cuando se reencuentran, se reconocen y se integran. Mientras el ego y la sombra no experimenten ese proceso, no es posible alcanzar lo que Jung llamó la individuación ni contactar con el Sí Mismo de cada individuo, su esencia intransferible y sustentadora de su razón de ser en el mundo.

Una suma peligrosa

Reconocer la existencia de la sombra e internarse en ella es un proceso doloroso, que significa desprendernos de creencias, de relatos, de imágenes, de presunciones sobre nosotros mismos, mirarnos a un espejo que nos devolverá aspectos de lo que somos, no de lo que pretendemos ser o de como quisiéramos que se nos vea. Pero sin atravesar la sombra siempre confundiremos la luz artificial con la luz natural. Y sin acceder a esta jamás entenderemos por qué, a pesar de todo, no somos felices y nos angustia el sinsentido. Y seguiremos poniendo en otros lo nuestro.

«No somos los violentos. Es el otro o los otros. No somos los mezquinos. Es el otro o los otros. No somos los intolerantes. Es el otro o los otros. No somos los que mienten. Es el otro o los otros. No somos los soberbios. Es el otro o los otros. Nosotros somos pacifistas, tolerantes, sinceros, humildes».

Así como la negación o evitación de la sombra es motivo de malestar, insatisfacción, ansiedad, resentimiento o angustia en el orden personal, la suma de las sombras individuales (algo inevitable cuando se vive en comunidad, rasgo esencial de los humanos), produce una sombra colectiva. Esas sombras colectivas han provocado tremendas tragedias, sangrías, persecuciones, genocidios, totalitarismos a lo largo de la historia humana. Y lo siguen haciendo. La sombra colectiva explica por qué las sociedades (o los pueblos, como se suele decir) toman las decisiones que toman, se comportan como se comportan, eligen como eligen.

No es posible echar luz sobre la sombra colectiva y sus dolorosas y a menudo nefastas consecuencias si no se comienza por la aceptación de la sombra individual (la propia, la intransferible) y por una profunda inmersión en ella. Mientras no se lo haga seguiremos consumiendo analgésicos de corta duración, dándonos explicaciones insatisfactorias, buscando a quien echarle culpas o, peor, esperando al mesías, al rey mago o la inexistente figura providencial que nos libere del dolor de la sombra no asumida.

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"El amor es una cadena de amor, como la naturaleza es una cadena de vida".

Truman Capote