Sophia - Despliega el Alma

POR Virginia Gawel - Columnistas

27 enero, 2020

La soledad del incondicional

Estar siempre para los otros, escucharlos, sacarles una sonrisa, nunca decirles que no... La incondicionalidad puede parecer un gesto noble, pero muchas veces termina convirtiéndose en un arma de doble filo. ¿Querés saber por qué y cómo transformar ese rol?

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Fotos: Pexels.Esa tarde Ramiro entró a sesión como si en su mochila hubiera juntado el peso de toda la semana, de todos los “desvalidos” de su familia, de sus amigos tristes, de la larguísima lista de múltiples pedidos que tenía, tan extensa como si fuera Santa Claus. Y él, que siempre sonreía, que siempre tenía un chiste para condimentar sus salvatajes… él ese día no sonrió. Me pareció casi un extraño, como cuando alguien vuelve demudado luego de un largo viaje en la más completa soledad.

Pero solo había pasado una semana entre sesión y sesión.

Yo para ese entonces atendía a mis pacientes sentados ambos en el piso, sobre almohadones, una postura que afloja los personajes que montamos de adultos y nos devuelve al niño emotivo al que necesitamos volver para reordenar nuestra vida. Pero Ramiro ese día no se sentó: más bien se derrumbó sobre los cojines de un modo extraño, diría de una manera no humana, como un árbol alto, imponente, al que le asestaron el hachazo final y es derribado con sus nidos, sus verdes hojas y todo su esplendor.

Entonces, ya derribado, dijo tres palabras. Podrían parecer tres palabras cualesquiera, de esas que son breves frases hechas. Pero en el instante en que las dijo, sentí que su Inconsciente estaba regalándome la clave de su caja fuerte: “No-doy-más”. Eso dijo. Yo se lo escuché clarito, pero suavemente igual le pregunté: “Perdón, ¿qué dijiste?”. Me miró con una mirada verde musgo, las cejas contraídas, la boca reteniendo el llanto, y repitió: “Que no doy más.” No había signos de exclamación al repetirlo. Se parecía más bien a un diagnóstico certero, o a la sentencia de un juez en el estrado, carente de estruendo.

Me silencié, le recibí la mirada y, sin pensarlo, de mí salió este decir: “Entonces… entonces, no des más.”

Los ojos se le volvieron redondos como planetas y ese hombrón de más de cuarenta años, lloró con su rostro entre las rodillas como habría necesitado llorar en el patio de la escuela (si no hubiera sido que ya para ese entonces tenía que ser “un niño fuerte y alegre”, el más corpulento de su clase).

Veneré ese llanto dentro de mí, pues, cuando el darse cuenta de alguien acontece así, tan enorme, para un terapeuta sensible es como estar ante un nacimiento: un milagro intangible que podría cambiarlo todo.

(Y así sería con él. Y así me dejó él ese aprendizaje, gestado por su hondura).

Retrato de un incondicional

“El que siempre está” es un rol. “El incondicional”, “el que nunca falla”, aquel a quien se le dice “ya que estás…” (“Ya que estás, ¿podrías pagar esto en la esquina?”, “Ya que estás, ¿lo traerías al abuelo el domingo, que yo no puedo?”, “Ya que estás…”). Obviamente, puedo estar hablando de un hombre o de una mujer. El rol es un arquetipo de fortaleza ilimitada que una gran cantidad de personas proyecta sobre ese individuo y que el individuo asume. A partir de ello, ya no se otorga el permiso de ejercer su propia vulnerabilidad.

Y vale aclarar que cualquiera sea el arquetipo, la matriz de comportamiento que estemos actuando sin conciencia, sin opción a hacer otra cosa, termina generando severos disturbios interiores, así como en los vínculos que creamos. Hay solo una persona que puede revertir ese hechizo: uno mismo. Empezando a ser quien no se es. Pidiendo ayuda. Avisándole a los demás que ya no quiere ser solamente ese.

Este rol de “incondicional” va generando una gran soledad, pues si la persona que lo asume necesita algo, nadie será anoticiado de ello; también gesta alrededor una cohorte de cómodos y de seudo-incapaces que se permiten serlo porque “el incondicional” va a resolver lo irresuelto, comprar lo que falte, curar al herido y revivir al muerto.

Este rol también va creando una disfunción muy específica en la comunicación afectiva: al que siempre resuelve nunca se le preguntan esas dos palabras esenciales en cualquier vínculo de amor (cualquiera sea el grado):

“¿Cómo estás?”.

¡Se da por sentado que está bien! Si siempre puede. Si sonríe. Si anima a los demás con su actitud y su palabra. Si siempre da un poco más y un poco más luego de ese poco más…

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Aprender a decir basta

En la extraordinaria obra de teatro llamada “La lección de Anatomía”, una de sus personajes, tironeada por múltiples demandantes, alucinada y agotada se tira al piso y grita: “¡Basta! ¡Basta!”. Y uno habría pensado que las palabras siguientes serían algo así como “¡No quiero darles nada más!”. Pero no, era más grave su parlamento. El texto decía: “¡Basta! ¡No me sigan pidiendo, porque sigo dando!”. El grito desesperado de quien no sabe cómo salir de ese rol.

Prefiero el “No doy más” de Ramiro. Es más sano. Es un punto final en el que la medida la pongo yo, en vez de pedirles a los otros que cambien.

Sé, por propia experiencia, lo duro que es trabajar para lograr esos cambios, esas hondas transmutaciones de identidad (yo también fui un roble hachado). Pero sé de algo mucho más duro: vivir esperando que sean los demás los que cambien.

Empezar a hacer algo diferente, comenzando por no hacer lo que siempre hacemos, va dando espacio para que una nueva identidad se construya. La progresión de esa identidad implicará poder decir “no” tanto como poder decir “sí”, o poder decir “sí, pero no tanto”. Podrá elegir conducta, en vez de actuar por el dictamen inconsciente del arquetipo que está encarnando. Podrá ser fuerte y vulnerable a la vez, podrá no querer, podrá no poder… Ésa es la libertad que al “incondicional” le toca ejercer para también él ser quien necesita, ser aquel a quien se le da, aquel a quien se le sirve, aquel de quien no se espera nada (ni dinero, ni soluciones, ni sonrisas para levantar el ánimo… nada).

Observemos nuestra propia vida. No solo para estar atentos a si encarnamos ese arquetipo y qué consecuencias produce en nuestra realidad. Observemos si nos estamos apoyando excesivamente en alguien. Si, sin darnos cuenta, somos el que demanda de aquel a quien nunca le preguntamos “¿Cómo estás?”. Si lo hemos sido en el pasado. Si, dándonos cuenta, le aliviamos la mochila a quien necesite desplomarse, llorar, o, aunque más no sea, no sentirse obligado a hacer reír.

A partir de allí, todo puede cambiar: la libertad estará disponible.

Para compartir: Como siempre, te pregunto: ¿tiene este tema algo que ver con tu vida? Y te invito a cliquear aquí para acceder a un breve video que busca acompañarte en el Camino.

Me quedo aquí, escuchando lo que quieras contarme.

 

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