Sophia - Despliega el Alma

POR Adriana Amado - Columnistas

21 julio, 2020

La inteligencia del enjambre

En la naturaleza muchas especies sobreviven gracias a una coordinación colectiva que consigue verdaderas proezas sin necesidad de seguir a un líder o apelar a logros individuales. ¿De qué manera ese movimiento guía nuestro viaje humano?

Fieles a nuestro ser social, el aislamiento decretado nos descubrió otras formas de estar con otros. Hubo quienes lograron acercarse a los que estaban cerca, reinventando los espacios cotidianos, y quienes confirmaron en la cercanía física la irremediable distancia que puede caber bajo un mismo techo. Pero la mayoría pudo constatar que cuatro meses de distanciamiento forzado hubieran sido aún más crueles sin las relaciones no presenciales que facilitaron redes y mensajería.

De pronto, descubrimos una intimidad de charla por la pantalla que las urgencias de la presencia no siempre facilitan. Comprobamos que puede sentirse cercanía con personas ajenas que nos permiten compartir afinidades que nuestro grupo inmediato desalienta. Encontramos comunidad de espíritu en gente desconocida que nos acompañó en la angustia de las circunstancias y supo ofrecer alguna guía para la incertidumbre. Nos sorprendió comprobar que las noticias de lejanos países a veces explicaban mejor lo que pasaba en nuestra aldea. Información, datos, consejos, memes, tutoriales convirtieron a personajes distantes en valiosas compañías. Y para muchas víctimas de su entorno esta conexión con extraños puede tener más resonancia que la que tiene con su entorno.

A veces, así comienzan los caminos a la libertad.

Claro que así como este anonimato construye redes de solidaridad y de afinidad que están impulsando cambios palpables en la igualdad de las personas y en la atención de problemas globales como la ecología, también puede generar lo contrario. El mismo espacio colectivo que convoca redes de solidaridad, aloja comunidades de hostilidad manifiesta, que crecen a fuerza de indignaciones. La red de contención convive con la cultura de la cancelación arbitraria y la violencia del escrache.

Las redes nos traen seres queridos, desconocidos amables, desconocidos hostiles. Estos últimos replican el viejo comportamiento de las multitudes. Las redes a veces parecen funcionar con la irracionalidad de la manada, pero la ciencia confirma que casi siempre funcionan con el provecho de los enjambres. Hormigas, termitas, peces tienen una inteligencia individual bastante limitada, pero logran una coordinación colectiva que consigue proezas sin necesidad de líder. Pequeños peces logran disuadir a sus depredadores con la imagen gigante que proyecta el cardumen compacto.

Los estorninos vuelan miles de kilómetros en un ritmo sincronizado que dibuja coreografías asombrosas en el cielo. Los estudios encontraron que cada miembro de la bandada no necesita más que confiar en las reacciones de los seis o siete pájaros vecinos para seguir la mejor ruta.[1]

La inteligencia artificial investiga la coordinación de estos sistemas de la naturaleza. La ciencia que estudia el comportamiento de los insectos llama ‘estigmergia’ (del griego stigma, marca, y ergon, acción) a ese procedimiento en el que una huella guía el comportamiento subsiguiente. La tecnología intenta replicar esa flexibilidad de los enjambres para adaptarse a los cambios del entorno para que, sin importar que un individuo o varios fracasen, el grupo siga adelante. Así las redes sociales se consolidan, más allá del mal uso que algunos hagan de ellas.

Algo de eso pasó con el diagnóstico de infodemia, que advertía un aluvión de noticias falsas. Sin embargo, el Reuters Institute de la Universidad de Oxford[2] revisó más de 200 mil mensajes de Twitter sobre la COVID-19 entre enero y abril de 2020, para concluir que los mensajes tóxicos o irrespetuosos eran el 21% de la conversación total. Lo que no es sorpresa es que los mensajes más tóxicos sean los que involucraban las cuentas de líderes políticos, justo los que más se quejan de las redes sociales y de la desinformación. Quizás sea hora de que asuman que una cosa es la intensa minoría destructiva de cuentas tóxicas y otra, la mayoría que habla de vínculos, de encuentros, de afinidades.

Siguiendo con la metáfora de los estorninos, se trata de ver cuáles son las cuentas que más consultamos, porque esas son las que guían nuestro viaje.

Nuestras reacciones se acomodan a aquel puñado de personas que tenemos en lo inmediato, explica el investigador Jonah Berger, en su libro Invisible Influence.[3] Al identificarnos con un grupo, vamos adaptando nuestras reacciones aun en pequeñas acciones, como no pedir el postre deseado si todos en la mesa pasaron directamente al café. Pero a diferencia de los estorninos, si no nos gusta la dirección que lleva la bandada en la que estamos, podemos elegir la especie con la que identificarnos. Si sentimos que nuestras redes se volvieron demasiado hostiles, siempre es posible decir adiós a una cuenta tóxica y reemplazarla por dos que compartan información de valor y noticias confiables y dejar que el algoritmo empiece a multiplicar esa decisión.

Imaginemos que estamos en un naufragio. Buscamos a nuestros compañeros de nave y los vemos tranquilos, intentando encontrar alternativas, tendiéndonos la mano y preguntándonos si estamos bien. Nuestra reacción ante las circunstancias sería distinta si, por el contrario, estuviéramos rodeados de personas que maldicen su suerte, culpan al piloto de la mala maniobra y que, sin registrarnos, ensayan explicaciones acerca de la desgracia, aun sin saber del todo bien en qué consiste. Podemos pensar que la pandemia nos dejó, por un momento, a la deriva. La maravilla de las redes sociales es que nos dejan elegir con qué grupo vamos a atravesar los escenarios de naufragio.

[1] https://www.pnas.org/content/105/4/1232

[2] https://reutersinstitute.politics.ox.ac.uk/volume-and-patterns-toxicity-social-media-conversations-during-covid-19-pandemic

[3] https://jonahberger.com/books/invisible-influence/

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