Sophia - Despliega el Alma

POR Miguel Espeche - Hablemos de...

14 mayo, 2013

La incertidumbre


Del presente podemos saber bastante. No así de eso que llamamos “futuro”, que ciertamente está fuera de nuestra jurisdicción. La previsión es una cosa; otra muy distinta es la futurología o la ilusión de poder controlar el porvenir.

Cuando nos falla la idea de que sabemos lo que ocurrirá en el futuro, nos angustiamos y decimos, preocupados, que de nosotros se ha apoderado algo terrible: la incertidumbre.

Y así como a esta se la ha nombrado enemiga pública, a su contracara, la certidumbre respecto de los hechos futuros (o, mejor dicho, a la creencia de tenerla), se la vende como maravilla total, más allá de que “a Seguro se lo llevaron preso” tantas veces.

Miremos hacia adentro un ratito y fijémonos qué imágenes se nos aparecen cuando “no sabemos qué va a pasar” y nos invade la incertidumbre.  Es altamente probable que parte de lo que ocupe el lugar que deja “vacío” la incertidumbre no sea un simple “no sé”, sino un compendio de imágenes atormentadas. Vendrá lo peor, no lo mejor, a partir de ese futuro no controlado que sentimos amenazante.

Existe entre nosotros una dificultad cultural de sostener el vacío y ofrecerle un rol neutro, sin llenarlo de fantasmas. Vemos como obsceno el no saber y preferimos una respuesta irreal a una “no respuesta”. Convivir con el misterio del porvenir no es nuestro fuerte, sin duda, y, por eso, tras el horizonte, preferimos ver monstruos horribles –al estilo de lo que los antiguos marinos imaginaban a la hora de salir al mar– antes que decir: “No tengo la menor idea de lo que hay más allá”.

Es verdad: sin ritmos, sin elementos que nos permitan algún tipo de rutina y previsibilidad, la vida se hace muy difícil. Esto puede relacionarse con varias cosas: la agricultura, la crianza de los chicos, la economía… En tal sentido, confiamos en que al verano lo sucede el otoño; o, en el caso de los chicos, a ellos les hace mucho bien entender que hay algo que se llama “desayuno” todas las mañanas o que irán al colegio al despertar. También es bueno sentir que, al volver a casa, alguien nos estará esperando, o que no vamos a andar siempre a los saltos con el precio de la yerba, el pan o los fideos, remarcados en los supermercados.

Lo importante es que cuando no podamos contar con esos ritmos y la incertidumbre llegue, no necesariamente nos dejemos invadir por el miedo, sino que lo tomemos como una buena oportunidad para reconocer con qué sí contamos para sostenernos cuando no tenemos claro cómo vienen las cosas, y las rutinas, las costumbres y las promesas dejan de ser fuente de certeza y entran en un tembladeral.

Por eso, decía al comienzo que, si del futuro no sabemos, sí podemos saber del presente. Ante la caída de las certezas externas, ante la claudicación del futuro como algo que podemos controlar, el presente nos rescata de nuestro propio coraje y nos sostienen las ganas, los afectos, así como nuestra confianza en las fuerzas con las que contamos y, si tenemos suerte, en nuestra fe, por aquello de creer sin ver o, si se prefiere, creer para poder ver, algo tan útil en los momentos áridos.

El futuro no es nuestro: eran mentira aquellos eslóganes que declamaban que podíamos apoderarnos de él a fuerza de dominio voluntarista. Por eso, lo que nos queda es profundizar en la conciencia de nuestro presente, vivirlo ahondando en sus recursos, proyecciones y dimensiones, para que el miedo (que aprovecha la incertidumbre a fin de aparecer) no se robe la confianza, dejándonos a merced de fantasmas que disfrazan de tormento nuestra sana ignorancia.

ETIQUETAS vivir el presente

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