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La filosofía del encuentro

A partir del legado del filósofo Martin Buber, una reflexión sobre la importancia de reconocernos a partir del otro (y viceversa), para construir vínculos más humanos.

Corría el año 1923 y Martín Buber percibía, por muchas razones, que el mundo se iba convirtiendo en un lugar inhabitable. El huevo de una monstruosa serpiente se incubaba en el nido de muerte, resentimiento, intolerancia y destrucción que había dejado la Primera Guerra Mundial (1914-1918) con sus aproximadamente 40 millones de bajas (se estiman en 15 millones de muertos y 25 millones de heridos). Más de 70 millones de hombres de otros tantos países habían participado en los campos de batalla y las naciones comprometidas sumaban 600 millones de habitantes, la mitad de la población del planeta en aquel entonces.

Siguió una secuela de hambrunas, pestes como la gripe española, exilios masivos y conflictos regionales que provocaron nuevas mortandades masivas, ahora entre civiles, y no preanunciaban mejores tiempos. De hecho, no los habría. Aquella era apenas una tensa pausa antes de la próxima guerra, la Segunda, la mayor carnicería de la historia humana, cuyas semillas ya estaban sembradas y mostraban los brotes de lo que sobrevendría entre 1939 y 1944, con el estreno del nazismo, el más demencial movimiento de masas que haya existido.

En ese contexto y en ese año Buber (1878-1965), filósofo judío nacido en Viena y muerto en Israel, en donde se exilió en 1938, diez años antes de la fundación de ese Estado, publicó Yo y Tú, un libro fundamental que no sólo mantiene su vigencia, sino que concita hoy una poderosa invitación a su lectura y, sobre todo, a su aplicación. Buber fundó en ese libro la filosofía del diálogo, un llamado ineludible a recuperar la humanidad en un mundo y un tiempo en el que está extraviada. Guardando diferencias y circunstancias de momento y lugar, un “aire de los tiempos” que vuelve a percibirse hoy.

La palabra que funda lo humano

Profundamente existencialista y reconocido estudioso de los libros fundacionales del judaísmo, Martín Buber plantea que Yo y Tú no se pueden decir, leer ni entender como dos palabras separadas. En realidad, son dos sílabas de una única palabra. Yo nada significa si no hay un delante de mí. Y en el mismo instante en que me defino como Yo, también nazco como el de quien está ante mí, conmigo. Ese ser que dice Yo, al hablar de sí. Toda relación es un vínculo entre un Yo y un que son ambas identidades al mismo tiempo. Si se quita a uno de ellos, si desaparece el de cada uno, la sílaba Yo no significa nada. Y es imposible decir Yo si no es en presencia de un .

Por esta razón Buber considera que Yo-Tú es una sola y única palabra, a la que denomina palabra primordial. Es el vocablo, dice, que funda y sostiene la existencia humana. En la mirada de este filósofo toda relación es encuentro y, en sus palabras, “Toda vida verdadera es encuentro”. No hay un Yo en sí, explica en su maravilloso libro, el único que verdaderamente existe es el que se consagra en la palabra primordial Yo-Tú. Agrega que esta es una enseñanza bíblica fundamental. Sólo en ese vínculo, subraya, se alcanza la verdadera condición humana.

Además de la relación Yo-Tú dice Buber que existe la relación Yo-Ello. Esta es la que sostenemos con el mundo, con todo lo existente en el planeta más allá del Tú. A diferencia del vínculo Yo-Tú, que es de sujeto a sujeto y no tiene (ni debe tener) fines utilitarios para no perder su sentido y su esencia, la relación Yo-Ello es de sujeto a objeto. En ella, sí, está presente la finalidad utilitaria y nada hay de malo en que así sea, siempre y cuando ese utilitarismo no resulte perjudicial para el entorno humano. Porque, en definitiva, los seres humanos somos partes de un todo y no el todo en sí, de manera que debemos respetarlo y no alzarnos por encima de él.  Buber explica también que, así como la relación Yo-Ello es con todo lo inanimado, la relación Yo-Tú puede establecerse con todos los seres animados, lo que nos obliga, para no desvirtuarla, a ser respetuoso con ellos, a considerarlos del mismo modo en que aspiramos a ser respetados y considerados.

El único diálogo posible

En la relación Yo-Tú cada persona confirma a la otra como un fin en sí, y al hacerlo se confirma a sí misma. En tanto te respeto como Tú, me consagro como Yo, y en tanto me respetas como un Tú consagras tu propia existencia. Sólo en una relación entendida así es posible crear y mantener un diálogo. Porque la escucha, elemento esencial de todo diálogo verdadero, emerge cuando un Yo respeta a un Tú. De lo contrario, y más allá de cualquier apariencia, lo que hay es un monólogo. Y, como apunta Buber, dos monólogos paralelos no constituyen un diálogo.

En el encuentro Yo-Tú, afirma este pensador esencial, se experimenta el amor, dado que el amor es estar en y con el otro. Es una experiencia circular y total en la que no hay fines. Un encuentro inteligible, pero nunca tangible. No se explica a través de un lenguaje preciso y articulado, sino que vibra en una voz sutil, que trasciende los sentidos. Buber llama a buscar y reconocer la alteridad, aquello que hay de propio y único en cada ser, y a buscar una comunidad de intereses, no de identidades. También ampliaba su mirada hacia el funcionamiento del mundo y señalaba la existencia de dos economías. Hay una economía natural: producir lo necesario. Y una economía política: producir más de lo necesario (ganancias, luchas, explotación del hombre y de la Naturaleza, ruptura del Yo-Tú).  En la paz hay armonía y entendimiento, recordaba, mientras que en la no guerra, que suele confundirse a menudo con la paz, hay iracundia y resentimiento.

En un tiempo de exasperación, intolerancia, conexión sin comunicación, contacto virtual sin encuentro real, narcisismo pandémico, indiferencia expandida y verdadera obsesión por lo “selfie” (que prescinde de la mirada del otro y es solo una auto observación onanista) la filosofía del diálogo de Martín Buber no sólo merece, sino que reclama ser recuperada y, sobre todo, vivida.

 

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"Hay mucha belleza, verdad y amor a nuestro alrededor, pero pocas veces nos tomamos las cosas con la suficiente calma para apreciarlos".

Brian Weiss