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La espiritualidad del Apocalipsis

En uno de los momentos más oscuros para la humanidad, nace el germen de otra conciencia. ¿Qué tienen las profecías bíblicas para decirnos sobre la llegada de ese nuevo tiempo?

Fue en el año 2000 cuando empecé a leer y a enamorarme del Apocalipsis. Ese año tuve el inmenso privilegio de conocer en Roma al jesuita Ugo Vanni, titular de Exégesis en la Pontificia Universidad Gregoriana durante varias décadas, y especialista en el Apocalipsis. Hombre afable, profundo y sabio, destilaba humildad, amor y humor. Y una fe inquebrantable en Dios y en su providencia.

La primera vez que me recibió en su despacho en la Gregoriana –sin ser yo “teóloga ni religiosa”, como me preguntaron sorprendidos en la recepción–, le agradecí efusivamente su deferencia para conmigo y ahí nomás recibí la primera enseñanza. Sonrió, elevó los ojos y señalando con sus manos hacia arriba, con toda naturalidad, citó el capítulo 3 del Apocalipsis: “Como dice el mensaje a la Iglesia de Filadelfia ‘Él tiene la llave de David, si él abre nadie puede cerrar y si él cierra nadie puede abrir’”. Ahí comprendí que Vanni ya vivía  plenamente en la espiritualidad del Apocalipsis, en  contacto directo con la trascendencia y con la certeza de que Cristo Resucitado está obrando en medio de nosotros, comprometido con la historia. Vanni no era sólo un dedicado profesor, investigador, escritor y un académico brillante: era un místico.

Para Vanni, “el hombre cristiano del Apocalipsis es un místico potencial”, porque como él mismo aclara, “la experiencia mística de un contacto con la trascendencia es tan íntima que lleva al hombre a una transformación de su lenguaje, a un uso muy particular del símbolo”. Y continúa más adelante: “El hombre del Apocalipsis se sabe y se siente dentro del flujo de los acontecimientos que se van sucediendo, con la misión al respecto de una mediación sacerdotal entre el proyecto de Dios y lo concreto de los acontecimientos”.1

A partir de ese primer encuentro con Vanni –al que sucedieron otros– compartimos una suerte de amistad, que incluyó una nutrida correspondencia por email. A pesar del abismo de erudición que había entre nosotros y que Vanni con humildad desestimaba, intercambiábamos interpretaciones sobre el texto que en algunos casos podían diferir y que yo atribuía a nuestros distintos puntos de vista, el de un “varón y sacerdote” y el de una “mujer y laica”. Mi búsqueda personal del Principio Femenino, del “ser mujer”, sustentaba esas diferencias, en especial a la hora de interpretar el poderoso símbolo de la Mujer del capítulo 12. Eso sí, coincidíamos en ver con claridad que las profecías estaban cada vez más cerca de su cumplimiento.

El problema del alma

Si bien el Apocalipsis es un mensaje esperanzador sobre el triunfo de Cristo Resucitado en la batalla por la verdad y la justicia, y el anuncio de la llegada de su Reino, el texto tiene mala prensa. Además de considerárselo un texto confuso, críptico, fruto de un delirado, decir “apocalíptico” equivale a catastrófico, siniestro o trágico, cuando en rigor es todo lo contrario: una revelación de Dios al hombre. El problema reside en que está escrito en un lenguaje simbólico –propio de la época– que desafía la racionalidad y que busca, a través de imágenes o metáforas –como los mitos, los sueños o una obra de arte– transmitir un mensaje al alma para llevarla a una nueva conciencia.

Pero en una cultura puramente racional el hombre moderno ha perdido la capacidad de simbolizar, de leer los signos de los tiempos, de asociar e interpretar las coincidencias significativas. Somos analfabetos simbólicos. El lenguaje del alma se ha perdido. Hoy una zarza que ardiera sin consumirse pasaría inadvertida para la gran mayoría. Y así, como sostuvo Carl G. Jung, “ni siquiera Dios puede arraigar en una humanidad anímicamente subalimentada. A esta hambre reacciona el alma de la mujer, pues el eros une lo que el logos separa y aclara. La mujer del presente se encuentra ante una formidable tarea cultural que quizá signifique el comienzo de una nueva era”.2

«Somos analfabetos simbólicos. El lenguaje del alma se ha perdido. Hoy una zarza que ardiera sin consumirse pasaría inadvertida para la gran mayoría.»

Nos hallamos en un tiempo de oscuridad en que la búsqueda del alma está resurgiendo y crece el interés –en especial entre las mujeres– por estudiar las tradiciones esotéricas, y comprender los lenguajes simbólicos y ancestrales como la Astrología, la Alquimia, el Tarot y también el Apocalipsis. A nivel de la conciencia individual, el Apocalipsis es una lección particular de Dios al alma, porque si bien algunos símbolos son universales, hay otros que no admiten una única interpretación.

El encuentro con el Resucitado supone una apertura a la trascendencia y la confrontación con nuestra verdad. Enfrentarnos a nuestros miedos, errores e idolatrías, aquellas creencias en las que habíamos puesto nuestra seguridad y esperanza: el poder, el trabajo, la pareja, el dinero, las ideologías o los líderes, y que tarde o temprano se caen o nos defraudan.

A la luz de Apocalipsis, las crisis, pérdidas y enfermedades pueden ser mensajes del alma para ampliar la conciencia y alcanzar a una dimensión más espiritual. Ese despertar sucede cuando se derrumba un sistema de creencias que ya no nos sirve. Una verdad nos es revelada. Un insight, dirían los psicoanalistas, la iluminación para los orientales, la gnosis para los gnósticos, la sabiduría para los sophianicos.

Crisis civilizatoria

Hoy más que nunca el Apocalipsis también admite una lectura histórica sobre la evolución de la conciencia colectiva de la humanidad. Durante más de cuatro milenios de Patriarcado, pero especialmente en los últimos siglos, el alma ha soportado los embates de la razón en el ámbito de la cultura. A partir de Descartes, el racionalismo científico –basado en el Principio Masculino– se impuso casi sin resistencia sobre el alma –el Principio Femenino o el
inconsciente noracional–, con la consecuente pérdida del equilibrio en la psique colectiva. Los extraordinarios avances de la ciencia y la tecnología permitieron un indiscutible “progreso” material, pero esto sólo fue posible a costa de la anulación del alma y del empobrecimiento espiritual y simbólico.

La conciencia colectiva, desconectada de su alma y, por lo tanto, escindida de lo Femenino y lo Sagrado, agoniza en la noche oscura del sinsentido. Porque si bien la ciencia otorga poder, es el alma la que otorga el sentido al unir lo que ha sido separado. El racionalismo patriarcal nos ha ido llevando al materialismo ateo, al consumismo desenfrenado y al endiosamiento del Estado laico, con las consecuentes enfermedades psicológicas (depresiones, adicciones, suicidios, violencias), a una inadmisible inequidad social y a la destrucción del medio ambiente. Se trata de ese sistema de valores que Ugo Vanni no duda en llamar “demoníaco” y “terrestre”, en clara oposición al sistema de valores de Dios.

Una nueva era espiritual

Hoy más que nunca tenemos antes nuestros ojos los signos apocalípticos que por primera vez en la historia suceden a escala global: la injusticia, la violencia, la corrupción, el narcotráfico, el cambio climático, la pandemia, los femicidios, los abortos, la pobreza, el hambre. El Apocalipsis nos invita a despertar de esta pesadilla. Nos urge a ver con los ojos de Dios, a subir al nivel de la trascendencia y observar estos signos como llamados a la conversión en el sentido de un cambio de conciencia. Es también el llamado a involucrarnos, a buscar la justicia entendida como una adecuación del alma a un sistema ético y moral de Dios.

Cristo Resucitado en el Apocalipsis nos presiona a alcanzar una espiritualidad más allá de las religiones institucionales, porque nos abre a un contacto directo con la trascendencia. Hace de nosotros “un reino y sacerdotes para su Dios” (Ap. 1, 6) y nos llama a luchar con él por un mundo mejor.

«Cristo Resucitado en el Apocalipsis nos presiona a alcanzar una espiritualidad más allá de las religiones institucionales porque nos abre a un contacto directo con la trascendencia».

La espiritualidad del Apocalipsis es la iluminación que surge de la muerte de un viejo orden que se derrumba, en lo personal y en lo colectivo. Nos llega luego de la noche oscura del alma, una experiencia que no elegimos “tener” sino que nos sucede. Pero esa oscuridad no es por falta de luz, sino por exceso de luz: es la Sabiduría de Dios que se nos acerca para renovarnos. Porque, como dijo Carl G. Jung, “Uno no alcanza la iluminación fantaseando sobre la luz sino haciendo consciente la oscuridad”.

Jesús habla de esta transformación radical de la conciencia en su discurso a Nicodemo: “Lo nacido de la carne, es carne; lo nacido del Espíritu, es espíritu. No te asombres de que te haya dicho: tienen que nacer de lo alto” (Juan 3). Algo de lo terrenal en nosotros debe morir para nacer a una conciencia espiritual.

Erich Neumann, discípulo dilecto de C.G. Jung, en su ensayo sobre la evolución de la conciencia y el mito del héroe como paradigma de ese proceso de transformación, sostiene que el hombre moderno fracasa en comprender el fenómeno de la “doble paternidad”: “El fenómeno de la dualidad psíquica, claramente expresado en el ritual egipcio y formulado teológicamente miles de años después en el famoso diálogo entre Nicodemo y Jesús, continúa vivo en la actualidad en el sentimiento no poco común de que uno es ‘hijo de Dios’, aunque también un hijo o hija del Sr. X. El parentesco divino corresponde a alguna dualidad en la naturaleza humana, representada aquí por el héroe”.3

La Mujer del capítulo 12 que enfrenta al Dragón es un gran signo: “Una Mujer revestida de sol con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas está encinta, y grita con dolores del parto y el tormento de dar a luz. (…) La Mujer dio a luz un hijo varón, que regirá con vara de hierro a todas las naciones; y su hijo fue arrebatado para Dios y para su trono” (Ap. 12).

Para la exégesis tradicional se trata de la Virgen María o bien de la Madre Iglesia. En mi opinión es el símbolo del Principio Femenino que está irrumpiendo en la conciencia colectiva para dar a luz una nueva humanidad más unida y espiritual. Nace un nuevo ser que, como todo héroe, es hijo de su Padre y su Madre divinos, y que con su victoria “conlleva un nuevo status espiritual, un nuevo conocimiento y una alteración de la conciencia”.4 La espiritualidad del Apocalipsis es una espiritualidad heroica, de acción, y no sólo de contemplación mística. Es tiempo de celebrar el Apocalipsis y de darle su verdadero significado: la revelación de un mundo nuevo donde “no habrá más muerte, ni llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado.” (Ap. 21,4).

1. Ugo Vanni, El hombre del Apocalipsis. Una visión antropológica, moral y espiritual, Bogotá, 2011, ed. San Pablo.
2. Carl G. Jung. La mujer en Europa. Civilización en transición. Madrid,
Ed. Trotta OC, vol. 10, 2001, 2014.
(3) y (4) Erich Neumann, Los orígenes e historia de la conciencia, Lima,
Perú, Traducciones Junguiana, octubre 2017.

*Columna publicada en la Revista Criterio del mes de junio. 

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