Sophia - Despliega el Alma

POR Cristina Miguens - Columnistas

13 mayo, 2020

La era de la Sabiduría

Atravesamos un tiempo único, lleno de incertidumbre por el futuro del mundo que vendrá. Mientras tanto, ideas apocalípticas invaden con sus símbolos nuestros pensamientos y sueños. ¿Podemos ver a través de ellas un mensaje esperanzador?

 

Foto: Samer Daboul (Pexels).

A mediados de enero, estando de vacaciones en el sur, ocurrió ese extraño episodio que se viralizó por las redes, no sin mucha polémica: desde un helicóptero tiraron un cordero a la pileta de la casa de Punta del Este de un famoso empresario de indumentaria.

Después de muchos años de psicoanálisis, cuando un hecho me resulta muy extraño (como pasa con los sueños), me acostumbré a buscar alguna asociación porque estoy convencida de que el diablo es lógico y Dios es “absurdo” y que si hay algo que sorprende hay que estar atento, porque el símbolo siempre aparece donde no se lo espera. Por esos días me aparecían corderos por todas partes: en varios asados, pero también en la serie de Netflix “María Magdalena”, cuando en el bautismo de Jesús en el Jordán, Juan lo señala como el “Cordero de Dios”. Y en el evangelio del domingo siguiente, que era justo ese mismo pasaje.

Cuando el 20 de enero Xi Jinping, el secretario general del Partido Comunista de China, declaraba oficialmente el brote de coronavirus en su país y cerraba la ciudad de Wuhan, yo seguía sin descifrar el enigma del helicóptero. Aludir al bautismo de Jesús no me parecía nada nuevo ni sorprendente. Pero esa misma noche, luego de un largo desvelo, me llegó la respuesta. A pesar de ser una apasionada lectora del Apocalipsis desde hace veinte años –de lo que he dado mi testimonio en Sophia–, se me había pasado un “detalle”: Cordero es el nombre que el autor del texto usa para designar a Cristo Resucitado, ciertamente distinto al cordero de Juan el Bautista. Aquí el Cordero está “como degollado” en alusión al martirio sufrido y a su resurrección. El Cristo-Cordero es el protagonista central del Apocalipsis que viene a instaurar la justicia divina. Jesús también habló de las señales de su segunda venida y del juicio final: “Entonces aparecerá en el cielo la señal del Hijo del hombre” (Mt 24,30).

Respiré hondo. Por aquellos días apenas comprendía la dimensión de lo que estaba por venir, pero ya se hablaba del COVID-19 como la anunciada “peste” del Apocalipsis. En clave apocalíptica, un cordero que viene del cielo podía ser el signo de Cristo Resucitado y el anuncio de una nueva fase de la revelación (significado de la palabra griega apocalipsis) de Dios a los hombres, esta vez a escala global. Después de todo, a pesar de su connotación negativa, el Apocalipsis es una sucesión de eventos –algunos terroríficos, sí– que anticipan el derrumbe de un sistema de creencias, un profundo cambio de conciencia –personal y/o colectiva– y el surgimiento de una nueva visión del mundo. La buena noticia es el advenimiento de una nueva era, “un cielo nuevo y una tierra nueva” (Ap.21).

La caída de la Diosa

En febrero, ya de regreso en Buenos Aires y con el coronavirus causando miles de muertos en Italia y España, estaba inquieta como todos y también alerta. Paseando con mi nieto de tres años por una emblemática librería, “casualmente” me topé con un grueso libro de Anne Baring, analista junguiana, El Mito de la Diosa (1) y sin detenerme un instante lo tomé para comprarlo.

Es que, a partir del debate sobre el aborto que tuvo lugar en 2018 (del que participé exponiendo ante ambas Cámaras Legislativas como “feminista provida”), quedé tan en shock luego de las estadísticas, manifestaciones y videos siniestros, que inconscientemente empecé una frenética búsqueda que respondiera una pregunta esencial: ¿qué es ser mujer? Con mucha angustia, estaba intentando discernir el principio femenino que hace años identifico con la sabiduría ancestral. Me había puesto a leer con avidez todo lo que encontraba a mano sobre el tema, desde distintas disciplinas: mitología, arqueología, psicología, antropología, historia de las religiones, teología (2). Dos años leyendo y estudiando las imágenes, mitos y creencias de lo Femenino Sagrado desde el Paleolítico hasta hoy.

Estaba horrorizada. Necesitaba entender cómo la humanidad había llegado tolerar 56 millones de abortos por año según la OMS y hasta la venta de sus órganos como presas de pollo. ¿En qué momento las mujeres habíamos perdido el rumbo? ¿Cuándo el alma y el instinto dejaron de guiarnos hacia la vida, el amor y la compasión? ¿Cuándo y por qué la mujer se había desvinculado de la maternidad como arquetipo (no como estereotipo) y del cuidado de la vida de todo el planeta, para adoptar ciegamente el principio masculino del poder absoluto del patriarcado?

El Mito de la Diosa, una inmensa recopilación histórica, arqueológica, mitológica y psicológica de las ideas religiosas sobre lo Femenino Sagrado fue una revelación para mí porque formula una visión integradora sobre el tema. Baring –a quien luego entrevistamos para Sophia–, explica la evolución de la conciencia de la humanidad a través de las imágenes mitológicas de las principales tradiciones sagradas. Demuestra cómo la diosa cósmica del Paleolítico, la diosa madre “generadora” de la vida e inmanente a la Creación durante 40.000 años, hacia el año 2.200 a.C. fue progresivamente ocultada –además de prohibida– de la imagen de la divinidad y reemplazada por un dios padre, “creador” del cielo y de la tierra con su palabra desde la trascendencia. El cambio de paradigma de la divinidad femenina “lunar” –cuyas fases son el símbolo de la transformación y regeneración de la vida– y que reina sobre el cielo, la tierra y el inframundo, a la imagen de un dios masculino “solar”, poderoso guerrero que vence las tinieblas de la noche y que está arriba, “en el cielo”, es el fundamento del patriarcado que subsiste hasta hoy, también en las tres religiones monoteístas.

Así la humanidad quedó trágicamente huérfana de su Madre divina, desamparada en este mundo, exiliada en un “valle de lágrimas”. Imposible resumir las imperdibles ochocientas páginas del libro, pero la respuesta a mis preguntas fue contundente: lo que nos había traído hasta aquí, a esta cultura patriarcal, racionalista, materialista y despiadada, era la caída del mito de la diosa Madre. Comprendí que, detrás de cada mujer maltratada y cada niño abortado, está la diosa caída. Como lo está detrás de la explotación de personas, de las guerras fratricidas y de la naturaleza devastada. El patriarcado solo fue posible derribando primero a la diosa para legitimar el nuevo orden.

Cuatro milenios después, algo de esto podía estar cambiando.

Renacer después del coronavirus

En términos psicológicos, es el principio femenino –o el alma– el que quedó sojuzgado a merced del principio masculino –la razón–, generando así un desbalance de siniestras consecuencias a la vista: las mujeres, los niños y toda la Naturaleza pasaron a ser objetos de uso, abuso, dominio y violencia del poder patriarcal.

Anne Baring sostiene que “no tener en cuenta el mito de la diosa no significa que esté ausente de la psique colectiva. De hecho está donde era de esperar: en el inconsciente colectivo de la raza(3). Esa presencia en el inconsciente se manifiesta en la arraigada y ferviente devoción a la Virgen María –a la que la Iglesia Católica ha “elevado” con sucesivos dogmas aunque sin llegar a considerarla parte de la divinidad–,  como también en el empoderamiento (a veces con idolatría) de figuras femeninas al ámbito político. El mito de la madre divina sigue actuando en varones y mujeres, con más fuerza en la medida en que no es reconocido en la conciencia.

En el crucial y dramático capítulo 12 del Apocalipsis, aparece otro signo grandioso en el cielo: una mujer, protegida por la divinidad masculina (el sol) y con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas, que grita por los dolores de parto. Frente a ella un gran dragón rojo amenaza con devorar a su hijo al nacer, pero ella da a luz a un “hijo varón, el que ha de regir a las naciones con cetro de hierro” y el niño también es protegido por Dios.

Hoy, más que nunca, veo en esa mujer parturienta a la diosa, el arquetipo de la Madre, sabia pero también poderosa. Para mi es Sophia, la Sabiduría de Dios (la mujer de Proverbios 8,22), que se manifiesta a la humanidad como una presencia cósmica en momentos en que varones y mujeres nos sentimos vulnerables, perdidos como niños en la oscuridad de la falta de sentido, y que enfrentamos como especie humana desafíos planetarios: el COVID-19 y el cambio climático, pero también la violencia, la injusticia, la mentira, el hambre, la guerra, las adicciones y la macabra pandemia silenciosa que es el aborto. La Babilonia del Apocalipsis, símbolo de la perversión que ya es global, ha sido condenada y le llega el juicio final.

La Sabiduría viene a restaurar el equilibrio perdido luego de 4.000 años de patriarcado, porque esa visión unilateral de la conciencia, exclusivamente masculina, racionalista y materialista, centrada en el poder y el dominio, el consumo y el lucro, nos lleva a extinguirnos como especie. No puede dejarnos indiferentes observar cómo el planeta se recupera sin nosotros. Los animales caminan a sus anchas por las ciudades, el aire se vuelve diáfano, en los ríos y mares los peces se multiplican, los pájaros trinan en nuestras ventanas. Ella, la Madre de todos los vivientes –y no solo de los humanos–, los protege de nosotros porque somos letales para ellos. Somos su virus.

La revelación está a la vista. Habernos separado de la Creación, de lo femenino y del alma, es habernos separado del Alma del Mundo, el fundamento sagrado de la Vida que con esta pandemia está llamándonos a despertar y a comprender que todos somos Uno –como también lo demuestra la ciencia–, y que tenemos que volver a vivir en armonía con el cosmos. Para eso, lo que debe ser liberado es el principio femenino, no las mujeres; el fundamento divino que habita en varones y mujeres, para así lograr la integración de los opuestos: lo masculino y lo femenino, el alma y la mente, lo racional y lo intuitivo, la materia y el espíritu. Lo que estaba perdido, la Sophia, viene a renovar el mundo con su espíritu y a dar a luz a una nueva creación, el “Filius Sapientia” que tanto buscaban los alquimistas.

Pensándolo bien, hubo otro signo más: el 9 de marzo último, en plena pandemia, nació mi nieta Casia. Su madre eligió ese nombre, entre otras razones, por una santa cristiana del siglo IX de Constantinopla, santa Kassia, quizás una de las primeras feministas espirituales de la humanidad. Abadesa, poeta y compositora de música, declinó la propuesta matrimonial del emperador Teófilo porque prefirió “a la mujer más grande que nunca hubiera nacido”, en clara referencia a la Hagia Sophia, cuya veneración siguió durante muchos siglos en la iglesia Ortodoxa. Pensé, con esperanza, que Casia era otro signo del cambio de paradigma que estamos transitando. La era del temible dragón rojo del Apocalipsis, que sin duda es el patriarcado, está llegando a su fin y lo que renace en la humanidad es la “hija” de la Sapientia, símbolo de la mujer que ya no se inclina frente al poder terrenal. El mundo necesita una nueva generación de mujeres que, con amor y determinación, encarnen el espíritu de esa diosa de la Sabiduría y la Justicia que se manifiesta al alma para salvar al planeta y guiarnos a todos, como una madre a la fuente de la Vida. ♦


 

1. El mito de la diosa, evolución de una imagen, Anne Baring, Jules Cashford, Ediciones Siruela, Madrid, 2005, 2014.

2. Autores como J.Campbell, M.Eliade, M.Gimbutas, C.G. y E.Jung, M.L. von Franz, E. Neumann, E.C. Whitmont, H. Corbin, V. Cirlot, S. Schaup, T. Schiplinger, F. García Bazán y los gnósticos, los rusos P. Florenski, V. Solovyov, S. Bulgakov. A esto se agregaron dos cursos: “Los rostros de las diosas” dictado en la sede de Vocación Humana bajo la dirección de Bernardo Nante y auspiciado por Sophia y el curso sobre “Campbell y la dimensión mítica” que dictó Leandro Pinkler en el MALBA.

3. Op. cit

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