Sophia - Despliega el Alma

POR Miguel Espeche - Audios

7 abril, 2020

La angustia y la pandemia

La llegada del coronavirus puso en jaque nuestro mundo conocido y, frente a esa realidad, muchos sienten temor y una profunda angustia. ¿Cómo atravesar uno de los momentos más desafiantes de toda la historia humana? Claves para aprender a gestionar las emociones y salir fortalecidos.


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Fotos: Anna Shvets (Pexels).

El pecho se aprieta, se hace un nudo en la boca del estómago, el ánimo se agobia y, lo que debiera circular, se queda allí, en el alma y en el cuerpo, sin poder salir. Es la angustia, que emerge en muchas circunstancias, pero hoy más que nunca, coronavirus mediante.

La vivimos todos y es desagradable sentirla día a día. Sin embargo, la idea que acá queremos expresar es que se trata injustamente a la angustia, como si ella fuera la culpable de los males humanos. Suelen decir que sacarse la angustia es la meta cuando, de hecho, lo que vale, en todo caso, es resolver aquello que provoca ese sentir.

Ella, la angustia, nos avisa del peligro, pero no “es” el peligro.

De hecho, llamamos angustia a esa acumulación de energía  que sirve para que, llegado el caso, podamos resolver lo que haya que resolver. Vale imaginarlo como un caudal de agua que se encuentra con una muralla y se va acumulando, tal como ocurre con las represas que primero interrumpen el paso del torrente, para luego dejarlo pasar a través de un espacio estrecho y aprovechar así la fuerza del agua.

La palabra angustia viene de “angosto”, y  hay autores que asemejan ese sentir con el del  chiquito que, con esfuerzo,  debe atravesar el estrecho canal uterino para nacer. Por eso la angustia, así vista, es el resultado que se da entre los obstáculos que “angostan” el camino y la fuerza vital que puja por salir hacia la luz.

La angustia como una parte más de la vida

Sumergidos en la cuarentena y enfrentando la pandemia, la angustia es y será parte de nuestro paisaje emocional por un tiempo. Eso no puede ser evitado.

Lo que sí podemos hacer es aprender a regularla, a partir de resolver las cosas que podemos resolver y no dándonos manija con las que están fuera de nuestro alcance. De hecho, un motivo de angustia superlativa es el abundar en expectativas catastróficas, de esas que los noticieros gustan de generar. Se nos llena la cabeza de escenarios que, en alianza con nuestros fantasmas, nos generan una reacción que tiende a que se nos “quemen los circuitos” por sobrecarga.

“Llamamos angustia a esa acumulación de energía  que sirve para que, llegado el caso, podamos resolver lo que haya que resolver. Vale imaginarlo como un caudal de agua que se encuentra con una muralla y se va acumulando, tal como ocurre con las represas que primero interrumpen el paso del torrente, para luego dejarlo pasar a través de un espacio estrecho y aprovechar así la fuerza del agua”.

Para esos casos, la solución es fácil: dosificar las noticias y mejorar la calidad de las mismas. Así mermará  la angustia proveniente, no ya del virus, sino de la información y los pronósticos enloquecidos que dan vueltas por allí.

En ese sentido, suele ser de utilidad  hacer la distinción entre lo que es “futuro” y lo que es “horizonte”. No hay que confundirse. El futuro es una construcción ideológica, una fantasía. El horizonte no es futuro, sino presente; es lo que vemos desde nuestro lugar al mirar hacia nuestro frente, y es también hacia donde nos dirigimos partiendo del punto en el que estamos parados.

Estamos mejor diseñados para el horizonte que para el futuro.

Cuando la cabeza se nos llena de “futuros” calamitosos, es decir, con expectativas de escenarios horribles que escapan a nuestro alcance, la angustia se exacerba y eso no nos hace más eficaces para enfrentar los problemas, sino todo lo contrario, ya que nos desgasta en un rumiar sin destino. En cambio, el horizonte es más digerible, estamos diseñados a su medida, y nos evita llenar la mente de fantasmas que nos dañan de antemano, a veces, más que el problema mismo.

Es verdad que el escenario de la cuarentena genera una vivencia de tensa quietud que aviva temores y nos deja a la merced de nuestras mentes más que en épocas normales. El encierro nos saca de los territorios habituales, y nos impide acceder a las actividades  a través de las cuales “descargamos” nuestra energía, a la vez que nos llena de otras actividades que pueden ser difíciles, como la de tener los chicos en el departamento todo el día, toda la semana, todo el mes…

Eso, sin dudas, acrecienta la angustia, sobre todo cuando no encontramos todavía la manera de encausar esa energía de la que disponemos.

Claves para aprender a gestionarla

Para el caso, acá van algunos consejos para “administrar” los estados de ánimo durante la cuarentena, que parten de la idea, insisto, de que la angustia no es la culpable, sino que nos señala algo a lo que debemos prestar atención.

1. No se pelee ni se asuste con la angustia. Los humanos (en términos personales y de red comunitaria) están en capacidad de soportar por un buen tiempo la toda la angustia que haga falta, ya que es parte de la vida. Vale tomarla como un llamado de atención y pensar que es parte de la solución, no el problema en sí.

2. Fíjese si aquello que le genera la angustia es solucionable. Si lo fuera, vaya por ese lado, ubicando su energía en el desarrollo de dicha solución, aun cuando el problema requiera paciencia y templanza y no se resuelva de manera inmediata. Si no es solucionable (al menos no de acuerdo a sus expectativas), vaya llevando los días paso a paso, sin pelearse con la situación, que eso empeora las cosas. Más adelante, en el camino, quizás las cosas se vean de otra manera.

3. Si puede, llore. Eso alivia mucho. Busque el lugar y la compañía adecuada (puede llorar solo, por supuesto), y no mezquine pañuelitos a la hora de dejar salir a las lágrimas. Hágalo porque está triste, asustado, por impotencia, por empatía con otros, por extrañar a seres queridos o por conmoverse ante acciones amorosas y solidarias que nos redimen como especie. También puede llorar porque sí nomás, porque apareció la lágrima. A su vez, recuerde dejar llorar a los otros también. Si puede, acompañe, acerque un pañuelo, y deje que la angustia fluya con forma de lágrima. Dado el estado de cosas, ya ni falta hace preguntar el por qué de las lágrimas, solo vale acompañarnos y permitir que las lágrimas hagan lo suyo, que para eso están.

4. Apunte a disciplinar su mente. No le dé rienda a los fantasmas, ni deje que aquellos que gustan de generar temores entren en su territorio. A veces el miedo y la expectativa catastrófica vienen desde el propio interior y allí, en ese territorio, hay que apuntar a la autoridad de la conciencia, sin otorgarle el bastón de mando al demonio del miedo crónico. Reprima sin asco los fantasmas que generen desesperanza, desasosiego, claudicación… todo en nombre de una supuesta “verdad”. Toda “verdad” difícil convoca una virtud humana para poder transitarla. Es bueno recordar eso.

5. Comparta su sentir. En cuotas, o al contado, vea cuál es la mejor manera de hacerlo y con quién. A veces en la situación de encierro uno es el que “se la banca”  en la casa, se lleva al equipo al hombro y no existe el permiso a sentir zozobra o a tener dudas. Igualmente, apunte a dialogar con algunos que puedan entender total o parcialmente lo que le está pasando, recordando algo muy importante: no se trata de compartir para solucionar el problema, sino para acompañarse en lo que a sentimientos refiere y así  hacer circular esa emoción que estruja el pecho. Ese compartir no es meramente  para “descargar” sino que sirve para hacer circular lo que habita en nuestro interior. En ese intercambio escuche al otro,  pero tampoco sea depósito de la basura ajena (ni tome al otro de esa forma). Es mejor pensarse a uno mismo y pensar al otro como plantas de reciclaje y no como pozos ciegos que se rellenan con toxinas.

6. Recuerde respirar. La angustia nos suele sacar del tiempo presente y por eso ocurre, muchas veces, que olvidamos respirar cuando la sentimos con intensidad. Por eso, para volver al presente y recentrarnos, respirar hondo, metiendo aire a ese pecho apretado, hace bien y genera vitalidad.

Estos son algunos consejos, entre otros miles posibles. Pero lo importante es recordar que contamos con recursos que nos pueden ayudar a atravesar el desfiladero, así como lo hicieron nuestros antepasados cuando les tocó la guerra, la hambruna, otras pestes, la miseria…

Con esa actitud, paso a paso, llegaremos al lugar desde el que, al mirar para atrás, podremos sentir orgullo por lo vivido y por la entereza con la que soportamos la peste y a nuestros propios fantasmas.

 

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