Sophia - Despliega el Alma

POR Miguel Espeche - Hablemos de...

14 diciembre, 2014

Juntos a la par

Es necesario guardar, bajo siete llaves, el fueguito de la unión primordial y la curiosidad por el proceso del otro.

Los años pasan, y nos vamos volviendo… desparejos. Al menos eso ocurre en la pareja, que, a veces, de “pareja” va perdiendo mucho ya que sus integrantes maduran diferente, “usando” el paso de la vida de muy distinta manera.

No siempre la diferencia del crecimiento pasa por el hecho de que uno crezca y el otro no. Lo que suele suceder es que los miembros de una pareja crecen a través del tiempo, pero diferente.

Si tomamos un modelo tradicional, mientras, por ejemplo, el marido madura en el área del trabajo y gana temple para afrontar la bravura del mundo “exterior”, su mujer crece en el territorio emocional “puertas adentro”, tejiendo los lazos afectivos de la familia o de la vida de relación en general. No es que uno crezca más que el otro, sino que sus áreas de crecimiento se diversifican.

Esta diferencia puede complementarse, y el crecimiento de ambos en esos casos “trabaja en equipo”. Pero también puede no complementarse, y allí viene el lío.

Las parejas manejan entre sí muchos códigos. Las palabras nombran a veces zonas del alma, otras veces del cuerpo, y otras dan cuenta de la logística, de la economía, de los proyectos, de la rutina cotidiana… Es verdad también que no siempre se trata de palabras, como ocurre con la sexualidad, con los rituales del afecto, con los laberintos emocionales de las discusiones que parecen a veces calcadas entre sí, por más que pasen los años.
Sucede que, concluida la época fundacional de la pareja, cuando los chicos van creciendo y las bases económicas, logísticas, de funcionamiento van aceitándose, la pareja se complejiza, sumando horas de vuelo, desplegando aspectos de cada uno de sus miembros que no eran conocidos en los momentos iniciales.

En ese punto, es bueno chequear cómo andan los crecimientos de cada uno, si se van complementando o no y cómo esa maduración personal va nutriendo afectivamente el vínculo compartido, para impedir que el compañero de ruta se transforme en un extraño total, acerca de quien poco se sabe en relación con muchos aspectos de su vida.

Las diferencias se complementan y logran unidad en el afecto, en la valoración mutua y en el respeto por la dimensión del crecimiento del otro. Para eso, es necesario guardar, bajo siete llaves, el fueguito de la unión primordial y la curiosidad por el proceso del otro. Las parejas se mantienen vivas cuando no descansan solo en su mecánica. Se percibe que perduran bien si preservan algún tipo de clima anímico que irradia y da sentido a todo. Cuando eso ocurre, el crecimiento puede ser distinto, desparejo, pero no se pierde el hilo de plata de la unión. Es que no hace falta la igualdad para estar acompañados; me refiero a aquello de que el amor no es fusión sino comunión.

Si se quiere perdurar en la pareja, ayuda ser “vivo” y no dormirse embelesado en el propio periplo, olvidando llevar los frutos de la maduración personal al terreno compartido y aprendiendo a aceptar lo que el otro tenga para ofrecer de su proceso. Cuando eso va bien, todo se vuelve fecundo, interesante. Y el hilo esencial se salvaguarda.

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