Sophia - Despliega el Alma

POR Virginia Gawel - La vida como camino

24 mayo, 2021

Intrafobia: ¿miedo a tu interioridad?

Culturalmente, asociamos nuestras capas más profundas como un lugar peligroso. Sin embargo, explorarlas con valentía y sin temor puede hacernos encontrar grandes tesoros que nos ayudarán a desplegar nuestra vida.

Foto: Pexels

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“Ni se te ocurra entrar allí”, diría el abuelo. “Está lleno de herramientas que pueden cortarte, cosas viejas y pesadas que se te pueden venir encima y aplastarte, el piso tiene maderas flojas y podrías hundirte en el sótano. Hasta es probable que haya ratas o comadrejas. Así que, -afirma blandiendo el índice hacia la niña-, te repito: ni se te ocurra entrar allí.”

¿Cómo no va uno a tener miedo, aprensión a entrar en ese “allí”? Esto que acabo de describir podría ser el sueño de alguien. Y posiblemente ese “galpón” peligroso fuese una idea sobre qué hay en nuestro Inconsciente. Y digo “una idea” porque culturalmente hemos sido impregnados por esa noción. Y quienes hemos estudiado Psicología o Psiquiatría, ¡ni les cuento!

Pero necesito decir que esa manera de ver el Inconsciente es solo eso: un punto de vista, excluyente, limitante, que nos genera desasosiego como lo generaría convivir con alguien extraño que en cualquier momento puede traicionarnos: ¡Me traicionó mi inconsciente!”, decimos ante un error, un accidente, un olvido. Y, siendo que convives con tu Inconsciente, -como yo, como todos-, necesito acompañarte a mirar tu interioridad desde otro punto de vista.

El agua más profunda

¿Alguna vez viste un aljibe? El de la casa de mis abuelos era el sitio de los juegos con mi hermano. Tenía una tapa, y yo subía como a un escenario, a hablarle a un público imaginario, y a cantarle. Sí: allí estaba la semilla de lo que yo haría de grande. Pero lo más importante no es eso: lo más importante es que debajo de mis piecitos estaba la metáfora que más he aplicado para expresar la maravilla del Inconsciente del que la Psicología ortodoxa no me habló, pero sí me hablaron las Psicologías de Oriente, y quienes de ellas abrevaron. 

Imaginemos que hiciéramos un pozo para construir luego un aljibe. Hoy en día se hace de manera tal que una bomba extractora va chupando la tierra,  expulsándola hacia fuera junto con el agua y la arenisca que halle a su paso. Las primeras capas solo ofrecen agua sucia, inclusive en la casa de mis padres la bomba extrajo elementos fósiles a 40 metros de profundidad (algo que no es extraño en esta zona en la que tantos dinosaurios se encontraron los primeros paleontólogos). Quien realiza el pozo, sin embargo, tiene paciencia con todo eso sucio que sale al principio, porque sabe lo que está buscando: la napa de agua pura, cristalina, confiable, que vivificará todo lo que toque con su naturaleza nutricia.

Así es, en realidad, nuestro Inconsciente (y lo escribo con mayúscula porque cuando lo refiero a él lo concibo como lo describía Jung: con una inteligencia autónoma, superior a la de la conciencia). Tiene distintos niveles, distintas “zonas”, cada una más o menos distantes de esa napa de agua pura. A medida que más condicionamientos recibimos mientras transitamos este mundo, más capas y capas puede haber de tierra, desechos, piedras… o también preciosas semillas.

“A medida que más condicionamientos recibimos mientras transitamos este mundo, más capas y capas puede haber de tierra, desechos, piedras… o también preciosas semillas”.

Esto significa que cuando un terapeuta se concentra solamente en hacer pequeños pozos y echar su balde en las primeras napas, solo hallará un agua barrosa, cosas oxidadas que han sido enterradas, y para cada cosa que su balde lleve a la superficie encontrará una definición, una explicación, una clasificación. Y no digo que sea una manera incorrecta de trabajar sobre sí o con un paciente: digo que es una manera incompleta. Nos da una falsa idea de qué hay en nuestra interioridad, y entonces tememos entrar allí, enlodarnos, tener que beber de esa agua polucionada

¿Cómo no vamos a tener miedo de iniciar un proceso terapéutico, de emprender un viaje de descubrimiento, de acariciar y cicatrizar los duelos no asumidos…? Quiero decir, con todo respeto, que justamente las miradas estrechas de algunas psicologías (o de algunos terapeutas) son a veces causantes de la intrafobia. Y, desde ya, también lo es el Sistema que nos compele a permanecer en la superficialidad, como si allí estuviera la fuente de una felicidad siempre escurridiza (por ser irreal). 

Darse cuenta de la intrafobia es crecer, como cuando temíamos atravesar el pasillo oscuro de casa para llegar al lugar en el que se guardaban nuestros juguetes: ya siendo grandes, vimos que el pasillo no era ni tan largo ni tan oscuro, y que tenía unos cuadros hermosos en las paredes que nunca nos detuvimos antes a mirar. 

“Darse cuenta de la intrafobia es crecer, como cuando temíamos atravesar el pasillo oscuro de casa para llegar al lugar en el que se guardaban nuestros juguetes”

La napa de agua pura es nuestro Sí Mismo, nuestra Esencia, nuestra porción del Todo. Por eso beber de ella es vivificante, y estar desconectado de ella nos marchita, nos aliena. Frecuentar nuestra interioridad no solo nos quita el miedo, la intrafobia: va permitiéndonos cultivar una amistad incondicional consigo mismo (lo que en el Budismo se nomina con la palabra Maitri). Para cultivar una amistad hace falta frecuentarse, escucharse, cuidar al otro, ayudarle a que su vida sea más plena. Eso es lo que puede hacer nuestro Inconsciente por nosotros mismos, y nosotros por esa Esencia que quiere ser, expresarse, desplegarse a través de la oportunidad de esta vida humana. 

Que la visitemos, que le demos espacio y voz: que seamos la nítida expresión de nuestra Autonaturaleza Inobstruida, como se la llama en el Budismo Zen. Ése es el mayor fruto de una vida: llegar a no tenerse miedo a sí mismo, sino a tenerse verdadero Amor.

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