Sophia - Despliega el Alma

POR Virginia Gawel - Columnistas

11 enero, 2021

La importancia de ser nuevos

Si en la vivencia de nuestras relaciones esperamos que el cambio venga de los otros, acabaremos usando un mismo repertorio de respuestas sin que exista verdadera transformación. Por eso, en esta columna Virginia Gawel propone investigar qué rasgos de nosotros mismos tenemos que trabajar, y sostener ese trabajo con devoción y templanza.

 

Era nuestra última sesión del año. Transcurría diciembre y Nora había llorado mucho durante la sesión: las cosas no cambiaban, y eso dolía. Nuestro proceso terapéutico me indicaba que yo tenía que esperarla: esperar que le naciera lo que ese día, en ese instante, le nació. Fue ante mis ojos, generándome la sensación de privilegio que da el ser testigo de un parto de cualquier criatura. Cuando se dio vuelta hacia mí, luego de tomar su bolso para irse, se secó la cara con el dorso de la mano, desdeñando los pañuelos de papel. En su mirada ya no había dolor. Había, en cambio, dos ojos fulgurantes y una sonrisa. Me dijo: “Gracias por todo lo que ayudaste en este año tan duro. En este instante acabo tener un flash de comprensión: aunque cambiemos agenda y calendarios, yo no quiero un año nuevo; ¡lo que quiero es que YO sea nueva! Y, si me duele que las cosas no cambien, cambiaré yo hacia las cosas”. Ése fue el regalo que Nora me dejó para siempre, y cada diciembre, y cada enero, la recuerdo.

Hay una gran diferencia entre la capacidad inteligente de esperar que ciertos procesos se vayan dando y la espera vana de que lo que es, deje de serlo y se convierta en lo que nunca será. Lo que en el primer caso es el don de la paciencia, en el segundo es el aferramiento a un progreso ilusorio. Y, cuando se trata de vínculos, con frecuencia ocurre que el otro dice lo que nosotros esperamos escuchar; entonces, nos agarramos firmemente de esa soga como para escalar una montaña y esperamos que las cosas cambien.

Pero sucede que esa soga sí tiene de nuestro lado nuestras manos dispuestas… pero del otro está atada al aire. Y así subimos creyendo que es un proceso firme, pero, como no lo es, la soga nos da en la cara y nos caemos de espalda, lastimándonos, quebrándonos.

El cambio propio

Esto puede pasar en cualquier tipo de relación; inclusive cuando son muchas las personas involucradas, como en una familia, un grupo de amigos o de trabajo. Esperar que el cambio venga desde afuera es algo que conviene sólo en determinadas ocasiones. Y creer que las cosas van a cambiar porque iniciamos una agenda y un calendario nuevos, es una esperanza de enero que solo se convierte en frustración de diciembre.

“Esperar que el cambio venga desde afuera es algo que conviene sólo en determinadas ocasiones. Y creer que las cosas van a cambiar porque iniciamos una agenda y un calendario nuevos, es una esperanza de enero que solo se convierte en frustración de diciembre”.

En cambio, cuando me posiciono ante lo que me pasa investigando qué rasgo personal es el que tengo que trabajar para que cambie, entonces sí nuestra esperanza puede tener una base firme: enlazo yo misma mi soga hacia un punto sólido en el que podré confiar y del otro lado estaré yo misma haciendo mi tarea de escalar la montaña. Y si el otro hace su tarea… será maravilloso. Pero si no la hace, lo que yo puedo garantizarme es mi determinación a trabajar sobre mí misma para el proceso de cambio. Un cambio mío, no necesariamente nuestro. Que sea el mío, puede ser vital para que no se repita el círculo de siempre.

Nuestros mecanismos habituales

¿Qué es lo primero que hay que cambiar para que las cosas cambien? Casi siempre es nuestra actitud ante lo que acontece.

Quizás conozcas la existencia del I-Ching, un libro de sabiduría que nació en China hace unos 3000 a 5000 años. Es un texto cuya lectura siempre puede traer claridad, pero su uso más común a lo largo de los siglos ha sido el de pedirle consejo respecto de asuntos que nos preocupan. Estudiando ese libro durante tres décadas fui llegando a la comprensión de que sus respuestas me resultaban mucho más claras cuando mi pregunta era “¿Cuál es la mejor actitud qué puedo tomar ante esto que sucede?“. Y el libro ofrece específicamente 1 de 64 respuestas diferentes.

“En general nos movemos en base a nuestros mecanismos más habituales; de hecho, por eso se llaman “hábitos y los hay mentales, emocionales, corporales o relacionales, según el modo en que tendemos a vincularnos con los demás”.

¿Qué quiero decir con esto? ¡No necesariamente que consultes al I Ching! A lo que apunto es a que en general nos movemos en base a nuestros mecanismos más habituales; de hecho, por eso se llaman “hábitos y los hay mentales, emocionales, corporales o relacionales, según el modo en que tendemos a vincularnos con los demás.

Si bien esos hábitos nos van permitiendo adaptarnos para habitar la vida humana que nos ha tocado, nos dejan presos de respuestas repetitivas que a veces son eficaces, pero muchas otras veces no lo son. Eso hace que a lo largo de la vida se nos repitan dificultades similares, que se perpetúan porque procuramos afrontarlas con el mismo repertorio de actitudes con las que históricamente nos movimos.

 

Un repertorio posible

Si volvemos al I Ching, es como si siempre ante una misma circunstancia ejerciéramos las respuestas número 32 (por decir cualquier número). Cuanto más evolucionada es una persona, más claramente puede ver los hechos de la vida y mayor es su repertorio de actitudes posibles, para implementar aquella que sea más acertada según la circunstancia.

Y a medida que vamos afirmándonos en esas nuevas habilidades internas, vemos que es desde nuestro propio cambio que cambia un vínculo, una instancia desafiante, un patrón repetitivo que parecía tener su causa afuera y no dentro de nosotros.

“Cuanto más evolucionada es una persona, más claramente puede ver los hechos de la vida y mayor es su repertorio de actitudes posibles, para implementar aquella que sea más acertada según la circunstancia”.

Luego, es bello mirar de qué manera inusual resolvimos algo y advertir que tiempo atrás, en base a nuestra vieja manera de ser, habríamos procedido, reaccionado, elegido de modo tal que la resultante fuese el viejo dolor, la rancia frustración, el antiguo enojo de siempre.

Por eso no es raro que, quien trabaja sobre sí con las herramientas apropiadas, vaya siendo más joven a medida que el tiempo pasa. En los símbolos de antiguas fábulas, cuentos, mitos o aun de textos sagrados de distintas culturas, se representa como un hombre o mujer viejos a esa identidad que solo puede responder a partir de los escasos automatismos innatos y los estrechos hábitos aprendidos.

 

 

Por eso ese instante de Nora me resultó tan prodigioso como un alumbramiento. No alcanza con que sepamos intelectualmente las cosas: el camino de autotransformación pasa fundamentalmente por la implementación concreta de lo que comprendemos. Las psicologías de Oriente nos traen conceptos profundos y claros, pero nos advierten que lo principal será la práctica cotidiana de la autoobservación, creando espacio para que lo nuevo nazca.

Entonces, dejamos de repetirnos, comenzamos a tener la libertad de no reaccionar automáticamente con tan limitado número de respuestas y, lo que siempre nos sucedía, empieza a dejar de sucedernos, porque nosotros ya no “sucedemos” (como sucede el viento, la lluvia, el calor): somos. Nos autodeterminamos con lucidez ajena a la mecanicidad.

“No alcanza con que sepamos intelectualmente las cosas: el camino de autotransformación pasa fundamentalmente por la implementación concreta de lo que comprendemos”.

Nora fue transitando el camino comprometido de ser una Nora nueva. Y yo también soy una Virginia nueva en relación a la que era en aquellos años. Y vendrán nuevas-Noras- nuevas, nuevas-Virginias-nuevas: porque en este monasterio que es la vida, o nos quedamos rancios o nos volvemos frescos como la hierba verde bajo el rocío.

Por eso: que inaugures actitudes; que puedas abrir cuando cerrabas, poner límites cuando dejabas que antes te usaran, aquietarte cuando antes te agitabas, actuar cuando te paralizabas. Ser nuevos es no solo una aspiración espiritualmente inteligente: es un derecho al que estamos llamados a ejercer, y ejercerlo es sostener la intención de trabajar sobre sí con devoción y resuelta templanza.

Te deseo, entonces, más que un “Feliz Año Nuevo”, una nueva identidad artesanalmente amasada por tu voluntad que sea capaz de generarse una vida feliz, interesante, fecunda en verdadero amor. Que así sea. Y te convido un texto del I Ching, correspondiente a las anotaciones de su más fiel traductor, Richard Wilhelm (gran amigo de Carl Jung, quien prologara esa versión del libro):

“Es temprano por la mañana. Comienza la labor. Luego de haber permanecido el alma apartada del mundo externo durante el sueño, recomienzan ahora las relaciones con el mundo. Se entrecruzan las huellas de las impresiones. Reina un apresurado trajín. Es importante conservar entonces la concentración interior, no dejarse arrastrar por el torbellino de la vida. Si uno es serio y concentrado, alcanza la necesaria claridad para enfrentarse con las numerosas impresiones que lo acometen. Precisamente en los comienzos resulta particularmente importante esa concentrada seriedad, pues el comienzo ya contiene los gérmenes de todo lo que sigue”.

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