Sophia - Despliega el Alma

POR Virginia Gawel - Columnistas

2 julio, 2020

Gente que te guarda dentro de sí

En un relato íntimo y lleno de imágenes que retratan momentos atesorados en su corazón, Virginia nos lleva a través de las emociones y los recuerdos para ayudarnos a buscar dentro nuestro aquellos que fuimos y que siempre seremos de la mano de quienes nos quieren.

Hoy me pasó algo lindo”, nos cuenta Majo en un grupo de amigos que estamos muy cerca, aunque la cuarentena no quiera, porque la tecnología no puede con lo intangible. “Encontré un mensajito de mi amiga más, pero más antigua: de cuando ella tenía 5 y yo tenía 7. Hacía rato que no nos hablábamos; estábamos por videollamada, y, para fijar un día en el cual hablar más tranquilas, me pongo los anteojos para mirar mi agenda y me dice: ‘¡Ay, ay! ¡Sos tu mamá! ¡La misma cara, los anteojos, qué emoción!’.” (En el mensaje de Majo sigue un silencio.) Luego de unos segundos, con la voz apretadita de quien ya no tiene a su mamá: “…Y me conmovió eso: que alguien conociera mi historia desde hace tanto tiempo, y que me recordara siempre quién soy. Eso es lo que me llenó de alegría”.

Es que es así: anoche mismo, alguien que guarda un retazo de tu vida que has olvidado, soñó contigo aunque no te enteres (o sí). Alguien, aunque no lo sepas, se asomó a tus redes sociales, y se sonrió al verte, recordando cuánto te gustaba secar flores dentro de los libros y que cuando tu perro murió te quedaste muda por muchos, muchos días… Alguien guarda en esa caja que ha resistido a muchas, muchas mudanzas, palabras que escribiste cuando el amor o el dolor empujaban la tinta como un émbolo… y la hermosura había sido tanta que… ¡cómo tirar ese pedazo de papel, aunque hubieran pasado décadas! Alguien, cada vez que ve cierta ropa en una vidriera piensa: “Es de las que le gustarían a ella”, o cuando en el invierno avanza un joven con bufanda roja, de pronto espera que sobre la bufanda esté tu rostro aún aniñado, veinte años después.

“Anoche mismo, alguien que guarda un retazo de tu vida que has olvidado, soñó contigo aunque no te enteres (o sí). Alguien, aunque no lo sepas, se asomó a tus redes sociales, y se sonrió al verte, recordando cuánto te gustaba secar flores dentro de los libros y que cuando tu perro murió te quedaste muda por muchos, muchos días…”.

Hace poco recibí por WhatsApp un montón de fotos-de-fotos, en blanco y negro, de cuando éramos chicos mi hermano y yo. Nuestro querido primo Daniel las tenía en una caja, y le nació convidárnoslas; como nosotros no teníamos cámara para esa época (el dinero no alcanzaba) nos trajo en un instante la risa de mojarnos en el río, mi hermano con la nariz arrugada frente al sol y su camisa llena de planetas y naves espaciales (era verde en el recuerdo, en la foto no), yo -la más chiquita- aprendiendo a nadar con felicidad completa. Mi gastadito traje de baño, que me quedaba grande (heredado de mi amada prima Silvia), pero que a mí me parecía hermoso.

La pequeña Virginia en el río junto a su primo (a su izquierda) y su hermano (a su derecha).

O sea: Daniel tenía en esa caja a Luisitos y Virginitas que nosotros no teníamos (como esas figuritas que faltan en un álbum casi completo)… ¡y nos los devolvió! Cuando lo hizo, del celular salió el frescor del agua del río y ese olor a los caracoles que sacábamos del barro, el sonido del Ludomatic con el que jugábamos mientras hacíamos picnic, el vértigo de saltar desde lo alto para caer en el agua y sentir ser grandes…

¡Hasta la juventud de los que hoy no están, o están muy mayores, salió del celular!

Unos junto a otros

Todos estamos en los demás. Y los demás están en nosotros. A veces, los que nos conocen bien nos traen una pieza de ese rompecabezas que somos y que ni nosotros mismos sabemos cuál es su dibujo final.

Un día, en una sala de espera médica a la que me acompañó mi hermano (yo había tenido un serio accidente, unos 8 años atrás), iniciamos un juego. Le pregunté: “¿Cómo era tu hermanita?” (cabe decir que solo somos dos, de modo que “su hermanita” era yo). ¡Y me conmocionó que la Virginita que él describió era mucho más buena, más tierna, más divertida y más compañera de la que yo creía haber sido! ¡La hermanita de mi hermano era mejor que la yo misma de mi niñez (pido permiso para decirlo así)!

Alguien que te conoce bien, te ama como todavía no has podido amarte… ¡y quizás no lo sabes!

Hace poco, en casa de mamá (que ahora tiene 89 años) nos pusimos a mirar cajas de fotos, buscando unas en particular. Cada tanto había gente desconocida y yo le preguntaba: “¿Quién es la de sombrero?”. “No sé, no la conozco. La tiramos”. Y con un gesto desapegado, la partía respetuosamente en cuatro y la mandaba a una bolsa de residuos. Así, aparecieron rostros amados, amados lugares, objetos que se perdieron, animales amadísimos… y fueron volviendo a la caja aquellos que merecían conservarse lealmente.

También, cada tanto, aparecían fotos de personas que yo sí sabía quiénes eran, de quienes la vida había demostrado que no habían merecido sentarse en nuestra mesa familiar. En cada caso preguntaba a mamá: “Acá está Fulana (o Fulano), ¿qué quisieras hacer?”. Y mamá iba indicando con un gesto: ¡a la bolsa! (Me encantó que a algunas las rompiera en cuatro vigorosamente, como haciendo tardía justicia a injurias vividas por los inmerecidamente conservados).

Rodeada de afecto y con un animal en brazos, así creció nuestra columnista.

Pocos días después le conté a una de mis primas esa escena; hacía más de un año que no hablábamos, pues vive lejos y su vida es compleja, ¡pero nos queremos! Y cerré la historia diciéndole con firmeza: “Quiero que sepas que todas tus fotos y las de tu hermano quedaron en la caja; y aquí te las mando”. Entonces fotografié esas viejas fotos con el celular, y allí viajaron en un segundo a sus pupilas, que se emocionaron de inmediato. Eran retratos de antes de sus 8 años, cuando el papá falleció en un accidente. Su sonrisa y la de su hermanito menor aún estaban enteras. Al rato, éste fue su mensaje de texto: “Estoy muy conmovida. No tenía recuerdo de estas imágenes tan alegres”. Y una frase que nunca olvidaré: “¡¡¡Gracias por elegirnos para seguir estando en la caja!!!

Hay gente que nos guarda consigo. Hay quienes recuerdan lo que hemos olvidado y que nos haría bien recuperar. Estamos en su caja y no en su bolsa de residuos (sea de un modo visible o invisible).

Toma tu caja (visible o invisible): ¿quiénes merecen estar en ella y quiénes no? Repártelas: a la caja, o a la bolsa. Y, si pudieras, envíale fotos de tus fotos a quienes vaya a entibiárseles la mirada. Selecciona, como cuando éramos chicos y nos repartíamos entre nosotros, al bajar del árbol, las naranjas jugosas, las más perfectas que hayamos comido…

Es un buen tiempo para darnos unos a otros aquello que nos complete lo mejor que tenemos, que somos. Y de no conservar lo que no nos hace bien que sea conservado.

Es un buen tiempo para que nos refresquemos el espíritu mutuamente, como con en el agüita limpia de aquel río, fotografiada en blanco y negro…

Es un buen tiempo de que podamos decirnos unos a otros algo así de franco, así de bonito como eso: “¡¡¡Gracias por elegirme para seguir estando en tu caja!!!”.

¿Quiénes quedarán en tu propia caja de fotos queridas?

*Todas las fotos en blanco y negro son reales y pertenecen al álbum personal de Virginia Gawel. 

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