Sophia - Despliega el Alma

POR Virginia Gawel - Columnistas

2 junio, 2020

Fluctuaciones emocionales: “¡soy un desastre!”

En tiempos complicados es fácil sucumbir a los vaivenes anímicos y perder de vista los tesoros que todos tenemos. Por eso, ser piadosos con nosotros mismos es un ejercicio fundamental para aquietarnos y crecer internamente.

“No sé qué me pasa. Soy un desastre. Me levanto con energía, decidida a hacer un montón de cosas postergadas… Después escucho un mensaje mientras me preparo el café… y ya me enojo… Y después de enojarme me desaliento, y las pilas con que empecé el día parece que se vaciaran antes de las once… Y empiezo a ver todo negro… hasta que hablo con una amiga, y a lo mejor se me pasa… O a lo mejor empiezo a sentir miedo… miedo… miedo… y se me dispara la cabeza a mil: que si se enfermara mi papá, o si me quedara sin trabajo… o lo que sea… Y no puedo parar de pensar y asustarme, asustarme y pensar”.

Conclusión: “soy un desastre”.

“Es un tiempo en el que necesitamos desarrollar una mirada compasiva no solo hacia los demás, sino hacia nosotros mismos, atentos a no regar la plantita que da el fruto llamado “soy un desastre”. ¿Qué hacer ante eso?  Lo primero es observarlo, y, al sostener la atención, advertir que ese tintineo interno es como una alarma que se disparara sin ton ni son”.

Cuando esa voz interna está gritando en las aurículas del corazón, hay que prestarle mucha atención. Y hay que prestársela siempre; pero mucho más ahora. En las últimas semanas he escuchado y leído mensajes como ése aquí y allá: “Soy un desastre”, repitiéndose como un repiqueteo que taladrara toda autovaloración.

Por un lado, se trata de una visión hostil hacia sí mismo que culturalmente está muy instalada en nuestra manera de vincularnos con quienes somos. Por otro, lo que sucede es que nuestra realidad personal y global es como un rompecabezas de 10.000 piezas, ya armado, que hubiese sido arrasado por una multitud marchándole encima, sin dejar encastre alguno. Entonces, nos hemos quedado como niños, de rodillas, tratando de ver qué pieza encaja con cuál, infructuosamente procurando que todo vuelva a estar como estaba.

No podemos; nadie puede.

Pero es tan alta la ansiedad por volver armar el ya incompleto rompecabezas, que no podemos darnos cuenta de que nos excede, que no se trata de que nosotros seamos “el desastre”.

Es un tiempo en el que necesitamos desarrollar una mirada compasiva no solo hacia los demás, sino hacia nosotros mismos, atentos a no regar la plantita que da el fruto llamado “soy un desastre”. ¿Qué hacer ante eso?  Lo primero es observarlo, y, al sostener la atención, advertir que ese tintineo interno es como una alarma que se disparara sin ton ni son. Se vuelve indispensable mirar que lo que sentimos ante nuestro propio desorden emocional tiene una causa global que estalla nuestro mundo personal, y ensucia las paredes de nuestra casa.

Ejercitar la piedad

Ser piadosos con nosotros mismos no significa autojustificarnos:  implica lo mismo que si sintiéramos frío y advirtiéramos que afuera hubiese comenzado a nevar profusamente. Juzgarnos de “ser friolentos” sería faltar a la realidad. En este caso, el desastre está fuera. Y seguramente estás haciendo lo posible para que no arrase con tu ánimo, con tus vínculos, con tu salud, con tu economía…

Lidiar bajo variables tan extremas, tan imprevisibles, tan cambiantes y además duelar los proyectos que dábamos por hechos, pero que no han podido ser… Duelar también lo que perdemos en el proceso, no solo individual sino también colectivamente… Sufrir por el dolor ajeno, lacerante… Todo esto, te aseguro, gasta muchísima energía:  el sistema nervioso trabaja denodadamente para reorganizar la realidad y mientras tanto seguir funcionando, adaptándose día a día a aquello que no conocemos, sabiendo que saldremos a un mundo que tampoco nadie sabe cómo será.

¿Ves que no eres tú el desastre?

Las Neurociencias nos explican que cuando la vida es “normal”, el cerebro ahorra mucha energía generando atajos: conexiones neuronales que sostienen los hábitos que ya tenemos incorporados, tanto mentales como emocionales, corporales o conductuales. Hoy, esos atajos a tu cerebro ya no le sirven. Es como una ciudad a la cual una inundación le hubiese arrasado rutas, calles, caminos, y fuera necesario trazar nuevos senderos. ¡Cuánto trabajo daría atravesar esa ciudad tan conocida (pero ahora re-mapeada), a diferencia de seguir por donde siempre íbamos, automáticamente!

Estás bajo muchas presiones.

Por lo tanto, es necesario que sepas que resulta esperable vivenciar fluctuaciones emocionales muy altas, como si fuera una montaña rusa que te deja mareado al final del día. Encima, las demás personas de tu entorno también suben y bajan en sus propias montañas rusas, resultando sus emociones intensos disparadores respecto de tus propias emociones, que no se pueden regular con facilidad, y que repercuten en tu salud y en tus vínculos.

¿Cómo recuperar el equilibrio?

A veces, en vez de la “montaña rusa”, ante situaciones de alta presión lo que en algunos se da es, por el contrario, un aplanamiento emocional, en el cual a la persona no la conmueve nada, no le importa nada, se vuelve indiferente, como aletargada en una vacía anestesia. Quien está bajo esa situación no corre con ventaja respecto de quien sube y baja en la “montaña rusa”: ambos están en problemas; e inclusive puede darse que alguien, de tanto subir y bajar, termine exhausto, con las emociones aplanadas.

¡Estás respondiendo del modo en que te es posible ante factores que superan lo que la humanidad vivenció hasta ahora en toda la historia de su existencia!  Estás siendo parte de un colectivo que te incluye, en el cual el desasosiego es sucedido por la esperanza, y luego por mil temores, y mil enojos, y mil proyectos entusiastas, y mil tristezas…

No obstante, tanto en un caso como en el otro no serías “un desastre”: simplemente… ¡estás respondiendo del modo en que te es posible ante factores que superan lo que la humanidad vivenció hasta ahora en toda la historia de su existencia! Estás siendo parte de un colectivo que te incluye, en el cual el desasosiego es sucedido por la esperanza, y luego por mil temores, y mil enojos, y mil proyectos entusiastas, y mil tristezas…

¿Qué es lo mejor que podrías hacer ante esta circunstancia?

Si bien mi estilo no es dar tips, en este caso lo creo útil: me permito recomendarte lo mismo que yo procuro hacer, y en lo que acompañado pacientes y alumnos durante tantos años. De modo que aquí va:

♦ Considero vital la práctica de la autoobservación. Si bien incorporarla como algo estable y permanente requiere de un entrenamiento especial, al menos podrás sostener la intención de ser espectador de lo que va muriendo dentro tuyo. Al observarlo, uno puede desidentificarse de esa emoción, de ese pensamiento, de esas sensaciones; es decir, se te puede volver más nítido que eso es solamente una parte tuya, y no toda tu identidad. Así se da la oportunidad de mirar esa parte de sí sin autohostilidad, con mayor ecuanimidad, con autocompasión consciente. Tu parte ansiosa; tu parte asustada; tu parte hilarante; tu parte frustrada. Cada parte es solo eso: una parte. Y el resto de tu identidad puede contenerla, observarla, conducirla (aunque tome mucha práctica y una intención sostenida).

♦ Cuando observes que hay demasiada ebullición emocional o mental, es muy importante que bajes al cuerpo, ya sea siguiendo un tutorial de tai-chi, de yoga, o bien danzando, caminando (aunque sea dentro de tu propia casa), cambiando de lugar muebles, cuadros o libros, poniéndote a pintar, haciendo un collage… A mí me hace mucho bien ponerme a cantar y grabar lo que canto, escuchándolo y tratándolo de hacer mejor las siguientes versiones. Las emociones se aquietan, se despejan y la mente cesa de maquinar ideaciones que nos dañan. Quedarse yendo de la emoción a la mente y de la mente a la emoción puede ser una trampa peligrosa.

♦ Es muy importante que tu actitud se mantenga considerando este tiempo como un retiro, o como un entrenamiento especial para el conocimiento de tu realidad interna. Procura aprender algo nuevo y, si es necesario, apunta a transformar tu modo de alimentarte, fortalecer tus afectos aunque sea a través de medios virtuales, darle descanso a tu cuerpo si te fuera posible de un modo regular y rítmico (cómo lo hace la naturaleza); inicia un proceso terapéutico online que pueda servirte de apoyo para este cambio profundo que quieras generar en tu modo de ser; cuídate de la información excesiva, de las manipulaciones que el sistema impone, de las personas que no estén dispuestas a hacer nada bueno y te roben energía vital sin beneficio para nadie.

♦ Encuentra tu propio modo de ser un activista para el tiempo presente y para el porvenir, particularmente en aquellas causas que más te convoquen: los niños, los mayores, los animales, el medioambiente, la violencia de género, la gente en situación de calle… Puedes hacerlo mediante acciones de ayuda concretas y materiales (tal como la colaboración con quienes estén en situación de vulnerabilidad, acompañar por teléfono o por medios virtuales a personas mayores o a quienes estén con menos recursos internos que aquellos con los que cuentas, para calmar su soledad, sus miedos, sus tristezas). Pero otro modo es generando belleza: leyendo un cuento o un poema para que circule por WhatasApp, filmar algo hermoso y hacerlo circular por las redes… Poliniza al otro con belleza y gestos gentiles. El altruismo trae alegría, satisfacción, contento.

♦ Así como en distintas tradiciones se agradecen los alimentos antes de la comida, procura generar el hábito de la gratitud intencional como una práctica, valorando todo lo que sí hay en tu vida, e inclusive dando gracias explícitas a personas de tu presente o de tu pasado que merezcan recibir tu reconocimiento.

♦ Por último, es importante que cada día te brindes momentos de autocentramiento en la quietud y el silencio. Eso genera un parámetro para advertir cuando te estés saliendo de tu centro, socorriéndote de la inconsciencia y de sus consecuencias. Puedes hacerlo premeditadamente dos veces al día, o haciendo un stop en las horas pares, aunque más no sea quedándote de pie y balanceándote mientras observas más cabalmente todo lo que se mueve en tu interior. Estarás fortaleciendo tu atención y tu capacidad de desidentificarte de los pensamientos, las emociones y las sensaciones, para no quedar secuestrado por los estados internos.

Te dejo aquí el enlace de una práctica qué puede quizás ayudarte en este propósito:

Espero que todo esto te sea de buena compañía.
¡Va aquí mi abrazo para que lo tomes cada vez que lo necesites!

Leé también: Gente polinizando gente.

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