Sophia - Despliega el Alma

POR Virginia Gawel - Columnistas

24 octubre, 2016

Encontrar lo extraordinario

Una enseñanza de vida casual, a domicilio, es el punto de partida para la nueva columna de Virginia. Porque, para iluminar el alma, basta con echar por tierra los prejuicios: solo así se podrá reconocer la luz que brilla aun en medio de la podredumbre.

Quiero avisar que lo que compartiré es una historia no muy glamorosa. Pero me pareció tan valioso esto que me pasó, que anhelo convidarla. Así que… ¡allí voy!

Estoy haciendo construir en mi casa (que está ubicada en el campo), un salón para grupos de estudio. Desde hace tres meses, todos los días tengo a mi alrededor una danza de hombres que realizan todo tipo de trabajo: albañiles, pintores, herrero, electricista, plomero…

Hace un par de semanas tuve que llamar a una empresa para vaciar el pozo ciego y así poder conectar los caños del baño que tendrá la sala. (En los pueblos del interior no hay cloacas, sino que es “a la antigua”, con pozos hacia donde drenan los fluidos del baño. Me explico, ¿no?) Llegó entonces el camión cisterna que, eufemísticamente, porta un enorme cilindro de metal que tiene un nombre más elegante: “tanque atmosférico”. (Disculpen los detalles, pero hacen al corazón de la historia).

Del camión bajaron dos hombres: uno muy, muy bajito, morocho, de bigotes; el otro muy, muy alto, muy, muy delgado, con la piel muy, muy blanca y los ojos muy, muy verdes. No sabría calcular la edad, pero diría que andaba entre los 55 y 60 años. Se notaba que era el que tenía la mayor responsabilidad en la tarea. Los hice pasar, y a través de las ventanas cada tanto los observaba trabajar. Me llamó la atención la expresión del señor alto: su rostro irradiaba una sonrisa todo el tiempo, una  mirada luminosa. Vi que se había ocupado de destapar los resumideros de la cocina (lo cual no era parte de su obligación), y que le ponía a su trabajo (un trabajo que muchos desdeñarían) la misma atención e intención que si estuviera diseñando un jardín Zen, o atendiendo un comedor escolar. “Afable”, sería la palabra. Y así, su actitud diáfana parecía neutralizar los olores inevitables con los que su tarea lo impregnaban. En mi casa, ese día. Y otros días en muchas otras casas. Y ayer, y mañana. Siempre esa misma tarea. “Un trabajo de m…”, dirían muchos. Evidentemente, ¡no él!

A los cuarenta minutos vi que estaba ya enrollando hacia el camión el manguerón inmenso, larguísimo, de boca muy ancha. La tarea había sido cumplida. Entonces me acerqué hasta el camión para resolver el pago, y… cuál no fue mi sorpresa cuando su voz me paró en seco. Me miró al rosto con la misma afabilidad, y, más que preguntarme, afirmó: “Usted sabe de mantras”. (Para quienes no conozcan la palabra, define a oraciones que se repiten en estado meditativo, y que provienen de distintas Tradiciones de Oriente, generalmente en pali, sánscrito o tibetano, con una intención espiritual). Yo abrí los ojos como para despertarme de algo tan surrealista. Entonces le dije: “¿Y usted cómo sabe que yo sé algo de eso?”.

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Tengo que poner punto y aparte, porque la frase que este hombre largó al aire como quien avienta un pájaro es la razón de todo esto que les cuento. Apoyó la manguera en el piso y, mirándome de modo luminoso, me dijo: “Detrás de lo ordinario se encuentra lo extraordinario”. 

Ignoro qué respondí yo: una nube de perplejidad difumina mi memoria. Sé que le pregunté algo, y él, con un gesto de su cabeza, me dio a entender que no hablaría de “eso” frente al señor bajito. Entonces entró hacia mi jardín y me contó sobre sus exploraciones autodidactas con mantras, respiración, posturas de yoga, y otras búsquedas profundas. Me contó experiencias que estoy segura de que no convidaba a nadie. Y allí estábamos, con un olor que no era exactamente a sahumerio, pero a la vez con un aroma sagrado. Recordé a la flor de loto, nacida de la podredumbre, transmutada en pétalos rosados que se vuelven cada vez más blancos a medida que madura la flor.

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Jamás olvidaré esa escena.

Le pregunté si usaba internet, y me dijo que no. Luego se fue tan sonriente como había llegado. ¡A esto sí que le llamo “lecciones de espiritualidad a domicilio”! No sólo lo que me contó, sino su actitud, su radiancia, su capacidad de observación que quizás le hizo notar un mínimo y lejano símbolo del “Om” que hay en mi puerta (y que mide no más de siete centímetros). Pero la lección más importante para mí es ésa: “Detrás de lo ordinario se encuentra lo extraordinario”. Un pensamiento que neutraliza todo prejuicio, que abre la conciencia hacia la apreciación, el asombro y la gratitud.

“Detrás de lo ordinario se encuentra lo extraordinario”. Siempre. Sólo hay que recordarlo, saber hallarlo. Y si en la vida nos toca ocupar un rol, una situación, una instancia, esté o no está a la altura de lo que hubiéramos esperado (en cualquier área de la vida), es nuestra actitud interna la que puede hallar en ella profundas luminosidades. Es nuestra actitud interna la que convierte lo ordinario en extraordinario, lo profano en sagrado.

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