Sophia - Despliega el Alma

POR Miguel Espeche - Hablemos de...

14 junio, 2013

Enamorarse


Está bueno enamorarse. Sentir lo que se siente cuando aparece esa sensación de la que tanto se habla, se escribe, se recita y se canta por ahí.

No me voy a poner a describir el enamoramiento. Si quien esto lee no lo ha sentido, pues bien, vaya, enamórese y siga luego leyendo cuando tenga registrada esa vivencia, sin duda luminosa.

Debo decir que, más allá de lo lindo y extático que es enamorarse, mucha gente teme entregarse a ese sentir. Es que, cuando se abre la ventana del enamoramiento, los pájaros vuelan y, erróneamente, muchos asocian eso a la locura, y, sobre todo, a la pena futura asegurada, una vez que asomen otras realidades de los involucrados.

Es verdad: enamorarse es como una loca aventura, pero, como dice Chesterton: “La aventura podrá ser loca, pero el aventurero, para llevarla a cabo, ha de ser cuerdo.” En ese sentido, al embarcarnos  en un “metejón”, elegimos con quién hacerlo, y en esa elección está cifrada la forma que tenemos de ver y valorar la vida y las personas. En general, lo que se distorsiona es esa manera de valorar a los otros y a uno mismo. Sin embargo, se le echa la culpa al enamorarse por los líos que se arman en las relaciones. No es tirándole agua fría al enamoramiento, sino limpiando de distorsiones nuestra manera de valorar las cosas, como se lograrán mejores resultados a la hora del amor.

Lo lindo es enamorarse sin temor. Tanto se dice que tras el enamorarse viene la desilusión que los consultorios de psicoterapia se han llenado de “desencantados preventivos”. Se trata de personas que creen, como dije antes, que tras el enamoramiento llegan la desazón y la traición, por lo que afirman: “Para eso, me desencanto de entrada y soluciono la cosa”. Claro, luego no saben porqué andan tan tristes y llenos de cinismo militante, sin encontrar dónde afincar sus sentimientos.

Nos enamoramos cuando percibimos a la vida y las personas con lo milagroso que traen consigo. Pero no podemos mirar tan fijamente la luz todo el tiempo y nos encontramos con las sombras. Claro, lo que pasó en el día no deja de ser verdad cuando viene la noche. Solo que hay que “bancar” y hasta valorar lo oscuro, sin por ello desacreditar lo luminoso.

Lo antedicho va para las penas de amor que surgen cuando viene el después del inicio fulgurante. Podemos pensar que no fue errado lo que vimos en el otro y en nosotros mismos al enamorarnos, pero, en esos casos, no siempre aquello visto puede –o quiere– ser sostenido cuando las cosas se complejizan al pasar el tiempo.

Vale evaluar una mirada que no culpe al enamoramiento de ceguera, sino que lo honre por lo que es de verdad. Me suena muy corrosivo el decir que siempre el enamoramiento se equivoca, y que la “realidad” viene cuando este pasa. En un sentido, es real, pero demasiados están entendiendo mal esa premisa culpando al enamorarse de cuestiones que no le son propias, ya que responden a otro tipo de yerros y confusiones.

En definitiva, es mejor ofrecerle inteligencia al enamoramiento antes que desacreditarlo metódicamente. No es loco enamorarse. Locos son, a veces, los mapas de la vida que tenemos, que nos hacen valorar lo que no es valioso y sembrar sobre el pavimento.

Enamorarse, por otro lado, no es patrimonio de lo novedoso, pero solo se produce cuando miramos al otro con mirada nueva, dándonos cuenta de lo que se oculta en lo cotidiano. Por eso, tras la lectura de estas líneas, la propuesta es desempolvar el corazón y la mirada para dejar que brillen los afectos, los que se asoman por vez primera, o los de toda la vida, esos que dan sentido a la cotidianidad, aunque a veces lo olvidemos.

ETIQUETAS amor

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