Sophia - Despliega el Alma

POR Miguel Espeche - Hablemos de...

14 julio, 2014

Elogio de la certeza

Hace unos días me dijeron que es importante dudar de las propias certezas para evitar el pecado de la soberbia, y no era la primera vez que recibía ese mensaje. De hecho, desde que soy chico me han dicho que es bueno dudar de la propia certidumbre como humilde signo de apertura a lo nuevo o diverso. De acuerdo con esta mirada, la certeza cerraría la entrada a nuestra conciencia de una perspectiva diferente, llevándonos a la soberbia y al fanatismo, generando peleas, cerrazones, guerras y desencuentros.

Algo hizo que no me sintiera cómodo con el consejo. De hecho, nunca me sentí cómodo con este tipo de ideas, sobre todo viendo sus efectos. Es que trabajo todo el tiempo con quienes sufren por no poder habitar una certeza, atrapados por la duda industrial que, disfrazada de humildad o de inteligencia, licúa acciones, presencias, amores y vivencias de esas que hacen que nos sintamos marcando un lugar en el mundo.

Cuando hay que tomar una decisión y elegir algo en vez de titubear frente a todo, el miedo a la responsabilidad de hacerlo paraliza porque, creyendo que la duda es un buen instrumento, lo que se logra es una vivencia de agobio e inacción. Un ejemplo es la creciente existencia de padres que, erradamente, creen ser buenos y honestos con sus hijos pequeños cuando los participan de todas sus dudas y vacilaciones. No se percatan de que se salen del rol cuando actúan de esa manera. Es que los hijos requieren, de parte de sus padres, un mínimo de certezas y capacidad de gestión. Es mejor correr el riesgo de equivocarse en las decisiones que, por miedo a fallar o a quedar mal, llenar de angustia a sus hijos, agobiándolos con dudas y relatividades.

Existe una suerte de campaña que, desde hace años, se dedica a poner en jaque todas las certidumbres, lo que genera una nueva creencia indiscutible: que nada es definitivamente cierto en esta vida, salvo la duda, de la que no se duda. En realidad, esta perspectiva atenta contra el creer como función esencial de los humanos, más que contra aquello en lo que se cree. Esto último me parece grave.

Occidente ha parido ya varias generaciones de dubitativos crónicos que compraron la idea de que la corrosión de toda certeza indica inteligencia y apertura. La angustia que eso genera es visible, porque parecemos presos entre la cerrazón de la certeza boba y la resbalosa realidad del cinismo descreído; una buena fórmula para dominar a la gente, doblegando su alma con el descreimiento a perpetuidad.

La caricatura que muestra a todo aquel que tenga certezas como rígido y cerrado es una manipulación. En realidad, las certezas valen mucho, sobre todo cuando estamos abiertos a nutrirlas con las certezas de los otros y los datos que la realidad nos ofrece.

En el edificio de nuestro pensamiento las certezas han ido trasmutando, nutridas por lo que la vida nos fue ofreciendo. Si no nos cerramos a lo nuevo, podemos habitar nuestras certidumbres sin tenerles miedo. Es cierto aquello de que “nada se pierde, todo se transforma”, pero sin la arcilla inicial de la certeza, no tendremos nada que transformar, y pisaremos sobre un vacío estéril, creyendo que al hacerlo somos abiertos y humildes, lo que (creo, quizá, tal vez, me parece) no es cierto.

ETIQUETAS certidumbre

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