Sophia - Despliega el Alma

POR Miguel Espeche - Hablemos de...

14 abril, 2013

Elogio al «qué dirán»


Desde que soy chico me vienen diciendo que el “qué dirán” es sinónimo de mala onda y que hay que ser indiferente a él.

Ahora, de grande, sigo viendo y leyendo a quienes claman a los cuatro vientos que no les importa el decir ajeno, al que suponen (con razón a veces, y otras no) malintencionado, chismoso y tonto.

¿Quién no ha leído declaraciones de actores, músicos o, inclusive, de intelectuales o psicólogos que promueven la indiferencia respecto del decir ajeno, como si esa fuera la manera de lograr el propio decir y el propio hacer? ¿Quién no los envidia a ellos, imaginando cómo sería, realmente, ser impermeable a la palabra de los otros y, sobre todo, tener una personalidad de tal magnitud y nitidez que transformara la palabra y la mirada ajena en una nada total y absoluta?

Bueno… acá vengo a decir que me encanta el “qué dirán”. Y digo, también, que más allá de que a veces es venenoso y hasta maligno, es mejor tener en cuenta el “qué dirán” que hacer como que no existe. Obviamente, “tener en cuenta” no es sinónimo de “someterse”, si bien en muchas ocasiones se vende la idea de que tomar en consideración a los otros significa dejar de ser uno mismo. Se promueve así la noción de que hay una competencia entre el “yo” y el “otro”, un concepto que es un total desatino y hace estragos a nivel social porque, digámoslo, no hay “yo” si no hay “otro”.

La persona a quien el “qué dirán” no le importe nada corre riesgos de transformarse en un egoísta insufrible. Asimismo, el que hace oídos sordos al decir ajeno de manera total y absoluta, sin un filtro que lo ayude a discernir la calidad de ese decir, corre también el riesgo de hacer macanas, ya que, por ejemplo, las advertencias de los otros sirven para evitar muchos tropiezos.

La individuocracia que nos pretende gobernar siempre se refiere a los problemas que surgen de las cosas vinculares, y nunca apunta a lo bendito que es el hecho de que nos vinculamos. Todo vínculo se establece a través de “decires” propios y ajenos que constituyen a la persona (sin vínculo, no hay persona) y lo acompañan como un alimento psicológico esencial. Todo alimento puede ser de buena o mala calidad, pero el alimento es sin duda imprescindible, tanto para el cuerpo como para el alma.

Es verdad que ha existido y existe mucha crueldad en el “qué dirán”. Por ejemplo, alguna vez espié algún programa de la tarde y quedé desagradado por los comentarios de orden chimenteril de baja calidad que cosifican a las personas. Me recordaban lo peor del “qué dirán” barrial o pueblerino, ese que somete a parámetros pobrísimos a la creatividad y la particularidad de las personas.

El “qué dirán” es positivo en sí mismo, inclusive si hay que combatir sus malas maneras o su intención de dominar lo social con parámetros bastardos. Eso no es culpa de la existencia del decir de los otros, sino que es culpa de algunos otros que dicen con maldad o bajeza lo suyo.

Por todo esto, espero que mi columna les guste. Me importa que les interese lo que digo y lo encuentren interesante. Es estimulante. Y si no les gusta, también me importa (por más que duela), ya que supongo que en su mirada habita la buena intención. Es que, en lo que al decir ajeno se refiere, lo importante es la intención ya que si esta no fuera buena, allí sí, no importa lo que se diga porque “a palabras necias, oídos sordos”.

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