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El valor supremo de la indignación

¿Podemos aprender a enojarnos "bien"? ¿Cómo entrenarnos en ese difícil arte? No dejes pasar la gran oportunidad de darle lugar a la indignación, una herramienta fundamental para defendernos de aquello que nos ofende.

Enojarnos es una necesidad y un derecho, sostiene Virginia. Foto: Pexels.

El enojo tiene mala prensa. Sin embargo, así como puede ser muy bueno tener un perro guardián en casa, bien educado, tener dentro nuestro un buen entrenamiento en el arte de enojarnos es indispensable. En torno al enojo, desde ya, hay emociones que dañan hacia afuera y dañan hacia adentro: la ira, la venganza, los arranques coléricos, el malhumor hediondo como un estado emocional habitual, untándolo todo con fastidio…

Tener ese perro guardián entrenado requeriría ir puliendo la herramienta del enojo hasta volvernos buenos obreros con ella, tal como quien maneja con precisión un cincel para esculpir. Aristóteles no se privó de nada cuando dijo: «Cualquiera puede enojarse, eso es algo muy sencillo. Pero enojarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo».

Dentro de ello, hay una variante del enojo que merece altísimo respeto: la indignación. In-dignación significa: “Yo no soy digno de este abuso”, “Nosotros no somos dignos de esta traición”. No in-dignarse cuando nos dañan inmerecidamente señala una falla en nuestro sistema inmunológico psíquico: perdimos la habilidad para defendernos de lo ofensivo.

La consecuencia de eso es el repetido avasallamiento, tanto en la vida íntima como en la vida colectiva. La palabra avasallar tiene el significado de «someter a obediencia»: viene de a + vasallo + ar. La noción de “vasallo” se remonta a la época del feudalismo, donde el Señor podía ordenar a sus sirvientes (o ejecutarlos, si no servían). Más recientemente, quedó entre sus significados: “Que está bajo una autoridad absoluta, no democrática.” Eso también se llama esclavitud, sojuzgamiento, y vale para cualquier plano relacional, cualquier vínculo, individual o colectivo, en el que perdamos la categoría de personas. ¡Quien no se indigna parece terminar siendo digno del trato indignante que reciba! Pues… ¡si no lo eres, no lo seas!

«Cualquiera puede enojarse, eso es algo muy sencillo. Pero enojarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo».
Aristóteles

Sí: cuando eso sucede con un individuo, tanto como con un colectivo de gente, se está en una triste situación. Recuperar la habilidad para indignarnos nos devuelve al lugar de dignidad. Pero para que eso suceda la in-dignación necesita ser manifestada, que se vuelva efectiva. De a poco, de a muchos, cada día, como sea posible. Pues cuando la indignación se queda haciendo remolinos en nuestro estómago, nos damos una auto-estocada que a veces puede ser mortal.

La indignación es el principio de la filosofía de la no-violencia. De hecho, el Mahatma Gandhi inventó un neologismo para darle nombre: Satyagraha. El término, que puede traducirse como «insistencia en la verdad», «fuerza del alma» o «fuerza de la verdad» (proviene de satya, ‘verdad’, y agraha, ‘insistencia’). Representa la lucha, la resistencia y la desobediencia civil realizadas de manera organizada, con objetivos ético-políticos o aun en asuntos vinculares, con una dimensión espiritual.

Mahatma Gandhi, creador del término Satyagraha, que significa «fuerza del alma». 

Así es con una dimensión espiritual porque, ante lo injusto, ante lo ofensivo, lo que está siendo sojuzgado es, en última instancia, la porción del Todo que hay en mí, en ti, en cada uno de nosotros. “Eso no es digno de este trato. No lo permitiré, apoyándome en la fuerza de la verdad, sostenida por mi espíritu”. Gandhi llamó a su filosofía de acción y de vida Ahimsa, una palabra del sánscrito que implica el concepto filosófico que aboga por la-no violencia y el respeto a la vida. Es lo contrario a himsa (violencia, querer dañar o perjudicar).

Mas, cuando hablamos de “respeto a la vida”, también implica tener el valor de indignarse cuando la vida que no es respetada es la mía, la que porto en mi cuerpo para que atraviese la experiencia humana. Defender el respeto por la vida, por lo tanto, implica también la actitud innegociable de defender el respeto… hacia mí. ¡¡¡Inclusive de mí hacia mí misma, cuando yo misma me falto el respeto!!! Y, justamente, una de las definiciones de “respeto” es “consideración de que algo es digno”.

«Recuperar la habilidad para indignarnos nos devuelve al lugar de dignidad. Pero para que eso suceda la in-dignación necesita ser manifestada, que se vuelva efectiva. De a poco, de a muchos, cada día, como sea posible».

Bregar por hacer efectivo el respeto hacia lo digno, adentro y afuera. Cuando confiamos en la validez de ese enojo refinado, trabajado, necesario, vamos desarrollando la destreza para poner límites, y la confianza en que hacerlo no nos convierte en malas personas. (De hecho, ¡provocar este último sentimiento culposo es un arte nefasto de los manipuladores psicopáticos!). ¡A sacudirse la culpa injusta con el mismo vigor con el que el perro se sacude la lluvia que cayó sobre su piel!

El símbolo de Ahimsa es una mano que parece decir: “¡Alto!”. Mansamente, pero de manera inclaudicable. Saber decir “basta” puede ser toda la sabiduría necesaria para que nuestra vida gire 180°. ¿Es difícil? ¡¡¡Pero claro que es difícil!!! Es difícil graduarse de cualquier profesión. Pero poniéndole empeño, nos graduamos. Y tal vez la vida no se trate sino de eso: graduarnos de nosotros mismos. Al hacerlo, lo personal se vuelve nítidamente valioso y, por lo tanto, vuelve valiosa a sus relaciones, e inclusive a su sociedad, a su época.

Gandhi también dijo: “El objetivo principal de la vida es vivir correctamente, pensar correctamente, actuar correctamente». Pero, cuidado: también para con nosotros mismos. También para con nosotros mismos. Eso es el fin del autoodio. Vamos: te acompaño a decir que no, a decir que sí, a alzar la mano y decir “STOP”. Sin palabras o con ellas. “NUNCA MÁS”.

El símbolo de Ahimsa, un dibujo de una mano que parece decir “¡Alto!”.

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