Sophia - Despliega el Alma

POR Virginia Gawel - Columnistas

2 octubre, 2020

El río de mi abuelo: un antídoto contra la adversidad

¿Cómo convertir la desventaja en dicha y buenaventura? Esta es la historia de un hombre proveniente de Polonia que, a fuerza de tesón, cavó con sus propias manos los cimientos de un destino próspero y feliz en su tierra personal.

Agüita nueva corría por el río de mi abuelo, regando los árboles bajo los que jugábamos de chicos con mi hermano y cuanto niño quisiera sumarse a la partida…

Y esta modesta historia creo que nos habla de eso: de que el tema no es dónde te coloca la vida; el tema es de qué manera, aun a lo desafiante o aparentemente desventajoso, lo pones a jugar a tu favor.

¿Me acompañas a mi infancia?

Te cuento: me crie en una colonia de polacos (un campo al lado del otro, y del otro, y del otro…). Ni bien se podía, o en fechas especiales como las Pascuas, todos se reunían a celebrar con sus cantos, sus danzas, su azucarado idioma… Todos se prestaban a todos las herramientas, el arado, los caballos de tiro… Todos cuidaban al vulnerable, pues además uno podía ser el próximo vulnerable en necesitar cuidado. Cuando uno enviudaba, enviudaban todos. El sentido de comunidad lo mamé en esa red humana que se sostenía más allá de desacuerdos interpersonales, malentendidos y todo lo que acontece en los vínculos: ¡la red era mucho más fuerte que cualquier hilo!

En ese contexto es que, cuando el primer polaco de los años 40 vislumbró estas tierras, gestionó crédito para todos ellos. Consiguieron buen precio porque el anterior dueño de esos campos, ni bien vio quiénes eran sus clientes, recibió garantías: “Yo sé que cuando paso con mi avioneta están todos los polacos con el trasero hacia el cielo, trabajando la tierra, todos los días”. (Podría haber sido más glamoroso, pero esas fueron sus palabras, y yo tengo que ser fiel a la historia).

Así se estableció esa colonia, repartiéndose las parcelas como se pudiera, en un pueblo que está lleno de colinas con gentil declive (algo poco común en la zona). Las parcelas no eran muy grandes (3 ó 4 hectáreas, es decir, 3 ó 4 manzanas de ciudad) y en ese pequeño predio cada uno debía gestar la subsistencia de su familia en la ardua exigencia del laborioso campesino: sin feriado, sin domingo, sin descanso ni con frío ni asándose ante el surco…

Granjeros simples, agradecidos de tener un lugar en el mundo donde la guerra no los ensordeciera, como en la perdida Polonia que se había quedado con un dedo de mi abuelo, volado por una granada. Allí nos criamos mi hermanito mayor y yo, con mamá y papá, y mis abuelos paternos: pioneros rurales, estoicos y sólidos, íntegros y veraces.

Pero lo que quiero contarte en especial es esto: en el reparto de terrenos, a mi abuelo Francisco le tocó justo uno que estaba en una hondonada; todos los demás vecinos tenían sus terrenos más altos, y en ese pequeño valle mis abuelos construyeron su modestísima -pero impecable- casa de barro con techo de chapa. ¿Y cuál era el problema? ¡Que cada vez que llovía el agua inundaba el campo de mi abuelo! Todo se convertía en una sopa de tierra en la que flotaban los recién plantados brotes de batata o ahogados limones, y obligaba a los animales de la granja a refugiarse arriba de los árboles, o tan alto como pudieran.

Un valle no tiene remedio, claro: será un valle para siempre.

Pero ciertas cosas que parecen irremediables pueden encontrar su antídoto en el ejercicio de la inteligencia… y de la voluntad. Sobre todo cuando uno no tiene lástima de sí mismo y cuenta con ese capital de energía para ser el héroe de su propia aventura.

¿Qué hizo mi abuelo? ¡Un río!

Poco a poco, él solito, con esa obstinación de no pedir ayuda que heredamos nosotros, ¡para cambiarla! Con la pala empujada a fuerza de tesón, cavó la tierra cada vez que las tormentas la volvían más blanda. De modo que, cuando nosotros nacimos, ya la obra estaba concluida: cada vez que llovía, mi madre nos vestía apropiadamente para que disfrutáramos de la lluvia sin ninguna sentencia, tal como el “¡¡No salgan, que llueve; se van a enfermar!!”.

La lluvia era una fiesta llena de música, de ranas, de barrito para amasar, de paisaje cotidiano transfigurado… Y a unos cien metros de la casa nacía para nosotros él: el río de mi abuelo. Invisible durante la seca, la lluvia le daba vida, cuerpo, consistencia… y nosotros íbamos a sorber su asombro, a sumergir en el agua la lanchita plástica que mi hermano obtuvo al comprar un chupetín (y quedaba reservada solo para esa ocasión), a botar barquitos de papel cuidadosamente confeccionados, a arrojar palitos y piedras para ver cómo la onda se expandía de orilla a orilla como la falda de una princesa…

Todos mis primos amaron ese río: el río invisible del abuelo, que aparecía solo cuando llovía. Pero era más que eso: era nuestra felicidad, pero también era el modo en que mi abuelo capturaba el humus fértil que la lluvia lavaba de las granjas vecinas. Mi abuelo había convertido su desventaja en una ocasión de dicha, de buenaventura… y de prosperidad.  Y tal vez lo hizo solo como diciéndole a la vida: “¿Ves? ¡El dedo que me quitaste se lo quedó la guerra, pero yo estoy en paz, y entero!”.

Tal vez no era un río: tal vez era solo un arroyo, un canal. Pero, lo que un niño ve, es como lo ve el niño y eso no se discute cuando uno se vuelve grande y estrecho. Por eso no era “el arroyo del abuelo”. Como canta Serrat en Barquito de papel: “Cuando el canal era un río / cuando el estanque era el mar / y navegar / era jugar con el viento / era una sonrisa a tiempo…”.

Aprendí muchas cosas de mis abuelos: los amé para siempre (y siempre es aún ahora, e inclusive cuando de aquí me vaya). Este es uno de los regalos que mi abuelo Francisco me dijo cada vez que lo necesité: “¡Hazte tu río, captura lo fértil!”

Ahora bien: ¿y tú? ¿Cómo es tu tierra personal en este tiempo desafiante? ¿El agua arrecia, y cosas que valoras están flotando como a la deriva? ¿O la lluvia te ha desprovisto de tu fertilidad? No te dejes solo en la tormenta, ni te sientas desamparado: fíjate cómo con tu modesta pala cavar tu río. Pide ayuda si hace falta (¡no como mi abuelo!).

Las fertilidades que este tiempo deje en tu tierra lucirán más adelante bajo la forma de doradas naranjas, flores impetuosas, árboles verdísimos… aunque ahora eso parezca impensable. Así fue siempre. Así será.

Hoy te presté nuestro río para que no te abrume la creciente. Traje mi pala: cavemos juntos la tierra húmeda. Labremos el milagro de convertir el diluvio en buena ventura, y juguemos juntos: somos muchos, cantando nuestras canciones, hablando nuestro propio idioma, tejidos en una red más fuerte que cualquiera de sus hilos.

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