Sophia - Despliega el Alma

POR Virginia Gawel - Columnistas

30 abril, 2020

El que es fiel a sí mismo

Vivir al servicio de algo más grande, ser activista de una mejor humanidad, hablar y callar cuando hace falta, reconocer y practicar el amor sincero... ¿Cómo es aquel que ha decidido ir por la vida sin traicionarse?

Hace su vida, tocando otras vidas para despejar las densidades del mundo. Mantiene su centro. No discute su derecho a ser: es. No porque se aferre a la inflexible armadura de su ego; al contrario: ya ha descubierto que el ego no es el Sí Mismo, sino una precaria estructura que todos armamos para atravesar los primeros tramos del camino.

(Muchos mueren existiendo desde ese precario ego, pero la Tarea es desnudarnos de su escudo y nacernos de nuevo, libres de sus grilletes).

El que es fiel a sí mismo desarrolla modestos poderes:

-No decir que sí cuando adentro sabe que no; no decir que no cuando el sí debe ser plantado, firme como un mojón.

-No ser pordiosero de amor, con la mano extendida para la caricia que se desliza como limosna: declina el afecto que se ruega, o el que se paga con sumisión, con autoanulación, con sobreadaptación; da su amor, se lo da a sí mismo, y reconoce el amor sincero que no se gana por negociar la propia identidad;

-Vivir no solo para sí, sino en servicio de algo más Grande; asume las urgencias de su época, y, así como el agua activa a las semillas para que germinen, activa con su gesto a quienes aún no se habían dado cuenta de que todos vinimos a ser activistas para que la Humanidad evolucione.

-Retroceder en el tiempo como una flecha que retorna al arco, para reparar a quien haya lastimado, para darse disculpas por sus erróneas decisiones del pasado, para hacerse cargo de lo que en su momento evitó asumir, para dar las gracias a quien le hubiera servido.

El que es fiel a sí mismo ha sido rechazado en distintos lugares, por muchas personas, a diferentes edades de su biografía. Es más, le sucede hoy, y sabe que le sucederá mañana. Pero ha desarrollado un anticuerpo del espíritu para lo que antes era un veneno. Le duele, (porque es solo un humano), pero no lo mata. Lo detiene un instante, (porque es solo un humano), pero sigue caminando. Pues ha asumido esta premisa: cada persona tiene un íntimo Destino, un íntimo quehacer; por lo tanto, el hacer de cada persona es insustituible.

Quien elige cumplir con su Destino, entonces, no encajará fácilmente en el entorno, fabricado más bien para quien funciona desde los condicionamientos, desde sus automatismos implantados por el Sistema.

(Al Sistema le conviene que seamos masivos en vez de singulares, pegoteados en vez de reunidos, antagónicos en perpetua pelea unos contra otros, en vez de complementarios).

Así, el que es fiel a sí mismo encaja entre quienes han descubierto que no vinimos a este mundo para encajar en él, sino para donar nuestra cuota –pequeñita o no–que lo ayude a evolucionar hacia una nueva vuelta de espiral consciente.

Renunciar a encajar en la trampa del Sistema es parte de la libertad del ser leal a su Esencia.

No pretende destacarse, pues sabe del enorme valor de ser anónimo para alentar la Vida deslizándose silencioso por el mundo. Pero si su Tarea le pide que sea bien visible, bien audible, bien brillante, tomará con hidalguía esa función y la cumplirá para el bien de todos, sin buscar alabanzas a su persona. Eso también es parte de su libertad: puede callarse y puede hablar, puede estar entre las butacas del público o erguido en el escenario, puede hacer los estribillos del coro o ser la voz cantante enfocada por las luminarias.

Tiene miedos, ¡claro! Pero los miedos no lo tienen a él. No aspira a carecer de temores. Los temores se le vuelven, entonces, consejeros para susurrarles lo que la Prudencia aconseja.

Sufre, padece, ¡claro! Pero no todo él padece: reconoce en sí mismo una parte tan honda que permanece intocada por cualquier acontecimiento, cualquier dolor, cualquier añoranza, cualquier injuria recibida, cualquier resquebrajamiento de su cuerpo carnal. Puede habitar en esa parte serena cuando todo es tempestad. Y cuando le toca irse de este mundo, desde allí se va, diciéndole adiós a lo impermanente, descansando en aquello que no puede morir, porque es donde ha estado siempre –pero siempre– Vivo para servir a la Vida con los demás.

Para compartir:

Como siempre, te pregunto: ¿tiene este tema algo que ver con tu vida? Y te invito a cliquear aquí para acceder a un breve video que busca acompañarte en el Camino.

Me quedo aquí, escuchando lo que quieras contarme.

 

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