Sophia - Despliega el Alma

POR Maritchu Seitún - Columnistas

27 junio, 2019

El peligro de los ogros virtuales

A diferencia del hombre de la bolsa y el cuco, estos nuevos malos no son un invento de los padres: se trata de personas de carne y hueso que acechan detrás de las pantallas. Claves para reflexionar sobre este fenómeno y ayudar a los chicos a tener experiencias más seguras.

El hombre de la bolsa es un mito, una leyenda que pasó de generación de generación como intento de controlar la conducta de los niños. Cuando éramos chicos nuestros padres nos amenazaban con él.  No sabíamos cómo era, pero nos daba miedo por lo que ellos nos decían: que nos iba a venir a buscar para meternos en esa bolsa y llevarnos si no hacíamos caso, o que nos podía secuestrar en la calle si nos alejábamos demasiado de casa.

No recuerdo una imagen concreta del hombre de la bolsa, sólo la que yo imaginaba: un vagabundo, sucio y desaliñado con una bolsa de arpillera al hombro. Cuando lo re-pienso, me doy cuenta de que era bastante traumático: “portáte como nosotros queremos o llamo al hombre de la bolsa para que te lleve”, o  “no te alejes mucho de casa porque te va a llevar”.

“El hombre de la bolsa es un mito, una leyenda que pasó de generación de generación como intento de controlar la conducta de los niños”.

Nuestros padres no sabían  mucho sobre la importancia de ofrecernos seguridad y amor incondicional: de hecho, nos querían así pero no lo  mostraban y usaban el miedo y las condiciones para controlar nuestra conducta, o la amenaza de secuestro para mantenernos seguros cerca de casa. Que nos amenazaran nuestros padres era duro, pero teníamos algo de control de la situación, porque bastaba con quedarnos cerca y portarnos bien para que ese sujeto no se presentara.

Crecer online

Al crecer, dejábamos de creer en el hombre de la bolsa y las amenazas cambiaban a “te voy a poner pupilo en Quilmes (o Luján o Córdoba según la gravedad del caso) si te seguís portando así”.  A las chicas nos alertaban acerca de los exhibicionistas en la calle y los colegios estaban atentos a que no merodearan, porque esos sujetos eran reales, de carne y hueso.  Por suerte nos avisaban: muchas de nosotras tuvimos encuentros cercanos con alguno de ellos y saber del tema nos ayudó a protegernos, a saber qué hacer, a buscar ayuda.

“Momo le ha quitado el sueño y la tranquilidad a unos cuantos niños y a unos cuantos padres que, ante su aparición, toman conciencia de lo fácilmente violable que es la red de seguridad que ofrecen a sus hijos”.   

Con las redes y la tecnología, los fantasmas —como el hombre de la bolsa— se multiplican exponencialmente y ya no los presentan los padres, ni se usan para que los chicos estén seguros y/o se porten bien. Y lo mismo ocurre con las amenazas de personas reales: pasan a conectarse con los chicos sin que chicos ni adultos podamos controlarlo.

Hoy ya no alcanza con portarse bien y evitar las calles alejadas o poco transitadas para que queden protegidos de encuentros que asustan, ponen a los chicos en peligro y dejan secuelas.

Momo, con su cara inolvidable (¡por lo terrorífica!) aparece en las redes y se cuela en los dibujitos animados en el momento menos pensado y quiebra la “incubadora” de confianza que intentamos ofrecer a nuestros chiquitos. Le ha quitado el sueño y la tranquilidad a unos cuantos niños y a unos cuantos padres que, ante su aparición, toman conciencia de lo fácilmente violable que es la red de seguridad que ofrecen a sus hijos.

La situación no mejora cuando crecen ya que,  al manejare solos, los chicos en las redes quedan a merced de muchos lobos que con habilidad se disfrazan de corderos, ya sea para tirar abajo cualquier idea o proyecto (como hacen sistemáticamente los haters),  para maltratar a veces sin conciencia —escondidos detrás de una red social— tanto a amigos como a conocidos (actuando como cyberbullies). También los pedófilos hoy tienen una forma inigualable de acercamiento a los chicos en las redes mintiendo su edad y sexo (grooming) o haciéndoles llegar imágenes o videos de contenido sexual (sexting).

¿Qué podemos hacer los padres?

En primer lugar no dejar a los más chiquitos solos en pantallas y redes. Veamos dibujitos y Youtube con ellos, y cuando usamos la pantalla como niñera electrónica un rato, es importante que no los dejemos con acceso libre a Internet. Ellos son muy hábiles para navegar hasta encontrar lo que buscan, pero pueden llevarse sorpresas desagradables.

Es fundamental, también, formar e informar a nuestros chicos sobre estos temas a medida que crecen, sin aterrorizarlos (puede ser peor la reacción al toparse con la situación temida), sin prohibiciones (porque algunos se van a  asustar mucho y otros no las van a  cumplir) y sin amenazas. De ese modo, cuando se encuentren en las redes con contenidos inadecuados, sabrán reconocerlos y apartarse y también venir a contarnos para poder procesar con nosotros eso que vieron, porque entienden que papá y mamá saben, no se asustan ni se enojan y pueden ayudarlos.

“Es fundamental formar e informar a nuestros chicos sobre estos temas a medida que crecen, sin aterrorizarlos (puede ser peor la reacción al toparse con la situación temida), sin prohibiciones (porque algunos se van a  asustar mucho y otros no las van a  cumplir) y sin amenazas”.

Por último, estemos los padres en vigilia —no en vigilancia cuasi policial— despiertos, atentos, en alerta. No los dejemos largos ratos solos o con amigos en las redes. Que no usen auriculares para que podamos escuchar con quién hablan y lo que dicen. Revisemos con ellos sus intercambios y sus navegaciones para alertarlos de riesgos posibles. Aunque manejen las redes mejor que nosotros, ellos no saben qué les hace bien o no, ni tienen recursos para reconocer a esos lobos disfrazados de corderos.

Y sigamos haciéndolo hasta estar seguros de que saben desenvolverse y cuidarse en las redes, lo que rara vez ocurre antes de los catorce años.

Al final, el hombre de la bolsa no era tan malo, ¿no?

Claves para espantar ogros virtuales

  • Estemos atentos y observemos sus comportamientos.
  • No los dejemos solos en sus conexiones.
  • Hablemos con ellos dándoles seguridad y confianza.
  • No los retemos y escuchemos qué tienen para decir.
  • Brindémosles información y contención a cada momento.

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