Sophia - Despliega el Alma

POR Cristina Miguens - Columnistas

16 marzo, 2018

El nudo gordiano y el aborto

En 1994, la directora de Sophia publicó una columna en el diario La Nación donde hablaba de un tema que hoy vuelve a estar en el centro del debate: la legalización del aborto. Y sus palabras no pueden ser más vigentes cuando nos hablan de la necesidad de no dejarnos llevar por soluciones falsas.

 

Columna publicada en el diario La Nación, el 15 de julio de 1994.

A raíz de la propuesta de incluir en la nueva Constitución el derecho a la vida desde la concepción, se ha abierto el tan necesario debate sobre el aborto. Hacerse el avestruz frente a este grave problema social es seguramente la peor de las opciones.

Las posiciones en el debate se pueden resumir en las que dieron origen a los dos movimientos más importantes en los Estados Unidos: los que sostienen el derecho del feto a la vida (pro life) y los que defienden el derecho de la mujer a la libertad de elección (pro choice). Las argumentaciones son múltiples y variadas, así como sus puntos de referencia: la religión, la moral, la conciencia, el feminismo, la jurisprudencia, la demografía, la salud pública, el pragmatismo…

Estas argumentaciones entre el derecho a la vida y el derecho a la libertad tienen como punto de partida los valores que les dan origen: es decir, el valor vida versus el valor libertad. Esta argumentación, en rigor, es falsa, ya que se trata de dos valores de distinta jerarquía y que no son comparables en un plano de igualdad. Está claro que el valor vida está en un plano superior con respecto al valor libertad, dado que puede haber vida sin libertad, pero no puede haber libertad sin vida.

La cualidad humana

La vida es una precondición para la libertad, viene antes. En términos pragmáticos: cualquier condenado a muerte (y cualquiera de nosotros en esa situación) lucha denodadamente por cambiar la sentencia de pena capital por la de prisión perpetua, subordina el valor libertad al valor vida.

Se argumenta entonces que no se trata realmente de un ser humano sino de otra cosa tipo coágulo extirpable, por ejemplo. Pretender ponerse de acuerdo sobre qué características debe tener un ser para considerarse ser humano o, más aún, decidir en qué momento misteriosamente se adquiere esa cualidad, puede ser tan difícil como arbitrarias las respuestas.

Una sola cosa es verdaderamente clara e innegable: que el embrión, aún en su más temprano estadio, es un embrión humano y no se conoce el caso de ninguno que a partir de un determinado momento de la gestación se haya transformado en sapo u otra criatura del reino animal. La vida intrauterina es vida humana. El estadio del desarrollo no puede modificar su esencia.

Cabe preguntarse por qué, entonces, si los derechos parecen estar tan a favor de la vida del feto y no de la libertad de la madre, la polémica se mantiene y, más aún, ¿por qué en algunos países se ha legalizado el aborto, hasta el punto que se interrumpe la vida humana como se extrae una muela?

La respuesta es simple: porque todo derecho se sostiene con fuerza, se respalda con poder. Cualquier ley sin el poder del Estado que obligue a su cumplimiento es letra muerta. Y en este caso existe una abrumadora diferencia de poder. El feto, aún cuando ejerce un derecho superior, carece absolutamente de cualquier forma de poder sobre su madre para hacerle respetar ese derecho suyo a la vida.

Los fetos no votan

La madre no sólo tiene todo el poder necesario para hacer prevalecer su voluntad, sino que adicionalmente tiene el poder del voto para presionar sobre los legisladores y conseguir la aprobación de la ley que le permita abortar en mejores y más seguras condiciones. Obviamente, los fetos no votan, no pagan campañas, no son mercado electoral.

Reconocer a la mujer el derecho de abortar significa aceptar y consagrar una aberración: que el poder otorga derechos. Es admitir la ley del más fuerte, la ley del gallinero. El que está más arriba en la escala de poder hace lo que quiere con el que está más abajo por una razón simple: porque quiere y puede. Y punto.

Cortar con una espada el nudo gordiano en vez de deshacerlo fue una falsa solución: destruye la soga y daña la espada. El desafío frente a los embarazos no deseados requiere mucho más que la fuerza bruta.

Empezando por la prevención. Educar en el control de la natalidad; instrumentar programas de planificación familiar en hospitales; distribuir gratuitamente medios anticonceptivos (incluidos los masculinos). Frente al embarazo no deseado, hay que fomentar las responsabilidades del padre, de los abuelos y de la comunidad para ayudar a esa madre desesperada y generalmente sola; asistirla psicológicamente, informarla sobre la alternativa de adopción, desarrollar programas específicos y subsidios económicos.
Todos estos caminos son mucho más lentos y complejos.

Probablemente más caros. Seguramente más exigentes y conflictivos, porque apelan a la responsabilidad y a la solidaridad de toda la comunidad en defensa de la vida del más pequeño, débil y vulnerable de nuestros compatriotas. Pero no están en la discusión. Han quedado relegados a un segundo plano, por insuficientes, frente a la eficacia contundente de la fuerza bruta. El autoritarismo no es otra cosa.

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