Sophia - Despliega el Alma

POR Miguel Espeche - Hablemos de...

14 agosto, 2013

El noviazgo de los hijos


Con el tiempo, uno los empieza a querer. Al principio son algo tímidos pero, si la cosa dura, ellos y ellas van ganando confianza y, sin titubear, se dirigen hacia la heladera de nuestra casa para ver qué pueden picar, nos hacen algún chiste y hasta nos presentan a sus padres, quienes podrán horrorizarnos o fascinarnos, de acuerdo con las afinidades del caso.

Ellos son –ya se habrá  dado cuenta– los novios y las novias de nuestros hijos. Adolescentes o ya jóvenes rumbo a la plena adultez, a medida que crecen llevan a la casa de sus padres a quien consideran una parte de una relación significativa.

La duración de esos vínculos es muy fluctuante. Los tiempos modernos y aquello del “amor líquido” no impiden que, en definitiva, el noviazgo exista y, tarde o temprano, asome por la casa paterna.

Más allá de toda reflexión, es un hecho que duele cuando rompen, en particular si eran queridos (sin negar que hay también alivios en este sentido).

El equilibrio entre el apego propio de una relación que se vive con afecto y el tener que estar listos para decir adiós no siempre es fácil para los padres del novio o de la novia, y de allí que en ocasiones la pena de una ruptura, más allá de la diferencia obvia, no sea patrimonio exclusivo de los miembros de la pareja que llega a su fin.

Sin duda, el vínculo esencial es entre ellos, los novios, si bien no es poco frecuente que el contexto familiar gane tanto en magnitud que termine eclipsando la naturaleza íntima de la relación. Por eso, el consejo es no perder de vista la condición provisional de un noviazgo, recordando que, dado que es un tiempo de conocimiento y afianzamiento, puede ocurrir que los caminos se bifurquen, y que los ritmos y rutinas queden en el olvido, junto a gran parte del vínculo con ese chico o esa chica que parecía ser “planta permanente” de la familia, pero quizá no lo sea más.

Es importante para los padres mantener las distancias adecuadas respecto de la relación. No inmiscuirse en la interna de la pareja, sin embargo (y sobre todo en lo que hace al momento cuando los chicos todavía están en la casa de sus padres), no implica dejar de decir lo que se siente ante ciertas actitudes que pudieran afectar la armonía del hogar, recordando que los dueños de la casa son los padres, por lo que allí las reglas de juego las fija la “plana mayor” parental.

Esto va por los muchos problemas que, desde lo profesional, percibo en cuanto a la culpa de los padres de ser plenamente “dueños de casa”, con problemas para fijar ciertas reglas de juego que deben ser respetadas por los hijos y sus parejas, quienes se adueñan de un territorio que no les es plenamente propio.

Las parejas “buenas” o “malas” son parte de un camino que nuestros hijos deberán transitar y tienen un significado en su vida en términos de aprendizaje.

A la vez, también es un aprendizaje para los padres acompañar a los hijos en este camino. Aceptar, valorar, marcar la cancha donde corresponda, estar allí en momentos de desconcierto o de dolor, respetar la naturaleza de ese dolor… sabiendo que siempre la propia vida, los propios valores y la experiencia pasada se ven movilizados cuando los chicos crecen y empiezan a entrar en los territorios del amor de pareja.

Embarcados en este viaje, a ellos les hace bien saber que sus padres pueden aportar un punto confiable de referencia. Con esa confianza, las posibilidades de que los vínculos sean más sanos son mayores, más allá de que los tropiezos y las penas del camino resulten inevitables, algo que, sin duda, todo padre deberá aprender a aceptar como parte del arte de acompañarlos en su crecimiento.

ETIQUETAS hijos

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