Sophia - Despliega el Alma

POR Virginia Gawel - Columnistas

24 noviembre, 2020

El logro mayor de tu vida: la ataraxia  

¿Es posible, en el transcurso de una vida, alcanzar un equilibrio cuyo cimiento sea una felicidad independiente de los sucesos externos? En esta columna, Virginia Gawel nos habla de ese camino que puede conducirnos a una sabia e imperecedera estabilidad.


Foto: Christian Diokno, Pexels.

Hay logros que se miden desde afuera, y serán valorables según su protagonista los viva como tales: sueños cumplidos con mucho esfuerzo, o por golpes de suerte. Y vale. Pero a mí no me interesan tanto, no…

Ya compré lo que el mundo ofertaba (y además no compré); también me fui, regalé, renuncié, me bajé, emprendí una elegida retirada aunque pareciera un fracaso. “Fracasar” tiene una hermosa etimología: deriva del latín frangere = “romper, estrellarse”. O sea, hacerse pedazos. Y luego… ¿qué? Como Osiris en el mito, recoger nuestros propios pedazos… y hacer con ellos un bellísimo mosaico, más bello de lo que era todo eso antes de fracasáramos.

Del fracaso y del logro aprendemos (si aprendemos) una sabia cosa: que son dos grandes impostores, como dijo el poeta Rudyard Kipling (más abajo te lo comparto). Ni el fracaso lleva a una vida desgraciada, ni el logro a una vida apetecible.

Entonces, ¿cuáles son los verdaderos logros de nuestro pasaje por la vida? No está nada mal el de desarrollar habilidad para ser felices. Pues eso no viene, necesariamente, con uno: acaece de a poco, gracias a un tenaz entrenamiento cotidiano. Trabajo sobre sí. Curiosamente, en Oriente (cuyas Tradiciones de Conocimiento mejor ofrecen herramientas para ese Trabajo), se tiene por consigna central el realizar ese trabajo diario (ético, autocontemplativo, transformador de nuestra identidad), hacer la práctica, mas sin esperar logros. Pues la expectativa de lo que creemos que va a ser (o queremos que sea) impide ver lo que ya es. Y, como lo dice la Psicología de la No-Dualidad (Advaita Vedanta), lo que buscamos ya es, está aquí, no en el futuro, no en el pasado. Por eso no hay logros hacia donde ir. Y eso, que es la más simple, la más clara expresión que sintetiza siglos de sabiduría, hasta que comprendemos qué significa, puede parecer abstracto. Pero si alguna vez viviste el contacto pleno con tu Esencia, estoy segura de que sabrás de qué estoy hablando.

En algún sentido, entonces, el efecto de ese contacto con tu Sí Mismo (al decir de Jung), es el de proveernos de una felicidad que no depende de nada externo. No depende de aquello con lo que se la confunde: que algo o alguien nos dé placer. No. Simplemente, es en nosotros. Y el placer es de un orden más básico…

Sabiduría imperecedera

Pero hay una realización más grande aun: en la Psicología Budista se le llama upekkha, definiéndosela como “la ecuanimidad hace posible encarar la vida con todas sus vicisitudes en calma y tranquilidad sin perturbar la mente”.

Mira qué maravilloso párrafo nos regala el monje budista Bhikkhu Bodhi: “El significado real de upekkha es ecuanimidad, no indiferencia en el sentido de desinterés por los demás. Como virtud espiritual, significa ecuanimidad ante las vicisitudes de la fortuna mundana. Es la estabilidad de la mente, la imperturbable libertad de la mente, un estado de equilibrio al que no pueden alterar la ganancia y la pérdida, el honor y la deshonra, la alabanza y la culpa, el placer y el dolor. Upekkha es la libertad desde todos los puntos de autorreferencia; es la indiferencia ante las demandas del ego con sus ansias de placer y estatus, y no hacia el bienestar de los semejantes humanos.”

Esa ecuanimidad (ánimo igual, equilibrado, como actitud sabia hacia la vida), cobró raíces para Occidente en la cultura griega. Miren qué bella palabra proveniente de allí: ataraxia. Describe el proceso por el cual una persona, mediante la disminución de la intensidad de compulsiones o deseos desbordantes que alteren su estabilidad interna, pueda alcanzar ese equilibrio, que es el cimiento de una felicidad independiente de los sucesos externos. ¡Podría decirte que he visto personas pudiendo transitar el proceso de su propia muerte en estado de ataraxia! La ataraxia es, por tanto, tranquilidad, serenidad e imperturbabilidad ligada al espíritu.

Pero cuidado: esa ecuanimidad no nos priva de vivir apasionadamente. Es una paradoja: como le llamó Treya Wilber (la esposa de Ken, quien escribe “Gracia y Coraje” en su proceso de ir partiendo de este mundo) uno puede ejercer una ecuanimidad apasionada. Sí, ya sé que son atributos de la sabiduría, y que pueden parecerte inalcanzables. Pero no: estoy segura de que conocerás a algunas personas (posiblemente ya mayores) que han llegado a esta realización por haber tomado como enseñanza los avatares de sus vidas. Si ellos pudieron, yo también, tú también. Y trabajando sobre sí, se llega a ese puerto: primero de a ratos, luego cada vez más seguido, cada vez más hondamente, cada vez con más durabilidad… hasta que hallamos que… ¡nos hemos mudado allí! Y ya no hay sufrimiento inútil: por eso se puede tocar ese cimiento de felicidad no-condicionada. Lo imperecedero es tu cimiento. Construye tu casa sobre él.

Y aquí va el poema de Rudyard Kipling, poeta, periodista y novelista que nació el 30 de noviembre de 1865 en Bombay, India, fue Premio Nobel de Literatura en 1907. Este poema estuvo en la pared de mi cuarto, cuando era adolescente. Siempre siguió conmigo. Tal vez lo conozcas, y te haga bien reencontrarte con él. Tal vez no lo conozcas, y te acompañe en tu práctica cotidiana. ¡Va con mi mejor abrazo!

 

SI…

Si puedes mantener la cabeza cuando todo a tu alrededor

pierde la suya y te culpan por ello;

Si puedes confiar en ti mismo cuando todos dudan de ti,

pero admites también sus dudas;

Si puedes esperar sin cansarte en la espera,

o, siendo engañado, no pagar con mentiras,

o, siendo odiado, no dar lugar al odio,

y sin embargo no parecer demasiado bueno, ni hablar demasiado sabiamente;

Si puedes soñar-y no hacer de los sueños tu maestro;

si puedes pensar-y no hacer de los pensamientos tu objetivo;

si puedes encontrarte con el éxito y el fracaso

y tratar de igual manera a esos dos grandes impostores.

Si puedes soportar oír la verdad que has dicho

retorcida por malvados para hacer una trampa para tontos,

o ver rotas las cosas que has puesto en tu vida

y agacharte y reconstruirlas con herramientas desgastadas;

Si puedes hacer un montón con todas tus ganancias

y arriesgarlo a un golpe de azar,

y perder, y empezar de nuevo desde el principio

y no decir nunca una palabra acerca de tu pérdida;

Si puedes reforzar tu corazón, y nervios, y tendones,

para jugar tu turno mucho tiempo después de que se hayan gastado,

y así mantenerte cuando no queda nada dentro de ti,

excepto la Voluntad que les dice: “¡Resistid!”

Si puedes hablar con multitudes y mantener tu virtud

o pasear con reyes y no perder el sentido común;

Si ni los enemigos ni los queridos amigos pueden herirte;

Si todos cuentan contigo, pero ninguno demasiado;

Si puedes llenar el minuto inolvidable

con un recorrido de sesenta valiosos segundos.

Tuya es la Tierra y todo lo que contiene,

y —lo que es más— ¡serás un Hombre, hijo mío!

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