Sophia - Despliega el Alma

POR Miguel Espeche - Hablemos de...

14 noviembre, 2013

El deseo y los derechos

Los deseos no son derechos. En todo caso, son el inicio para una tarea compartida, en la que se elaboran criterios comunes y se armonizan esos deseos propios con los ajenos, para armar algo que llamamos “sociedad”.

Lo antedicho surge de hechos que han aparecido en el momento en que escribo estas líneas y que, si bien pueden no estar en la tapa de los diarios dentro de unos días, marcan una tendencia sobre la cual quiero decir algunas cosas, independientemente de cómo se vayan desarrollando los acontecimientos de acá en más.

Los hechos son dos: el primero es la entrega de un DNI femenino a un chiquito de 6 años que quería ser mujer y así se lo expresaba a su madre. El otro es la toma de colegios por los alumnos debido a cuestiones de política educativa, con destrozo de iglesia incluido.

Ambas situaciones tienen en común el estar impulsadas por la idea de que todo deseo significa el nacimiento de un derecho, y que todo deseo insatisfecho es una ofensa al derecho del portador de ese deseo.

El chiquito de 6 años manifestó que quería llamarse Lulú y ser mujer. Por tal motivo le fue otorgado el DNI que dice que, justamente, es una niña y no un niño, tal como indican sus cromosomas y su genitalidad. La pelea contra su destino físico a partir de ahora se dará a fuerza de químicos (una vez que las hormonas empiecen a hacer lo suyo) y, quizá, bisturí, más allá de que, en todo caso, será siempre un varón que quiere ser (porque así se siente) mujer. Según sus padres y según el estilo de apoyo legal y psicológico que buscaron para sustentar el pedido, negar ese deseo es un atentado contra el derecho del chico. El marco social, la legislación vigente y hasta el  cuerpo del chico son vistos como estorbo en el camino de esa satisfacción a la que, dicen, se tiene derecho.

En otro escenario, los estudiantes de varios colegios desean una política educativa diferente y, por eso, toman sus instalaciones sin más. Ese no es en realidad un gran problema, pero sí lo es el que sus deseos, que surgen de un muy atendible punto de vista (que habrá que conciliar con el de otros actores en el asunto), aparezcan como imperativo que debe ser obedecido para no sufrir las acciones de fuerza del caso.

No es casual el parecido de estas escenas con millones de escenas domésticas que se viven a diario, en las cuales los padres sienten culpa de frustrar a sus hijos temiendo aparecer por malos padres que pecan contra la noción de que a las “criaturas” hay que otorgarles la satisfacción de todo deseo, en nombre del amor que se siente por ellos.

Ni hablar de la demagogia que existe, no solo en la política, sino también en otras esferas sociales, como la publicidad que pretende eliminar la noción de que entre el deseo y su consumación hay instancias insoslayables, por ejemplo la armonización de ese deseo propio con el de los otros, que también tienen el suyo. El marco legal, por caso, se inventó para armonizar lo más posible esos deseos a veces contrapuestos.

Repito: desear se puede, pero no otorga derechos. Sobornar a los chicos con una falsa idea de omnipotencia es cruel y hasta criminal, dado que significa un engaño respecto de las cosas que en la vida se deben o no hacer, condenándolos a la frustración total cuando con el tiempo la realidad de la vida se muestre como es.

Ser grandes y marcar la cancha no es algo acerca de lo cual los que tienen responsabilidad de educar deban pedir perdón. Enseñar que madurar es ser con otros y no mera impulsividad ampara a los chicos de la orfandad desbocada y ayuda a honrar lo comunitario, en vez promover el egoísmo en nombre de una falsa noción de justicia. 

ETIQUETAS derechos deseos

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