Sophia - Despliega el Alma

POR Virginia Gawel - Columnistas

30 diciembre, 2016

Duelar lo que no fue

Cuando nos aferramos a una idea de cómo deben ser las cosas, podemos quedar atrapados y perder la oportunidad de vivir una vida más auténtica. Renunciar a lo que no ocurrió es un acto creativo y da espacio a lo nuevo. ¿Te animás?

Hay vidas que quedan detenidas, como un tren lleno de pasajeros que se demora en una estación aguardando a quienes no se deciden a subir (durante horas, días, meses, años). Un tren que, mientras tanto, no puede llegar a destino.

En ese punto, si nos sucede, nuestra existencia se ha convertido en una sala de espera para lo que no es: nos hemos quedado aferrados a nuestra idea de cómo debían ser las cosas, y nos cuesta corrernos, aun con costos altísimos. De allí viene una desesperación que, si la sabemos escuchar, puede evitarnos quedar entrampados en lo que plantea la canción de Serrat: “No hay nada más bello que lo que nunca he tenido, nada más amado que lo que perdí”. Aunque suene poéticamente bello, es la garantía de una vida desgraciada.

Aprender a dejar que el tren siga, y a despedirse de aquello que no ha subido, puede ser doloroso pero altamente liberador. ¡He visto tantas vidas desperdiciadas aguardando lo que no sucede, y dejando pasar posibilidades de algo distinto de lo anhelado pero tanto o más venturoso!

A diferencia de cuando duelamos algo que sí sucedió, en este caso la tarea es duelar lo que no fue (que puede ser tan arduo como duelar cualquier pérdida de lo que sí aconteció en nuestra vida). Hay hijos que no pueden llegar a ser adultos por esperar la aprobación de padres que no han sabido amarlos… Hombres y mujeres que no encuentran a quien los aguarda en la próxima estación por esperar que a su tren suba quien ha tomado otra ruta… Identidades que hallaríamos si renunciáramos al futuro que imaginamos (pero que el futuro no trajo, lo cual muestra que nuestro futuro no era ese)… Lo que no hemos tenido, sabido, podido, logrado…

No nos asustemos de la palabra “renunciar”. Renunciar puede ser un acto creativo, generador de lo nuevo. Significa “re-enunciar”: donde decíamos “sí”, podemos enunciar un “no” aceptante y maduro, lo cual dará espacio a que pongamos el “sí” donde el “no” estaba cerrándonos puertas hacia caminos todavía no transitados.

Se trata de una libertad autoadjudicada que nos posibilita ser quienes no sabíamos que también éramos, y tal vez encontrar a quienes ignorábamos que también estaban.

Pero… ¿y lo que aguardábamos? Si no se ha manifestado, ha pertenecido a un único reino: el de nuestra imaginación. Gestamos una expectativa, lo cual significa “poner el pecho afuera” (ex pectore). Es indispensable traer nuevamente el corazón a nuestro pecho, para que podamos contar con él ante lo que la vida sí nos ofrece. Y si hay algo que esperábamos y que está destinado a ser parte de nuestro camino, vendrá. Pero nos hallará viviendo, en vez de resecados por la magra espera.

El I-Ching lo dice así: “Lo que a uno le pertenece realmente no se puede perder aunque se lo tire. Por eso, no hace falta preocuparse en absoluto al respecto. Solamente hay que cuidar de permanecer uno leal a su propia esencia”. ¿Hay algo que estés esperando y que te quite vida? Te acompaño a que re-enuncies tu realidad.

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