Sophia - Despliega el Alma

POR Virginia Gawel - Columnistas

24 septiembre, 2019

Desidentificación: ¡no soy lo que veo en mí!

¿Estás en un momento de desgarro y te duele desaferrarte de algunas cosas? Cuando todo resulta caótico, autoobservarnos nos ayuda a ordenar el universo que nos rodea, pero también el desorden que nos habita. Hoy Virginia nos comparte las claves para lograrlo.

Dijo el delicioso poeta Walt Whitman: “Todo esto está en mí; no sé qué es, pero está en mí”. Cuando uno mira hacia adentro (alguien que intente autoobservarse, meditar, o cualquier práctica que implique ver qué se mueve en uno mismo), es muy común que encuentre mucho ruido: algo así como entrar a un galpón desordenado y lleno de cosas, unas prescindibles y otras de gran valor.

O, más complicado todavía: el galpón está a oscuras y uno no llega a distinguir si los sonidos que escucha provienen de adentro o de afuera, si aquello con lo que tropieza es propio o de otro, si lo que hace cosquillas en el estómago es enamoramiento o los arañazos que produce carencia de amor, reclamando meramente a “tener un alguien” que le ame…

“Con la práctica de la autoobservación correctamente implementada, poco a poco su confusión se vuelve claridad; el caos se vuelve un cosmos. Ésa es la más preciada búsqueda de las psicologías de Oriente, pues para que haya sabiduría debe haber discernimiento… y tal discernimiento implica ir aprendiendo a desidentificarnos de todo eso que se mueve en nosotros que no somos nosotros”.

Ver qué es qué resulta ser el fruto de una gran proeza humana, gestada por uno mismo y cuyo fruto es, como se le llama la Psicología Vedanta, la Suprema Joya del Discernimiento (Viveka). Porque mirar allí dentro requiere de la valentía suficiente como para sostenerse en medio de la confusión, de la no certeza…

Pero quien persiste en el propósito de ver se vuelve acreedor de esa joya: con la práctica de la autoobservación correctamente implementada, poco a poco su confusión se vuelve claridad; su caos se vuelve un cosmos. Ésa es la más preciada búsqueda de las psicologías de Oriente, pues para que haya sabiduría debe haber discernimiento… y tal discernimiento implica ir aprendiendo a desidentificarnos de todo eso que se mueve en nosotros que no somos nosotros, aunque necesitemos humanamente hacernos cargo de ello.

Pero… ¿qué significa “desidentificarse”?

Creo que una de las mejores definiciones está dada por vía de metáfora en un antiguo proverbio taoísta: “Si te identificas con el leño, cuando lo hachen serás cortado“. Identificarse implicaría “fijar la identidad” en eso que no soy: fijo mi identidad en objetos externos (que si pierdo o no llego a alcanzar me generan sufrimiento); fijo mi identidad en roles (que si ya no puedo ejercer me dejan al desnudo, o para sostenerlos hipoteco mi salud); fijo mi identidad en contenidos internos (emociones, pensamientos, sensaciones…) que son mutables, impermanentes, como las vaporosas nubes lo son respecto del cielo.

Simplificando, podría decirse que somos el cielo, pero lo olvidamos, y creemos ser la nube, y sufrimos con cada evaporación, con cada lluvia, con cada cambio de forma de eso evanescente.

Considerémoslo de esta manera: nuestra esencia (el Sí Mismo al cual aludía Carl G. Jung) encarna para vivir la experiencia humana, como lo señalan tradiciones espirituales de diversos tiempos y culturas. Al nacer va siendo obstruida por múltiples condicionamientos: va quedando dormida, como la princesa de diferentes cuentos antiguos. El príncipe valiente deberá, con su espada, abatir todo obstáculo, llegar hasta ella y, con un beso, despertarla nuevamente.

Pero el verdadero príncipe no está fuera de nosotros, sino dentro.

“Nuestra esencia (el Sí Mismo al cual aludía Carl G. Jung) encarna para vivir la experiencia humana, como lo señalan tradiciones espirituales de diversos tiempos y culturas. Al nacer va siendo obstruida por múltiples condicionamientos: va quedando dormida, como la princesa de diferentes cuentos antiguos”.

De hecho, “príncipe” significa “principio”: el inicio de una nueva identidad, con nuestra esencia más despierta, ya no maniatada por las sogas de los condicionamientos. Ese beso es la metáfora de lo masculino y lo femenino integrándose dentro nuestro, lo cual nos hace más libres, sin estar ya desbordados por el anhelo de hallar esa integración afuera.

Y esa espada, que puede separar lo que está enredado (como las hiedras que cubrían el palacio de la Bella Durmiente) representa la habilidad del discernimiento. “Discernir” y “cernidor” tienen la misma raíz: el cernidor es ese objeto que permite colar cualquier elemento para separarlo de las impurezas.

Claves para desaferrarnos

Para que ese despertar sea posible el camino implicará, en un continuo proceso,  darse cuenta de nuestra identificación con esto o lo otro… y procurar desidentificarnos: redescubrir la naturaleza impermanente de los estados internos y de la realidad toda, y nuestra propensión a aferrarnos a esto y aquello, aferramiento que solo puede producir dolor.

Reconociéndolo, podemos desaferrarnos, expandiendo nuestro margen de libertad interna.

Para ser sabio no hace falta estar en una ermita en medio de la montaña; el monasterio más arduo puede ser la vida común, ejerciendo en medio de ella un propósito permanente de discernimiento y de desidentificación; eso implicará el reconocimiento vivencial de nuestra esencia respecto de sus condicionamiento: del cielo respecto de las transitorias nubes, de lo inmutable respecto de lo impermanente.

Ese reconocimiento puede darse particularmente, sí, en los momentos de meditación, cuando observamos los contenidos de nuestra mente. Pero también puede acontecer practicando ante los desafiantes eventos de la vida, lo cual suele ser más difícil y requiere de un comprometido entrenamiento en la contemplación de sí mismo.

“Para ser sabio no hace falta estar en una ermita en medio de la montaña; el monasterio más arduo puede ser la vida común, ejerciendo en medio de ella un propósito permanente de discernimiento y de desidentificación; eso implicará el reconocimiento vivencial de nuestra esencia respecto de sus condicionamiento: del cielo respecto de las transitorias nubes, de lo inmutable respecto de lo impermanente”.

Ojalá haya podido ser, aunque sea un poquito, clara en un tema que es tan hondo de abarcar, pues es la clave de la libertad. Y con la misma honestidad con que ni hace falta que diga que no estoy iluminada (¡con tanto “maestro” suelto, por si acaso vale la pena aclararlo!), también puedo decir que el propósito de la práctica de la desidentificación es mi norte cotidiano desde mis 19 años de edad.

Por eso conozco su relevancia en la vida cotidiana, en los procesos terapéuticos, o en los momentos de desgarro en los que se hace imperioso desaferrarse, para no sufrir o no hacer sufrir otros. Es más: cuando lo que nos toque en nuestro tránsito por este mundo sea partir —y claro está que no sabemos en qué momento eso pueda acontecer o bajo qué circunstancias—, lo que mejor puede pasarnos es estar entrenados en desidentificarnos, porque la tarea será despedirnos de todas las nubes (las algodonosas y las amenazantes, las densas y las más sutiles) para poder asumir nuestra identidad esencial hacia la cual estaremos volviendo, y ser, radicalmente, ese cielo inmutable que está detrás de las volátiles nubes.

Que siempre estuvo allí.

Te convido un breve video realizado en el jardín de mi casa, que tal vez en su minimalismo puede expresar más claramente lo que he querido transmitirte, o complementar mis palabras escritas. Si quisieras compartir tu propia experiencia sobre este tema, ¡será muy bienvenido tu comentario, y estaré aquí, recibiéndolo!

 

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