Sophia - Despliega el Alma

POR Virginia Gawel - Columnistas

22 octubre, 2019

¿Dependencia emocional o amor en libertad?

Dejar atrás la manipulación es un camino que nos conduce, no solo hacia la liberación personal, sino también a una mejor forma de vincularnos con los demás. "El Amor es así... o no es", dice Virginia en esta columna que es una invitación a volar, de la mano de una historia maravillosa.

Quiero compartirles una pequeña historia que me ha conmovido en su simpleza. Pero antes necesito abordar el tema desde aquí: la confusión que a los humanos se nos produce entre amor y dependencia, protagonista de las más dolorosas historias vinculares que he escuchado… y también de la mía.

Digo dependencia y me imagino esto: el péndulo que usaba a mis 25 años, cuando, recién recibida de Psicóloga, hice mi primer posgrado universitario, el cual era sobre hipnosis clínica. Me imagino una mano sosteniendo el cordel y la pequeña esfera de cristal yendo de izquierda a derecha, de derecha a izquierda… y el paciente ingresando en un estado modificado de conciencia (luego dejé de usar el péndulo, y fui encontrando otros modos de ingresar al Inconsciente, pero eso es un tema aparte).

Cuando de-pendemos de alguien somos como esa pequeña esfera que pende y es “alguien” quien sostiene el cordel: si lo hace girar, la pequeña esfera gira; si lo hace oscilar, oscila.

No tiene vida propia, no tiene poder de decisión: porque pende, depende.

Cuando dependemos afectivamente de alguien hay una profunda angustia, porque no somos dueños de controlar el movimiento de esa mano. Y también cuando alguien se pone en situación de dependencia afectiva respecto de nosotros, si nuestro psiquismo está sano, lo más natural será sentir el deseo de salir corriendo, de no querer controlar nada, de que el otro no nos mire como si su vida existiera solo si se aferra a la nuestra.

Que el otro se muera por nosotros, que mire a través de nuestros ojos, que sin nosotros “le falte el aire que respira”, que diga que va a matarse si no es para vivir juntos a nosotros (y cosas similares que las canciones y novelas románticas chorrean por los costados), es de un peso abrumador.

Ningún sano amor puede nacer de allí.

A medida que ese vínculo se construye va apareciendo se cada vez más a algo gomoso, pegajoso, de un olor rancio y poco deseable. No es amor: es engrudo.

“Que el otro se muera por nosotros, que mire a través de nuestros ojos, que sin nosotros “le falte el aire que respira”, que diga que va a matarse si no es para vivir juntos a nosotros (y cosas similares que las canciones y novelas románticas chorrean por los costados), es de un peso abrumador”.

Cuando se genera este tipo de vínculo, puede que los dos estén en situación de depender el uno del otro, y se llamará entonces codependencia: algo muy poco saludable que necesitará pasar por un profundo proceso que desteja lo tejido y teja una nueva trama (si es que eso es posible).

El tratamiento terapéutico que necesita esta situación se parece mucho al que requieren las adicciones: la dependencia aguda puede entenderse como las llamadas “adicciones secas”. A diferencia del alcoholismo, por ejemplo, en que puede medirse cuántas copas o cuántas botellas ha ingerido la persona, en la dependencia afectiva no es tan claro en qué número de llamada, de mensaje, de reclamo, de llanto, de intento de controlar… se ha perdido uno a sí mismo, intoxicado por sus propias emociones.

Y, claro está, esto puede suceder no solo en las relaciones sentimentales, sino también en la amistad, madre o padre e hijo, y más.

Dejar atrás la dependencia 

Sin embargo, no es algo irreversible: quienes han atravesado la situación de pendular al ritmo que la mano marque, a medida que van saliendo de ese estado hipnótico pueden reconocer el nivel de dolor en el que estaban nadando, lo lejos del sano amor que esa relación estaba, la trampa mortal de disolverse en el otro, en vez de ser cada vez más nítidamente uno mismo. Porque es esta última la condición indispensable de un vínculo de Amor: ambos integrantes de esa relación son partícipes del despliegue del otro. El otro no es motivo de obsesión, y el cuidado nace de manera natural y recíproca.

Si quien tiene el cordel con su mano es alguien peligroso, más que cordel tendrá un elástico del cual pende la frágil esfera de cristal. Y le dará satisfacción no solo hacerla oscilar, sino hacerla picar de derecha a izquierda, ahora arriba, ahora abajo, ahora cerca pero no tanto… “No, no has entendido lo que he dicho: cerca pero no tan lejos, lejos pero un poco más…”.

Y así quien cree estar muriendo de amor, enloquecido por tanto mensaje confuso, en realidad está muriendo de manipulación.

Cuando lo más sano de esa persona pega un grito desde adentro, puede que se dé cuenta de tanta manipulación recibida y suele suceder que sienta que tiene que vomitarla toda junta. Y así empieza su proceso de renacimiento personal. Con la cabal comprensión de que el verdadero Amor es portador de libertad y no era eso lo que había estado viviendo.

Y aquí va la historia…

Hace poco tuve el privilegio de presenciar el momento en que una paloma torcaza tomaba, toda de una bocanada, la libertad que le correspondía por derecho. No estaba habituada a esa libertad, de modo que mi trabajo fue dársela a conocer.

Les cuento: sus padres trajeron al mundo dos pichones de los que no pudieron hacerse cargo hasta el final, ignoro el por qué. Cuando vi que habían sido abandonados procuré ocuparme de ambos, pero el más robusto se escapó en torpe vuelo.

La más desvalida quedó a mi cargo y le llamé a Angie.

“Cuando lo más sano de esa persona pega un grito desde adentro, puede que se dé cuenta de tanta manipulación recibida y suele suceder que sienta que tiene que vomitarla toda junta. Y así empieza su proceso de renacimiento personal. Con la cabal comprensión de que el verdadero Amor es portador de libertad y no era eso lo que había estado viviendo”.

Es muy difícil hacer que sobreviva un pájaro siendo uno nada más que un torpe mamífero. Pero con ayuda de Elda, una amiga muy querida que conoce sobre rescate de aves, repetí el procedimiento que había aprendido al rescatar a Ritz, un huerfanito anterior.

Angie pasó de vivir en un cesto de plástico por largos días, alimentada a sonda y papilla de cereales, a entrenar luego sus pequeñas alas en la habitación de casa reservada a las visitas. Le puse ramas aquí y allá para que practicara control de distancias y de aterrizaje. Le fui dejando semillas en el suelo, para que se habituara a que ya no las tendría en un recipiente.

Y cuando llegó el día le entregué su libertad: por la mañana abrí la ventana, pero ella no se daba cuenta de que afuera estaba el mundo.

Yo ya había aprendido con Ritz que, quien nunca ejerció su libertad, permanece ignorante de tamaña posibilidad y no hace nada por procurársela. Entonces ya había preparado este artilugio: coloqué la rama que Angie conocía de tanto volar dentro del cuarto —su rama preferida—, asomándose un poco más allá del borde de la ventana ahora abierta.

Pasaron las horas, pero ella no comprendía su posibilidad.

Luego del mediodía entré sigilosamente para saber si ella había captado cuál era su regalo. Entonces la encontré posada justo en la parte de la rama que estaba hacia afuera (un afuera que aún no significaba nada para Angie). Cuando me vio no se asustó; por el contrario, me pareció como si me hubiera estado esperando. Solo perdió por un momento su equilibrio como si fuera a caerse. Y perder el equilibrio fue justamente lo que le hizo dar cuenta de dos cosas: una, de que sus alas eran fuertes, y otra, de que, más allá de la rama conocida, la esperaba un universo sin paredes, suyo.

Me quedé muda, sobrecogida, viéndola apropiarse de su libertad. Y escuché que mi voz de adentro me decía: “El Amor es así… o no es”. “El Amor es así… o no es”.

Desde entonces Angie viene a comer todas las mañanas cuando les dejo semillas a más de treinta pájaros de diversas especies que ya conocen mi jardín. Son mis amigos, entonces ahora también son amigos suyos. Inclusive Ritz. Porque el Amor no resta: multiplica. “El Amor es así… o no es”.

Para compartir

Celebro que en ese instante que les cuento tuve la precaución de entrar con el celular listo como para filmar. Esto me permitió captar la escena final. Cliqueando en el video que aparece a continuación podrán ser parte de esta historia que quizás se les quede haciendo nido en el pecho, como a mí. Si así fuera, ¿qué sentipensares se les movilizan por dentro? Me quedo aquí, escuchando lo que quieran contarme… 

 

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