Sophia - Despliega el Alma

POR Miguel Espeche - Hablemos de...

14 octubre, 2013

Cumplir años


Cada día nos despertamos y respiramos, latimos, queremos a alguien y nos cepillamos los dientes. De noche soñamos, de día a veces también, y, sea para sufrir o para gozar, o para las dos cosas, vamos creando tiempo con nuestras huellas a partir de aquellas épocas en las que salimos al mundo desde la serenidad amniótica de nuestras madres.

Yo ando llegando a los 20.000 días de vida haciendo cosas como las arriba relatadas. Ustedes llevarán o no sus cuentas, pero les aseguro que, si todo va bien, el año que viene esos números de hoy sumarán 365 días más.

Aprovechamos que Sophia celebra sus 14 años, para ofrecer esta reflexión sobre la vida, y su celebración, mientras nos sumamos al carro del festejo, brindando y felicitando.

Tanto hacemos para llegar a viejos y, al final, cuando vamos logrando el cometido, muchas veces nos asustamos y renegamos de nuestros progresos.

Así como con la revista lo que abunda es la alegría por la celebración, a veces no les pasa lo mismo a muchas personas, sobre todo, cuando llevan vividas ya cierta cantidad de décadas.

Como digo al comienzo, la vida se significa en muchas cosas que hacemos y vivenciamos, y la unidad de tiempo (horas, meses, años) es tan solo una de las formas de entender su transcurrir. Podríamos por caso decir que hace muchos miles de cafés con leche que estamos por acá. O que hace millones de besos que vivimos. También es una alternativa decir que hace varios millones de latidos que estamos por esta vida, y así, como quieran simbolizarlo, con unidades de medida diversas que pueden ir desde cantidad de puestas de sol acumuladas hasta amarguras matutinas a repetición al leer el diario en el desayuno…

No podemos negar que el paso de los años (de los cafés con leche, de los besos…) a veces asusta. No tenemos 20 años para siempre… Vivimos eras, épocas, temporadas, vidas dentro de la vida. A veces, nos damos cuenta de eso, otras no tanto.

La nostalgia puede arrebatarnos, como me ocurrió el otro día al ver mis fotos de muchacho deportista sacadas hace como 13.000 días. Sin embargo, cómo no decirlo, no añoro algunas soledades y angustias de entonces. La vida da, la vida quita, pero más da.

Alguien me dijo que Spinetta, ante su inminente muerte, dijo algo así como que no nos preocupáramos, que él hacía muchos años, toda una vida, que se estaba preparando para ese momento. Su vida duró mil canciones y poesías. Su aventura se medía en letras y músicas, en palabras con extraños ecos y acordes de luz… Por eso, sabía de ciertas eternidades que alejaron el temor en su último cumpleaños.

Puede parecer mala onda hablar de finitud a la hora de la celebración. Pero no lo es. La finitud tiene otra sustancia si sabemos sentir la eternidad de lo vivido, y es así, sintiendo esa eternidad hecha a base de plenitud y amor, como perdemos el miedo. Se sabe: el miedo es el aguafiestas de todo, inclusive de los cumpleaños.

Por eso, los años pasan, los abrazos se suman, y el miedo huye ante la celebración consciente de lo que somos. Las velitas de la torta deben simbolizar eso: el fueguito que, al apagarse, se vuelve buen deseo. Canción de los seres queridos que nos desean el bien frente a la luz, vela que se sopla mientras se piensa un deseo que nos marca el camino a seguir, aplauso y beso de los acompañantes. Y a vivir.

Eso es la celebración, porque cuando hay deseos y ganas, la vida sigue, siempre. Se agradece lo vivido hasta hoy y se emprende el camino para marcar la huella del porvenir.

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