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Cuando cambiar no cambia nada

Buscamos nuevas máscaras, nuevos paisajes, nuevas personas, porque creemos que así lograremos dar con eso que nos falta. Pero encontrar el sentido requiere una mirada más íntegra, más profunda. ¿Te animás a la transformadora experiencia del cambio interior?

Fotos: Unsplash

Por Sergio Sinay

Existen muchas categorías para clasificar a los seres humanos, pero por hoy tomemos dos. Las personas que dicen “Yo soy así y no puedo cambiar” y las personas que dedican buena parte de su energía, su tiempo y su vida a tratar de cambiar. Desde la política, desde las psicoterapias, desde las prácticas espirituales la palabra cambio repiquetea permanentemente. Hay, a su vez, dos tipos de cambios. Los que dependen de nosotros, de nuestra voluntad y nuestras decisiones y acciones, y los cambios que están fuera de nuestro control, como los que se deben a fenómenos y leyes naturales, como el clima, los terremotos e inundaciones, la salida y puesta del sol, las estaciones, la edad. Y también los que se producen por decisiones ajenas.

De todos los cambios posibles e imaginables, los más frustrantes y generadores de insatisfacción y desasosiego suelen ser aquellos en los que invertimos más intención, tiempo y energía. Según apunta el filósofo inglés John Gray, uno de los más sólidos pensadores contemporáneos, acaso la mayor fuente de infelicidad humana es el deseo de no ser quien se es. En su libro Filosofía felina lo dice así: “El animal humano nunca deja de aspirar a ser algo que no es, con los trágicos y ridículos resultados previsibles”.

De esta pretensión deriva una de las verdaderas plagas de nuestro tiempo. La ansiedad. No estamos conformes con quienes somos, pero tampoco podemos ser quienes no somos, por lo tanto quedamos disociados y en mitad del río, lejos de ambas orillas. Nos resistimos a regresar al punto de partida por considerarlo un fracaso y desesperamos por alcanzar el punto de llegada, que se escabulle permanentemente, porque tiene mucho de irreal, de ilusorio. Queremos dejar de ser lo que somos, en lugar de sumergirnos a fondo para conocer lo que Carl Jung (el padre de la psicología arquetípica) llamó el Sí Mismo, la esencia desnuda y profunda de nuestro ser intransferible. Esa experiencia, advertía el gran pensador y psicólogo suizo, excede nuestro tiempo de vida, pero emprenderla le da sentido a la existencia.

El aguijón de la Sombra

Siguiendo a Jung, podemos decir que cuando nos ataca la fiebre del cambio lo que queremos cambiar no es a nosotros mismos, a quienes realmente somos (y desconocemos), sino a la máscara conque nos presentamos y actuamos en el mundo, ante los otros. El Ego, la personalidad. La razón de nuestro inconformismo es que hemos llegado a creer que somos nuestro Ego. Para ello ocultamos en la Sombra todo lo que nos parece impresentable (miedos, fobias, deseos, iras, vergüenzas, manías, adicciones, rencores, mezquindades). Pero desde el inconsciente esa Sombra nos aguijonea, aparece en los sueños, se manifiesta en las proyecciones, cuando le adjudicamos a los otros lo que negamos en nosotros. Está viva, es parte de nosotros, nos lo recuerda de muchas maneras. Y, para huir de ella (es decir de una parte de nosotros mismos), queremos cambiar. Seguiremos consejos de autoayuda, iremos a cursos, nos embarcaremos en terapias variopintas, compraremos recetas mágicas, buscaremos modelos con los cuales identificarnos. La consigna es cambiar.

«Queremos dejar de ser lo que somos, en lugar de sumergirnos a fondo para conocer lo que Carl Jung (el padre de la psicología arquetípica) llamó el Sí Mismo, la esencia desnuda y profunda de nuestro ser intransferible. Esa experiencia, advertía el gran pensador y psicólogo suizo, excede nuestro tiempo de vida, pero emprenderla le da sentido a la existencia».

Pero si nos propusiéramos mirar de frente a nuestra Sombra, bucear lo que hay en ella, traerla a la luz, podríamos reintegrarnos, dejar de estar partidos al medio, como aquel caballero de la novela El vizconde demediado, de Ítalo Calvino, cuyas dos mitades, una buena y otra mala, vagaban por el mundo incompletas e incapaces de existir por sí mismas tras haber sido seccionado en una batalla. Al asumir nuestra Sombra y unirla con lo que hay de real en el Ego, aparece el Yo, explicaba Jung. Una versión más verdadera de nosotros mismos. Pero no, aún, la definitiva y esencial, el Sí Mismo. Llegar a este no es una fiesta, advertía, se trata de una experiencia superior de la conciencia, en la que, de una manera única e intransferible, conectamos con sentimientos universales. En el contacto con nuestro Sí Mismo, según Jung, el ser se siente puro, calmo y sereno. Nada hay que cambiar. Para el psicoterapeuta y astrólogo humanista estadounidense Howard Sasportas (1948-1992), en ese contacto hay autorrealización, pero queda aún un tramo por recorrer. Arribar al Sí Mismo superior, una capa todavía más profunda del ser, y alcanzar la auto trascendencia. Sin embargo, es necesario recordar que no se puede llegar a ese punto de autoconocimiento con la máscara puesta.

La curiosa paradoja

Atajos de falsa espiritualidad, light y condescendiente, promesas de cambio sin dolor solo funcionan como huida del sufrimiento y como negación de la Sombra, afirmaba Sasportas en su seminario La búsqueda de lo sublime. Es un reconocimiento de la Sombra y un acuerdo con ella lo que puede despejar el camino. Otro reconocido terapeuta humanista, Carl Rogers (1902-1987), creador de la terapia centrada en la persona, apuntaba en esa dirección al señalar: “La paradoja curiosa es que cuando me acepto tal como soy es cuando estoy en condiciones de cambiar”. Fue Arnold Beiser (1925-1991), psicoterapeuta gestáltico estadounidense, quien desarrolló hacia 1970 la Teoría Paradójica del Cambio, según la cual este se produce cuando la persona se convierte en lo que realmente es, no cuando trata de convertirse en lo que no es. Esto significa que cambiar no es desechar todo para lanzarse hacia adelante en cualquier dirección, sino que el cambio requiere previamente una profunda introspección, un proceso de autoconocimiento, que puede tener momentos dolorosos, para saber quién se es, qué se necesita, con qué recursos se cuenta y también quién emergerá al final de ese proceso.

De todas maneras, mientras estamos vivos somos protagonistas de cambios permanentes, la mayoría de ellos sutiles e inconscientes, que conviven con lo que constituye nuestra naturaleza inmodificable. Nadie se baña dos veces en el mismo río, sostenía el filósofo griego Heráclito seis siglos antes de Cristo. Ni en los ríos de afuera ni en los internos. Todo cambia, pero no necesariamente según nuestro deseo. Mientras tanto, volvamos a Jung, que apuntaba: “Lo que niegas te somete, lo que aceptas te transforma”.

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