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Criar humanamente en tiempos de Inteligencia Artificial

La IA ya está entre nosotros, con su sinfín de posibilidades para la educación y la investigación. ¿El desafío? Lograr que su uso no permita que los chicos pierdan esa valiosa capacidad de ser cada día más humanos.

Fotos: Pexels.

Hoy nos vemos deslumbrados por las posibilidades que nos ofrece la inteligencia artificial (IA). Investigamos, le hacemos preguntas y descubrimos la cantidad de tiempo y esfuerzo que nos ahorra. No nos alcanzaría la vida para encontrar y evaluar la cantidad de fuentes que la IA revisa y procesa para respondernos.

Es una herramienta increíble, que tenemos que aprender a usar en beneficio de la humanidad, para reconocer cuándo no se está usando de ese modo y así movernos para impedirlo, lo que es particularmente difícil. Y también tenemos que saber lo suficiente como para enseñarles a nuestros chicos un uso ético de la IA que no pueden adquirir solos.

Como pasa en todos los temas, los chiquitos creen lo que les decimos los adultos, sin revisar ni dudar, porque nos tienen confianza. Les lleva años de práctica junto a nosotros empezar a evaluar lo que escuchan (o ven, o leen) en función de quién lo dice, del contexto en que ocurre, por qué lo dice, etc. Durante largo tiempo tenemos que cuidarlos para que no se dejen llevar por “piedritas de colores” y así les vamos enseñando a mirar, a escuchar y a leer con sentido crítico.

En relación con la IA, los adultos hoy estamos como esos niños: todavía no desarrollamos las herramientas para evaluar y hacer buen uso de ese material, distinguiendo la paja del trigo. Y esa dificultad se multiplica y se agrava cuando son los chicos los que la utilizan.

Por eso, los que tenemos hijos o trabajamos con niños y adolescentes, nos vemos en la obligación de investigar el tema para poder acompañarlos a ellos a adquirir las destrezas que necesitan para hacer buen uso de la IA. ¿Cómo lograrlo? Aprendiendo nosotros primero para poder enseñar, algo parecido a lo que venimos haciendo en relación con las pantallas, las redes sociales, las consolas de juego, etc.

Investiguemos solos, también con los chicos; ayudemos a que se despierte en ellos la capacidad de evaluar las fuentes, de no dar todo por sentado, incluso lo que decimos nosotros. Aunque no nos cause gracias que nos critiquen, es muy útil para su “práctica” de evaluación.

«Los que tenemos hijos o trabajamos con niños y adolescentes, nos vemos en la obligación de investigar el tema para poder acompañarlos a ellos a adquirir las destrezas que necesitan para hacer buen uso de la IA».

Acompañemos, también, en el proceso de tomar conciencia de que la intuición, la creatividad, la motivación, la alegría, el entusiasmo, la pasión, el amor, el miedo, la vergüenza, los celos, la ternura y la frustración, entre otras capacidades, son sólo humanas y nos enriquecen de un modo que ninguna máquina puede lograr.

No perdamos de vista que a los chicos no los beneficia que les demos todo servido, como la comida predigerida que les da la mamá pajarito a sus crías por un corto tiempo. Ellos necesitan esforzarse, frustrarse, equivocarse, esperar para lograr lo que desean e incluso sufrir, para convertirse en adultos fuertes y resilientes, y también empáticos, considerados, capaces de amar y de hacer.

La IA podría confundirlos y hacerles creer que todo está al alcance de su mano sin esfuerzo, que basta con apretar un botón.

Del mismo modo, es fundamental que aprendan a hacer la pregunta correcta, ya que la IA no “perdona», como podría hacer un adulto que se imagina lo que el niño quiere preguntar.

En todas las edades, es importante que pongamos a la IA en su justo lugar, sin endiosarla, sin dejarnos dominar por ella, pero también sin rechazarla. Para eso, tendremos que esforzarnos por tratar de entender los desafíos que implica para nuestra especie, sin perder de vista el valor de la Inteligencia Humana, tanto la racional como la emocional (y la motriz, la musical, etc.), ya que que fuimos, somos y seremos nativos vinculares.

Sigamos guiando a los chicos a través de sus rasgos, sus particularidades y sus dones, y del encuentro con otros para potenciar la empatía, la escucha, e interés por los demás, la intimidad, el respeto, el encuentro genuino, la compasión… Todo aquello que nos distingue a los seres humanos dentro del reino animal al que pertenecemos.

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